La despedida del “Caballero de las Mil Batallas”

By  |  18 / mayo / 2016

LV_20150715_LV_FOTOS_D_54433937890-992x558@LaVanguardia-WebEl mariachi tocó los acordes y una voz soltó: “Yo que fui del amor, ave de paso/ yo que fui mariposa de mil flores/ hoy siento la nostalgia de tus brazos/ de aquellos tus ojazos/ de aquellos tus amores…”. Afuera, en la calle Cuauhtémoc, los dolientes, campesinos y líderes sociales esperan a que salga el ataúd de Bertoldo Martínez Cruz para despedirlo en el zócalo, antes de llevarlo al panteón municipal de Cruz Grande.

De un metro 75 centímetros de estatura, flaco, moreno, pelo chino y bigote espeso, el maestro siempre vestía conjunto tipo cazador color gris, su atuendo con el que encabezaba marchas de aquí y allá. A las mesas de trabajo, siempre iba acompañado de sus compañeros más cercanos.

A lo largo de su larga trayectoria de lucha, recibió muchas amenazas de los gobernantes en turno; incluso, lo encarcelaron dos veces. “Es mejor que te encierren, de todos modos no pueden con la conciencia”, solía decir.

“Hay ausencias que triunfan y la nuestra triunfó/ amémonos ahora con la paz que en otros tiempos nos faltó/. Y cuando yo me muera, ni luz ni llanto, ni luto ni nada más/ ahí junto a mi cruz/ tan solo quiero paz…”, corean los amigos mientras sirven un trago de tequila que reparten entre ellos.

Allí llegaron los campesinos desplazados de la Laguna, municipio de Coyuca de Catalán, así como familiares de los policías comunitarios de Ayutla, presos políticos que Bertoldo defendió en los últimos años de su vida. Él, con su sencillez, recorría la sierra, las poblaciones más apartadas de la sierra, muchas veces iba sin comer, sin dinero, pero iba, ya sea acompañado de los extintos dirigentes Arturo Hernández Cardona y Benigno Guzmán, o de Manuel Olivares y Raymundo Díaz Taboada quienes eran los otros que caminaban con Bertoldo en la sierra.

El cortejo fúnebre avanza entre los juegos mecánicos instalados en la calle principal por la feria de 3 de mayo. Camaradas de Bertoldo, sus hijos, su esposa y su mamá. El ataúd lleva al frente la gorra verde y el paliacate de Bertoldo.

Después de sortear los juegos de la feria, el cuerpo del médico se instaló en el zócalo de Cruz Grande, donde dirigentes del Partido Revolucionario Democrática hablaron de él como el ícono de la izquierda, aunque varios de ellos ya no comulgaban con sus ideales de izquierda y les molestaba su discurso radical. Sebastián de la Rosa, en lugar de exigir justicia para Hernández Cardona, se molestó cuando el doctor acusó a José Luis Abarca Velázquez de asesinar al líder de la Unión Popular (UP).

Virginia Galeana García, del albergue de niños huérfanos de la Guerra Sucia, llamó a Bertoldo Martínez “El caballero de las mil batallas”. Parafraseó una de sus consignas: “Pueblo de gente joven que no luche es un pueblo de cobardes”. Luego, recordó que el luchador social repudió al gobierno del estado y la federación por la muerte de Arturo Hernández Cardona y del diputado Armando Chavarría Barrera.

A Bertoldo le sobreviven su esposa Florentina y sus hijos Mario Alberto, Francisco y Javier, además de su madre, Francisca Cruz, que lo acompañó en su despedida.

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Conocí a Bertoldo en noviembre de 2011. Ese día íbamos con Sergio Ocampo Arista a reportear el regreso de los pobladores de La Laguna, municipio de Coyuca de Catalán desplazados por el crimen organizado y caciques de la Sierra que asesinaron a 30 de los ecologistas.

Esa vez, recorrimos la Sierra en una camioneta durante 40 horas. En el camino, Bertoldo nos dijo: “Al gobierno no les preocupan los campesinos, nunca han hecho una carretera para que la gente esté comunicada. Le lleve maestros o médicos. Los caminos que se hicieron aquí son de contrainsurgencia”.

Fue una jornada difícil. El gobierno envió camiones de volteo para 40 familias, que en lugar de facilitar el traslado lo complicaron por lo angosto del camino. Hubo tramos en los que los campesinos abrieron camino con pico y pala. Bertoldo también se sumaba a los trabajos.

