{"id":1350,"date":"2005-08-22T19:00:07","date_gmt":"2005-08-22T19:00:07","guid":{"rendered":"http:\/\/cipamericas.org\/?p=1350"},"modified":"2005-12-13T20:00:04","modified_gmt":"2005-12-13T20:00:04","slug":"380","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.americas.org\/es\/380\/","title":{"rendered":"El Alto: Un Mundo Nuevo Desde la Diferencia"},"content":{"rendered":"\n<p> Un caos en movimiento. Una Babel enmara&ntilde;ada. Vendedoras callejeras y comerciantes, mercaderes y feriantes, corredores y comisionistas machacando sones contumaces, tr&aacute;nsito agitado sobre el barro negro y pegajoso que rebalsa aceras y calles; zumban bocinas mezcladas con m&uacute;sicas andinas &#8211;tradicionales de roncos pututus y de electrizantes guitarras&#8211;, fusionadas con voces que ofrecen-venden-reclaman-mercadean; cientos de camionetas se preparan para sumergirse en la hoyada pace&ntilde;a, y otras tantas hacen la proeza de remontar la interminable cuesta: es la Ceja de El Alto, el centro o el nudo comercial y pol&iacute;tico de la urbe aymara. Una bacanal de colores y sonidos. A medida que se va permaneciendo, en el punto en que los sentidos se acostumbran a los 4.100 metros de altura y al aire g&eacute;lido que sopla desde la nevada Cordillera Real, cuando se va aclimatando al ajetreo y al gent&iacute;o, la batahola empieza a cobrar forma. Basta con dejarse llevar por el ambiente, para que los ruidos arremolinados se truequen en rumor, y la cacofon&iacute;a en son. El Alto es un caos mirado desde fuera. O sea, si se cultiva la mirada occidental, ajena, colonial.<\/p>\n<p> La insurrecci&oacute;n de octubre de 2003, que derrib&oacute; al presidente Gonzalo S&aacute;nchez de Lozada y trab&oacute; la continuidad del modelo neoliberal en Bolivia, ilumin&oacute; la existencia de una sociedad alterna que tiene su mayor desarrollo entre los aymaras del entorno del Lago Titicaca, y en la ciudad de El Alto su mayor exponente. Esa sociedad cuenta con sus propias instituciones pol&iacute;ticas y sociales, su propia econom&iacute;a y una cultura netamente diferenciada de la sociedad &#8220;oficial&#8221;, mestiza y blanca, que se asienta en las instituciones estatales y en la econom&iacute;a de mercado. Mostrar algunos aspectos de esa &#8220;otra&#8221; sociedad es el objetivo de este breve trabajo.<\/p>\n<h3>Crecimiento explosivo<\/h3>\n<p> El Alto ha jugado un papel destacado en las luchas sociales bolivianas. En 1781 las milicias aymaras de Tupac Katari y Bartolina Sisa establecieron en esa zona, pampas despobladas entonces, su cuartel general desde el que bajaban a La Paz, ciudad que cercaron durante meses. En 1899 los aymaras de El Alto establecieron una muralla humana durante la guerra federal para impedir el ingreso de tropas constitucionales. En 1952, fue el escenario pol&iacute;tico que confirm&oacute; el triunfo de la revoluci&oacute;n nacional. Desde comienzos de este siglo, El Alto es el centro pol&iacute;tico de los aymaras, la ciudad que crece con mayor velocidad en el pa&iacute;s, y es la ciudad rebelde m&aacute;s importante de Am&eacute;rica Latina.<\/p>\n<p> El Alto tiene una ventaja geogr&aacute;fica y estrat&eacute;gica sobre La Paz, centro pol&iacute;tico y administrativo del pa&iacute;s. Situado a 4.000 metros, domina las laderas y el acceso a la capital, ubicada a 3.600 metros en una inmensa hoyada, una profunda depresi&oacute;n del terreno en la que los espa&ntilde;oles construyeron la principal ciudad boliviana. Desde un punto de vista social, puede decirse que en el Altiplano los pobres viven arriba (El Alto) y que los ricos viven abajo (La Paz). Esta ventaja geogr&aacute;fica de los aymaras ha jugado un papel destacado en la historia de Bolivia y lo sigue jugando a&uacute;n hoy.