¿Cuánto abstencionismo podemos aguantar?

By  |  6 / agosto / 2013

imagesCada vez que hay elecciones no presidenciales, la canción es prácticamente la misma: la queja por la persistencia o incluso el incremento de las cifras del abstencionismo electoral. La tendencia continúa luego de las elecciones en 14 entidades de la República el pasado 7 de julio.

Salvo en Baja California, donde estaba en juego la gubernatura, en todos los demás estados eran elecciones locales en que se disputaron alcaldías y diputaciones. Era pues, previsible, que la participación electoral disminuyera con relación a los comicios presidenciales del año pasado o a las elecciones donde se elige gobernador. Así resultó a final de cuentas: el abstencionismo se movió entre un 70 y un 50% en las diferentes entidades federativas. Baja California, a pesar de la trascendencia de la elección a la gubernatura continúa siendo una de las entidades con más baja participación electoral, lo mismo que Chihuahua, que, concediéndole mucho a su Instituto Estatal de Elecciones se podría aceptar que tuvo un abstencionismo de (sólo) 60%, a pesar de que se gastó cientos de millones de pesos en motivar a los chihuahuenses a que fueran a las urnas, invitados por la bella Aracely Arámbula o los vaqueros de Caballo Dorado.

El abstencionismo ha vuelto a ocupar los espacios de análisis y discusión,  con recurrencia sistemática. Los más preocupados parecen ser los analistas, los académicos y los activistas de organizaciones de la sociedad civil, sobre todo de organizaciones cívicas. Con razón manejan razonamientos como que la ausencia  ciudadana de las urnas revela una crisis creciente en el sistema de representación política, un rechazo pasivo de la mayor parte de la población al binomio partidos-elecciones. El abstencionismo le restaría también legitimidad a los gobiernos emanados de los procesos electorales y base social  de sustentación.  Los gobiernos estarían o estarán entonces cimentados sobre la arena de minorías frágiles o fragilizadas por la compra de votos, el acarreo o el voto de miedo por no perder su empleo o los beneficios que les prometen partidos y candidatos.

Se abunda mucho también sobre los factores del abstencionismo: el creciente distanciamiento del sistema político con relación al pueblo;  los ofensivos contrastes entre los privilegios de la partidocracia y las angustias y necesidades apremiantes de la población, cada vez más golpeada por el modelo económico.  El hecho de que los gobiernos de alternancia, sobre todo a nivel federal, no hayan mejorado sustantivamente las condiciones de vida de las mayorías. El incumplimiento de promesas de campaña a todos los niveles.  La forma de trabar alianzas y coaliciones entre los partidos políticos, orientada a ganar o a conservar el poder por el poder, más allá de programas comunes de transformación social o planteamientos ideológicos claros y públicos.

Todo esto es cierto y en gran parte, la responsabilidad de la conducta abstencionista radica en su mayor parte en el propio sistema de gobierno, partidos y elecciones.  Sin embargo, es a este conjunto es al que menos le interesa el abstencionismo. Tal vez los más preocupados de ellos sean el IFE y los institutos electorales de los diferentes estados de la República quienes ven en el abstencionismo una contestación contrafáctica de su labor. De ahí para adelante,  los partidos pueden darse golpes de pecho por el abstencionismo pero no les preocupa mientras no afecte sus resultados electorales.

En ese sentido el PRI y sus partidos aliados, que cada vez son más, son los más beneficiados del abstencionismo.  Los tricolores tienen la más amplia clientela del país –lo que se considera el “voto duro”- a la que les basta aceitarla con despensas, tarjetas de débito, vales, etc. para que acuda a las urnas a sufragar por ellos. Entonces el voto de muchos sectores pobres, los de siempre, les es suficiente para ganar. La tarea más difícil es para la oposición al PRI que no cuenta con ese voto duro ni ha desarrollado de manera tan sofisticada la “tecnología del acarreo”.  A estos no les basta con su “voto duro” y tienen que ver cómo mueven a los escépticos o francamente abstencionistas.

Sin embargo, ni siquiera de la oposición hay un esfuerzo auténtico, eficaz, para contrarrestar el abstencionismo,  por más beneficios que pueda traerles. Porque no se ve ningún proyecto serio por devolverle a la gente la confianza en partidos y elecciones. Fuera de más spots, más campañas llamando a votar, la práctica de la partidocracia va en sentido contrario a la promoción del voto. Con honrosas excepciones siguen gobernando sin mostrar grandes diferencias unos con otros; se cubren mutuamente con la cobija de los privilegios de todo tipo; estén en el poder o en la oposición siguen disfrutando de ofensivos salarios y dietas, etc.

Tampoco el abstencionismo o la crisis de representación parecen preocuparles a sus protagonistas, a los ciudadanos que se alejan de las urnas o a quienes anulan su voto. Están muy desilusionados y totalmente descreídos del sistema político, pero no pasan a un hartazgo activo.

El convertir el rechazo pasivo, la desilusión, el desinterés por lo público en impugnación activa, en participación consciente en las urnas, exigencia de cuentas a quienes reciben el beneficio del sufragio es a la vez un misterio y un desafío. Misterio porque han de conjuntarse muchos factores, como los que se dieron en las primaveras árabes para derrumbar el régimen de partidocracia y ha de darse un detonador que no sabemos de dónde vendrá. Reto, porque todos y todas quienes pretendemos un cambio no sólo en la cúpula del poder, sino hasta en los cimientos de la sociedad mexicana, hemos de buscar por todas las vertientes para que la gran insurgencia ciudadana y popular se dé por fin en México, como ya se ha dado en casi todos los países hermanos del Cono Sur, de la  forma institucional electoral o de la forma no institucional movimientista o  en una conjugación de ambas.

Por lo pronto,  no hay más  que seguir actuando, para hacer más grandes nuestras claridades y nuestras esperanzas.

Víctor M. Quintana S. es asesor al Frente Democrático Campesino de Chihuahua, profesor-investigador en la  Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y colaborador con el Programa de las Américas www.americas.org/es

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