La paradoja de morir en busca de una vida mejor

By  |  17 / marzo / 2017

Las notas quejumbrosas del violín cubren la noche de San Juan Totolcintla, municipio de Mártir de Cuilapan, en un manto de tristeza más hondo de lo normal. En medio de tanta tristeza,  hombres y mujeres que acompañan en el doble velorio, se afanan en el tejido a mano de cintas de palma, como hacen siempre, aun cuando caminan.

El violinista toca frente a dos ataúdes, uno azul tenue y otro blanco, en los que descansan los cuerpos de las dos jornaleras que fallecieron en Jalisco en un accidente automovilístico.

Al olor a copal, las flores ante el altar que la familia montó para despedir a Fresnia Juárez Domínguez y Diana Juárez Villegas, y las velas de llamas titilantes dibujan el funeral de las dos campesinas que murieron en los campos agrícolas a los que fueron para no morir de hambre en su pueblo.

Los papás, hermanos, cuñadas y cuñados se abrazan entre ellos para darse ánimo, para no desmayar por el dolor que los acompaña desde el viernes cuando se enteraron del accidente en que viajaban sus familiares.

«Mi hija salió temprano el viernes a las 6:00 de la mañana al corte de tomate, pero ya no regresó. Nos avisaron que la camioneta que las trasladaba se accidentó, así que dejamos nuestros quehaceres y nos fuimos a preguntar qué fue lo que pasó con nuestra familia», contó Isaac Juárez Carlos, papá de Diana.

El jornalero habló de su vivencia en Jalisco, donde trabajaba en el corte de caña, mientras su esposa e hija lo hacían en el corte de tomate, por una paga de 15 pesos por arpilla. «En la jornada, cuando mucho alcanzaban cortar cinco o siete arpillas».

Del interior de la casa salen los lamentos  del violín y la guitarra en forma de canto del más allá de los nahuas de Guerrero, su música fúnebre que se combina con el religioso.

En la casa de las familias Juárez Villegas y Juárez Domínguez, los vecinos van llegando con ayuda; maíz y despensas se depositan ante el altar; de ahí lo toman las mujeres que ayudan a preparar la cena y el almuerzo, en la cocina.

La gente de este pueblo a orillas del Río Balsas, habla náhuatl, lengua que aún conservan a pesar de la fuerte migración hacia los campos agrícolas. Familias completas se van a trabajar en la temporada otoño-invierno, al corte de chile, tomate, caña, aguacate, angú, espárrago o zarzamora.

Las comunidades asentadas en la ribera del Balsas, en su mayoría son jornaleros agrícolas que en temporadas se van en familias completas a los campos agrícolas de los estados de Morelos, Michoacán, Colima, Jalisco, Sinaloa y Baja California.

Otras familias se van a los destinos turísticos a ofrecer las artesanías que elaboraron en su pueblo. También hay quien se va a Estados Unidos.

Para los trabajadores agrícolas, el peligro que enfrentan cada vez que salen de su pueblo se hizo costumbre: «Nuestro panteón está lleno de paisanos que han muerto en los surcos de los campos agrícolas», dice Melquiades García Ríos, comisariado de Bienes Comunales de San Juan Totolcintla.

En el accidente del viernes 10 fallecieron Evelin Domínguez Juárez, Fresnia Juárez Domínguez y Diana Juárez Villegas, en la región Costa Sur de Jalisco, conocida porque ahí llegan los jornaleros que emigran de Guerrero y Oaxaca.

De acuerdo al reporte, fallecieron dos hombres adultos, tres mujeres adultas y tres niñas; el resto de los pasajeros de la camioneta resultaron con lesiones de gravedad y los trasladaron a hospitales de Autlán y Casimiro Castillo, Jalisco.

De los ocho jornaleros que murieron en el percance, cinco son de Guerrero: una adulta y niña de Totolcintla, una niña de Ahuetlixpa, municipio de Mártir de Cuilapan;  y dos de San Francisco Ozomatlán, municipio de Huitzuco. Los dos últimos serán sepultados en Autlán de Navarro, Jalisco.

Familiares cuentan que la camioneta de redilas en la que viajaban unos 25 jornaleros, iba a exceso de velocidad en la curva conocida como La Calera, en la carretera federal 80, en el municipio de Casimiro Castillo.

Después de un engorroso trámite en Autlán de Navarro, los  cuerpos de Fresnia Juárez Domínguez y Diana Juárez Villegas fueron entregados a la familia para trasladarlo a sus lugares de origen, de donde salieron en noviembre del año pasado.