<\/p>\n<p> En 1952 viv&iacute;an en El Alto apenas 11 mil personas, que constitu&iacute;an una poblaci&oacute;n b&aacute;sicamente rural. En 1960 ya eran 30 mil; en 1976 ascienden a 95 mil. Entre 1976 y 1985 (cuando consigue la autonom&iacute;a municipal) la poblaci&oacute;n creci&oacute; explosivamente (211 mil personas en 12 a&ntilde;os) por la emigraci&oacute;n desde los centros mineros y desde las &aacute;reas rurales aymaras y quechuas del Altiplano, alcanzado los 307 mil habitantes, para llegar a 405 mil en 1992. Seg&uacute;n el censo del a&ntilde;o 2001 la poblaci&oacute;n asciende a 650 mil personas y actualmente se supone que se acerca a las 800 mil, de las cuales el 81% se autoindentifican como ind&iacute;genas, en particular aymaras. La ciudad est&aacute; constituida por nueve distritos, ocho urbanos y uno rural, y puede dividirse en tres zonas: la Norte est&aacute; poblada por migrantes del Altiplano en la que predomina la actividad artesanal, manufacturera y comercial, que se expresa en la gigantesca feria de la avenida 16 de julio, donde confluyen unos 40 mil puestos de venta; la zona Central denominada la Ceja, donde est&aacute;n ubicados los principales servicios p&uacute;blicos, agua y luz; y la zona Sur, donde existen algunas f&aacute;bricas y migrantes de la regi&oacute;n sur del departamento de La Paz. El aeropuerto internacional est&aacute; incrustado en medio de la ciudad.<\/p>\n<p> Un reciente estudio sociol&oacute;gico define a El Alto como &#8220;un conglomerado h&iacute;brido de distintas experiencias comunales, artesanales, comerciales y obreras que se mueven en el espacio urbano y se entrecruzan cotidianamente de forma fragmentada&#8221;. La inmensa mayor&iacute;a son pobres o muy pobres, y no tienen acceso al agua potable, la luz, la salud, la educaci&oacute;n y la vivienda. El Alto es una ciudad precaria, de calles irregulares y polvorientas, de viviendas de adobe a las que se les van adosando ladrillos, y su poblaci&oacute;n vive bajo temperaturas extremas que en promedio oscilan entre los 10 grados bajo cero y los 20 grados mientras brilla el macizo sol del mediod&iacute;a. Un dato adicional: el 60% de la poblaci&oacute;n tiene menos de 25 a&ntilde;os.<\/p>\n<h3>Una ciudad autoconstruida<\/h3>\n<p> Este crecimiento explosivo &#8211;a un promedio de casi el 10% anual&#8211; ha llevado a que una buena parte de los alte&ntilde;os no tenga acceso a los servicios b&aacute;sicos. En 1997, UNICEF estimaba que s&oacute;lo el 34% de los alte&ntilde;os ten&iacute;an acceso a todos los servicios, incluyendo calles asfaltadas o empedradas, servicio de basura y tel&eacute;fono p&uacute;blico. En 1992 s&oacute;lo el 20% de los habitantes ten&iacute;an acceso al alcantarillado y el 18% al servicio de basura. Pero en algunos distritos esos porcentajes descienden, en el caso del alcantarillado, al 2%, y los tr&aacute;mites para conseguirlo pueden demorarse hasta diez a&ntilde;os. El 20% no tiene agua potable ni electricidad; el 80% vive en calles de tierra.<\/p>\n<p> Por otro lado, hasta un 75% de las familias no tiene ning&uacute;n tipo de afiliaci&oacute;n m&eacute;dica, en una zona donde abundan las enfermedades respiratorias agudas y las diarreas, y se registra una elevada mortalidad infantil. El analfabetismo alcanzaba a comienzos de los 90 al 40% de la poblaci&oacute;n y s&oacute;lo el 25% acced&iacute;a al bachillerato. En general, los servicios han sido construidos por los propios vecinos, organizados en juntas vecinales que, a su vez, se agrupan en la Federaci&oacute;n de Juntas Vecinales de El Alto (Fejuve). Actualmente existen unas 500 juntas vecinales, que han sido las encargadas de la construcci&oacute;n urbana, ya sea directamente con trabajo colectivo solidario o presionando a las autoridades municipales.