Casi adentrando al corazón de la sierra se descompuso un camión que llevaba materiales de construcción y cortaba el viaje, así que Bertoldo se bajó de su camioneta para ayudar a descargar el camión averiado. Ese día, todos pasamos hambre. Nadie comió porque el trayecto era largo, y los camiones se fueron dañando, incluso, una camioneta de los soldados que iban resguardando a los ecologistas se quedó al iniciar el viaje.

Bertoldo estudió la secundaria y la preparatoria en Acapulco. Ahí encontró su vocación como luchador social. En Puebla cursó la licenciatura de médico general, en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Al terminar la carrera se trasladó a San Luis Potosí para su internado. Allí inicia su trabajo con la gente, porque veía su carrera como un apostolado.

En Juchitán conoció a fondo la problemática de las comunidades afromestizas. Su conocimiento de médico le sirvió para que la gente creyera en él. Así logró organizar a los campesinos para que lucharan por sus derechos.

Raymundo Díaz Taboada, del Colectivo Contra la Tortura (CCT), recuerda: “Para mí, Bertoldo fue un ejemplo de militante de la izquierda. Culto, con una mirada amplia, global, sobre su entorno, Guerrero y el país. Sencillo, humilde, tolerante, pero a la hora que fuera necesario poder aventar piedras y palos y ponerse al frente de una marcha, de un mitin y enfrentar a los antimotines o sentarse frente a las autoridades a hacer exigencias de lucha y negociación política”.

Con la mirada penetrante, el también médico agrega: “Para la izquierda guerrerense creo que fue un baluarte que trabajó a nivel de base, preparando gente, capacitándola, formando cuadros, y que pudo transitar de la curiosidad social, al trabajo político-electoral sin pasar por situaciones de negociaciones que lo enriquecieran o convalidaran fraudes. Supo diferenciar entre contendientes y enemigos. Y en momentos muy importantes de la izquierda social y electoral, pudo actuar de acuerdo a sus principios–lo más importante, el centro de las acciones, es el pueblo marginado y explotado”.

“A Bertoldo, antes de morir” –dice Raymundo–, “falto que la gente tuviera la misma claridad y decisión. Dijo que no había que equivocarse con Zeferino, no olvidar lo que había hecho Aguirre en su primera gubernatura, y los políticos de la izquierda servil ganaron”.

Para sus más cercanos colaboradores, quienes ven genuina la lucha de Bertoldo, aunque creen que a la gente le faltó escucharlo, a Bertoldo le faltó ver justicia en muchos de los casos que defendió.

Por ejemplo, en el caso de la desaparición forzada temporal de Máximo Mojica Delgado–desaparecido, torturado, encontrado, enjuiciado y sentenciado a morir en la cárcel junto con otras dos personas. Le faltó ver justicia en los casos de agresión a Puerto de las Ollas (2009) y de La Laguna (2005, 2007, 2011, 2012). De las represiones a normalistas en 2007. De la UP de Iguala con Arturo Hernández Cardona. Los normalistas ejecutados en la autopista en 2011. Y la noche de Iguala del 26 y 27 de septiembre de 2014. Le faltó vida para poder ver enjuiciada a la Policía Federal por los crímenes del 2015 en el Bulevar de las Naciones en Acapulco contra su compañero Claudio Castillo Peña y contra el joven maestro Toño, en Tlapa el día de las elecciones. “Pero no le faltó fuerza para luchar ni esperanza de que algún día tendremos una sociedad más justa”, recapitula Díaz Taboada.

Bertoldo contaba chistes con frecuencia y cantaba canciones y corridos de Guerrero y música de protesta o incluso romántica, cuando llevaba gallo en su tiempos de juventud y bohemia. Hablaba de sus experiencias con los grupos AA (Alcohólicos Anónimos). Pero también, debido a su enfermedad y al trabajo de tiempo completo que hacía, aprovechaba para dormir profundamente. Y cuando quería manejar, como conocía bien los caminos y carreteras de Guerrero, pisaba el acelerador a fondo.

Bertoldo podía pasar toda la noche con su guitarra cantando, pero nunca repetía la misma canción. Cantaba Soldadito de Plomo, de José de Molina, cuando veía a los soldados en la calle. En reuniones con madres de familia solía entonar Madre Proletaria, del mismo cantautor, o a los migrantes, para cada ocasión dedicaba las canciones para concientizar.