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La carroza que trasladó los cuerpos de las jornaleras arribó a Totolcintla a eso de las 2:00 de la tarde, mientras platico en el patio con los señores que llegaron a ayudar a los familiares de las víctimas.

Melquiades García me pone al tanto de los hechos ocurrido en Jalisco el viernes 10. Dice que cada viernes se van familias completas a Michoacán, Colima, Jalisco y Nayarit.

Un hombre robusto entra a la conversación para agregar otro dato: «Totolcintla vive de las remesas que nos envían los paisanos que están en los Estados Unidos; y los demás vivimos de los ahorros que juntamos cada vez que vamos de jornaleros; sabemos que en ese viaje corremos peligro, porque no hay garantía, ni del patrón ni del gobierno de Guerrero», denuncia.

Jesús Zúñiga Mendoza tercia: «Yo trabajé de mayordomo en Jalisco y la experiencia que viví ahí es de explotación, porque no hay día de descanso; el que se atreve hacerlo es despedido sin liquidación… Hay patrones que insultan a los trabajadores; es más, los golpean, pero nadie dice nada, porque es lo que hay de trabajo».

Agrega: «En los surcos encontramos menores de edad… mira, el ejemplo más claro es el de Fresnia y Evelin. Los menores en los surcos no tienen derechos a la educación ni al seguro médico; ellos son los más vulnerable en los campos agrícolas».

Entre tanto dolor, la familia no se fijó cuando bajaron los ataúdes de Fresnia y Diana,  al confundir el ataúd de Fresnia con la de Evelin, así que una llamada telefónica resolvió el pequeño detalle. Una hora después acordaron hacer el cambio en San Francisco Ozomatlán.

Cuando los familiares salieron a San Francisco, Melquiades y yo nos encaminamos a Ahuetlixpa al funeral de Evelin. La comunidad está frente a Totolcintla, y si no fuera por el río que divide a ambas comunidades no habría necesidad de dar tanta vueltas y perder dos horas de camino para llegar.

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Con el ventarrón cálido que sopla en Totolcintla, abordamos la camioneta de Melquiades, rumbo a Ahuetlixpa. En el asiento lleva una trompeta y una botella de mezcal. Aparte de ser el comisariado de Bienes Comunales, también es músico y agricultor.

Para llegar a Ahuetlixpa hay que pasar San Agustín Ostotipan y Tula del Río, hasta llegar al puente Solidaridad que desde abajo luce majestuoso. Esta obra se construyó en el Salinato, cuando la modernidad llegó a Guerrero a principio de los noventa, con la apertura de la Autopista del Sol. Bajo el puente, cruzamos el río para tomar en camino en U hacia San Francisco Ozomatlán, entre baches y zanjas que sacuden la camioneta.

En esta zona indígena que en el cielo tiene el orgullo de la modernidad, la joya de la ingeniería mexicana en forma de un puente de casi un kilómetro de longitud, resulta imposible llevar una vida digna con la siembra del tlacolol. Aquí, las madres indígenas no están en condiciones saludables para tener hijos. Aquí se sufre en silencio por el abandono de los hijos que huyen a los campos agrícolas antes de terminar la primaria, porque si no lo hacen morirán de hambre.

En estas condiciones, es imposible que los niños y niñas se  dediquen al estudio. El acceso a la educación en estas comunidades es un lujo para las familias que viven en la frontera de la sobrevivencia. La comida y el empleo es algo que no se logra tan fácil en la ribera  de río Balsas. Si los padres quieren que a sus hijos no les falte alimento, tienen que emigrar a otros estados para ser explotados.

Melquiades intenta descifrar la situación migratoria de su comunidad: «El problema no sólo afecta a los adultos o padres de familia, sino que a niños, jóvenes, madres de familia y abuelos que se desplazan a los campos agrícolas para que al menos le alcance para comer frijoles y tortillas».

El viaje se hace menos pesado por la plática con Melquiades, quien habla de sus pasos en Valle de San Quintín (Baja California), Sinaloa, Michoacán, Jalisco y Nayarit; también sale entre sus recuerdos las tocadas con la música de viento en su comunidad. Por fin llegamos a Ahuetlixpa.

En la casa de Evelin Domínguez Jiménez, en torno de una mesa alargada, niños y adultos comen unas mojarras fritas, mientras que en la cocina las mujeres apuradas echan las tortillas. A un costado de la casa los perros se pelean entre ellos; unos niños observan asombrados.