<\/p>\n<p> En cuanto al trabajo, la principal caracter&iacute;stica es el autoempleo. El 70% de la poblaci&oacute;n ocupada trabaja en el sector familiar (50%) o semiempresarial (20%). Ese tipo de emprendimientos son mayoritarios en el comercio y restaurantes (95% de los ocupados), seguidos por la construcci&oacute;n (80%) y la manufactura (75%). En esos sectores predominan los j&oacute;venes: m&aacute;s de la mitad de los empleados en la manufactura tienen entre 20 y 35 a&ntilde;os, siendo la presencia femenina abrumadora en el comercio y los restaurantes de las categor&iacute;as familiar y semiempresarial.<\/p>\n<p> En El Alto la protagonista principal de los mercados laborales es la familia, tanto como unidad econ&oacute;mica generadora de empleo o como contribuyente del mayor n&uacute;mero de trabajadores en calidad de asalariados. En esos espacios surge una nueva cultura laboral y social, signada por el nomadismo, la inestabilidad y relaciones de trabajo diferentes: no hay separaci&oacute;n entre la propiedad y la gesti&oacute;n de la unidad econ&oacute;mica y el proceso productivo. En las unidades familiares predomina el trabajo familiar no remunerado; unos se ense&ntilde;an a otros c&oacute;mo hacer el trabajo y la administraci&oacute;n del tiempo empleado en la realizaci&oacute;n del producto es de exclusiva responsabilidad de quien trabaja, siempre que cumpla a tiempo con los pedidos.<\/p>\n<p> Tanto la construcci&oacute;n de la ciudad por los propios vecinos como el autoempleo, han generado una relaci&oacute;n muy particular con el medio: los habitantes de El Alto son conscientes de que todo lo han hecho ellos, lo que se resume en un sentimiento de pertenencia y autoestima muy elevadas.<\/p>\n<h3>Organizaci&oacute;n para la sobrevivencia y la resistencia<\/h3>\n<p> La autoconstrucci&oacute;n de la ciudad y la autogeneraci&oacute;n de empleo no hubieran sido posibles sin una s&oacute;lida organizaci&oacute;n de base, barrio por barrio, calle por calle, mercado por mercado. Desde 1957 existen organizaciones vecinales aunque la Fejuve fue creada reci&eacute;n en 1979. Sin embargo, no es la &uacute;nica organizaci&oacute;n de El Alto. Existen clubes de madres, asociaciones juveniles y culturales, centros de residentes de emigrantes de las diferentes provincias y regiones, asociaciones de obreros relocalizados, asociaciones de padres de familia que se encargan de gestionar la educaci&oacute;n, y la Central Obrera Regional (COR) de El Alto.<\/p>\n<p> En los a&ntilde;os 70 se fueron creando federaciones laborales de comerciantes y artesanos, &#8220;que a diferencia de los obreros de empresa, tienen una identidad laboral de fuerte arraigo territorial&#8221;. Surgieron as&iacute; las organizaciones de gremiales, artesanos y comerciantes minoristas, los panificadores y los trabajadores de carne, que en 1988 crean la COR, a la que se incorporaron los bares y pensiones y los empleados municipales. Estas agrupaciones son, en su inmensa mayor&iacute;a, de microempresarios y trabajadores por cuenta propia, un sector social que en otros pa&iacute;ses habitualmente no est&aacute;n organizados. Desde el comienzo, la COR coordin&oacute; sus acciones con la Fejuve, siendo los actores m&aacute;s importantes de la ciudad, que jugaron un papel determinante en la lucha por la creaci&oacute;n de la Universidad P&uacute;blica de El Alto (UPEA) en 2001, y sobre todo en las grandes movilizaciones de setiembre-octubre de 2003 y mayo-junio de 2005 que se saldaron con la ca&iacute;da de los presidentes Gonzalo S&aacute;nchez de Lozada y Carlos Mesa.