Entre su andar en la Sierra y en la Montaña, Bertoldo en una temporada repartió discos compactos con la versión en audio de Las Venas Abiertas de América Latina, y regaló casetes con grabaciones de las pláticas de preparación política (adoctrinamiento) de Lucio Cabañas en la sierra.

Su compañero de lucha Manuel Olivares dice que Bertoldo fue un verdadero revolucionario: “Pues como lo dijo un líder de la revolución sandinista, palabras más, palabras menos: ‘el verdadero revolucionario es aquel que es capaz de sacrificar lo que pudiera ser su felicidad personal por la felicidad de los demás’, y Bertoldo fue capaz de eso: sacrificó la vida cómoda por los más pobres, por los desposeídos y hasta por quienes hoy disfrutan las mieles del poder. Mientras él luchaba por la verdad y la justicia, algunos se sentaban a la mesa de los asesinos y los defendían públicamente, como Sebastián de la Rosa Peláez que defendió al expresidente municipal de Iguala. Bertoldo sufrió hambre, frío, cansancio, tortura, prisión en una cárcel de exterminio, mientras otros huían al extranjero para salvarse y otros disfrutaban los frutos de su cobardía”.

“Creo que Bertoldo –Raymundo lo recuerda así– amó su profesión; igual estaba convencido de que dar recetas para que los niños tomaran leche, comieran carne y huevos, para estudiar, para tener un mejor salario, era inútil: no había farmacias ni boticas que surtan eso. El deseo de que la gente no sufriera las condiciones de vida marginadas que hay en Guerrero, lo llevaron a la lucha social. A su familia también la amó, tan es así, que murió rodeado de ella. Su familia le lloró en el homenaje en el antiguo Ineban. Si la lucha lo llevó a estar lejos de su casa, de sus hijos, era porque también quería para ellos un mundo mejor, más justo, menos explotado. Bertoldo quería a la gente, miraba por los más vulnerables y en cuanto podía, regresaba a su casa. Me hace recordar la frase aquella de que la revolución se hace por amor.”

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Bertoldo recibió del Estado peor trato que un delincuente de alta peligrosidad, al confinarlo en la misma celda que Joaquín Loera El Chapo Guzmán. Pero la cárcel no lo doblegó. Al contrario, mantuvo su convicción de la lucha y fundó con otros compañeros el Frente de Organizaciones Democráticas de Guerrero (FODEG), agrupación que le permitió mantener demanda de los pueblos.

 El 5 de marzo de 1990 por la tarde, unos 300 policías estatales con armas de alto calibre tomaron por asalto el palacio municipal de Cruz Grande para desalojar a los opositores que habían tomado el inmueble en protestaba contra el fraude electoral.

A eso de las 3:15 de la madrugada, llegaron alrededor de 30 policías judiciales disparando en contra de la gente que se encontraba en el quiosco luego de que la desalojaron del palacio. Allí cayó abatido Leonel Felipe Dorantes, quien intentó refugiarse en el edificio municipal.

A partir de esa fecha, nació en Cruz Grande el movimiento 6 de Marzo, bajo el liderazgo de Bertoldo. Después se le unirían otras organizaciones víctimas de la violencia de los gobiernos federal y estatal.

El 27 de junio de 1995, durante el gobierno de Rubén Figueroa Alcocer, la policía estatal asesinó en Aguas Blancas, Coyuca de Benítez, a 17 campesinos. En esos años cruentos, las organizaciones sociales radicalizaron su lucha ante el acoso del Ejército y las corporaciones policíacas, por el surgimiento del Ejército Popular Revolucionario (EPR) y el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI).

“Pero nunca lo acusaron de eso, sino por delitos comunes o federales. Lo acusaban de motín rebelión, secuestro, daños a vías de comunicación, daños a propiedad, pero no le probaron ser guerrillero”, cuenta Raymundo.

Junto con Arturo Hernández Cardona, Bertoldo luchó para recuperar el cuerpo del Comandante Ramiro, del EPRI, y evitaron que el cuerpo del revolucionario guerrerense fuera a parar en una fosa común, como pretendía el gobierno de Zeferino Torreblanca Galindo.

Cuando el ocaso llegó, antes de que le cantaran Las Golondrinas, excombatientes lo despidieron con un saludo militar. El comandante Antonio (Jacob Silva Nogales) llegó hasta la casa de la familia Martínez Rosario para despedir a su camarada de lucha.

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