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El viernes, Evelin despertó muy temprano para desayunar mientras su mamá le preparaba la comida que llevaría al campo en su quinto día de jornalera, en el corte de tomate verde. Por cada arpilla le pagaban 15 pesos.

«Yo trabajaba en el corte cuando podía; mi hija me dijo que me quedara a cuidar a su hermana; ese día la dejé ir sin pensar lo que iba a pasar… Ella terminó la primaria el año pasado y me la lleve allá… cuando supo que no me pagaron el apoyo de Prospera, me dijo que no me preocupara, porque ella me iba a ayudar. Y mira lo que pasó», cuenta Marcela Jiménez.

La mamá de Evelin recuerda que viajó a Ahuetlixpa en julio, pero que no se le entregaron el apoyo para alimentación, educación y vestuario que entrega el gobierno federal cada bimestre. Marcela contó en su casa que no recibió ni un apoyo del gobierno del estado ni federal, a pesar que dos días antes del accidente, el gobierno del estado difundió en un comunicado de prensa que el secretario del Trabajo, Oscar Rangel, entregó  apoyos económicos a jornaleros agrícolas que salieron a los campos agrícolas a Baja California al corte de uvas y jitomate.

En el boletín se lee: «La Secretaría del Trabajo vigila que se garanticen el respeto de sus derechos laborales y que los niños tengan guardería y continúen sus estudios, así como contar con servicio médico dentro de sus centros de trabajo». Aunque en los campos agrícolas no se garantizan estos derechos.

Antes de que se asomara la luna atrás de los cerros que rodean Ahuetlixpa, Melquiades encendió su camioneta para el regreso a Totolcintla. Maneja en silencio, como queriendo perder en la soledad en el río que golpea con sus pequeñas olas las paredes de las piedras.

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Con el atardecer me iré de aquí / me iré sin ti. / Me alejare de ti / con un dolor dentro de mí. / Te juro, corazón, / que no es falta de amor, / pero es mejor así. / Un día comprenderás / que lo hice por tu bien / que todo fue por ti…, se oye en la trompeta que los músicos tocan en el funeral de las jornaleras que se despiden para siempre de Totolcintla.

Entre una y otra melodía que la banda interpreta, los vecinos llegan para acompañar a los dolientes. Isaac Juárez me comparte su experiencia en Jalisco: “Mi hija trabajaba en el corte de tomate verde, creo que ganaba a la semana como 600 pesos; mientras que nosotros, en el corte de caña nos pagaban 700 pesos a la semana. Allá es muy pesado».

El jornalero habla de los gastos funerarios que recibió de la empresa Mentidero que apenas les alcanzó para llegar hasta Totolcintla; sin embargo, el pasaje para 15 integrantes de la familia fue el cincuenta por ciento, lo que retrasó el viaje. De la empresa cañera no recibieron un solo centavo. Los patrones ofrecieron enviarles algo hasta el lunes, pero no hablaron de indemnización ni de seguro de vida para las víctimas.

Ahí, Lucero, cuñada de Diana, accede a platicar con Trinchera. Se queja de que el gobierno del estado los haya dejado en la orfandad, por falta de apoyo ante el percance en el que falleció Diana, Fresnia y Evelin.

«Nos sentimos abandonados, dejados en el olvido por el gobierno. Nos fuimos porque en nuestro pueblo no hay trabajo ni apoyo para producir nuestra tierra; estando allá nos dejan solos a pesar del dolor que cargamos que se pueda esperar de un gobierno que no se preocupa por los pobres», reclamó.

« ¿Qué más podemos pedir  a este gobierno? –agrega–. Pues apoyo, para que los niños no se mueran en los campos agrícolas, para que  no haya más Fresnia o Evelin en los accidentes ante la falta de oportunidades en Guerrero. Eso es lo que queremos: seguridad, trabajo y alimentos en nuestra comunidades de origen».

Con la luna en el cenit, la banda sigue tocando para que nadie se duerma, por lo menos en esta noche. Y cómo lo van hacer si la melodía de Los Cadetes de Linares se oye en las trompetas de la música de viento: El día que me vaya de esta vida, / por Dios que no voy a llevarme nada, /La tierra cubrirá mi sepultura / Y el llanto de mi madre habrá de mojarla… / Me voy, me voy, me voy / Voy a emprender el viaje sin regreso,  /  me voy, me voy, me voy…

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