<\/p>\n<p> Una mirada m&aacute;s fina de las juntas vecinales permite comprender que estamos ante un tipo de organizaci&oacute;n comunitaria que, de alguna manera, reproduce la forma de organizaci&oacute;n tradicional de los aymaras y quechuas rurales. En El Alto, la poblaci&oacute;n recre&oacute; &#8211;reprodujo modific&aacute;ndola&#8211; la ancestral comunidad andina. El soci&oacute;logo aymara Felix Patzi se pregunta: &#8220;&iquest;Porqu&eacute; la gente obedece a las organizaciones, cuando podr&iacute;a no hacerlo?&#8221;. Patzi se refiere a que las juntas vecinales y las gremiales de los mercados establecen la participaci&oacute;n obligatoria de sus miembros en las manifestaciones, asambleas y en todas las acciones que convocan. Para ello elaboran &#8220;fichas&#8221; como forma de control de la asistencia de cada familia. Lo que debe ser respondido es, en su opini&oacute;n, las razones por las cuales la poblaci&oacute;n acata. En efecto, la obligatoriedad forma parte de la cultura comunitaria, pero en el caso de las comunidades rurales se debe a que los campesinos no son propietarios de la tierra, que s&oacute;lo pueden usufructuar, y en caso de no acatar pierden el acceso al &uacute;nico medio de sobrevivencia.<\/p>\n<p> Seg&uacute;n Patzi, hay tres elementos que son los que permiten hablar de comunidad en El Alto, vinculados al mercado, el territorio y la educaci&oacute;n, que muestran la validez de la estructura comunitaria. En su opini&oacute;n, una comunidad se caracteriza por la existencia de propiedad colectiva y posesi&oacute;n privada de los bienes. En la comunidad rural ese papel lo juega la tierra, pero en El Alto es m&aacute;s complejo. En el comercio, &#8220;los puestos de venta no son propiedad privada, son manejados por el sindicato, los llamados gremios, o sea que el propietario es la colectividad. La gente obedece al gremio porque sin poder comerciar no pueden sobrevivir&#8221;. En cuanto al territorio, &#8220;las decisiones en torno a conseguir agua, luz, gas y otros servicios no son individuales. Si no acatas las decisiones de la junta tu calle no tendr&aacute; aceras o agua o luz, porque las cooperativas que se han creado para los servicios son acciones colectivas que han salvado el d&eacute;ficit estatal&#8221;. Por &uacute;ltimo, los comit&eacute;s de padres son los que controlan el acceso de los hijos a la educaci&oacute;n, de modo que la participaci&oacute;n en sus asambleas y acciones son decisivas para asegurar el futuro de sus hijos. Este conjunto de caracter&iacute;sticas es lo que se denomina como &#8220;obligatoriedad&#8221;, pero no se trata de obligaciones impuestas sino consensuadas, aceptadas por la poblaci&oacute;n que siente que la comunidad urbana es una suerte de extensi&oacute;n natural de la comunidad rural y la forma de organizaci&oacute;n que asegura la sobrevivencia en un medio hostil.<\/p>\n<p> Las juntas vecinales realizan asambleas mensuales o semanales en las que se discuten todos los problemas del barrio, a las cuales debe asistir un miembro por familia o n&uacute;cleo habitacional. Las juntas son territoriales y para ser reconocidas por la Fejuve deben tener un m&iacute;nimo de 200 miembros. Son parte de &#8220;un proceso de autoorganizaci&oacute;n social de las zonas urbanas para debatir y buscar resolver las necesidades b&aacute;sicas urbanas (agua potable, electricidad, alcantarillado, atenci&oacute;n de salud, educaci&oacute;n, campos recreativos, etc.), de la poblaci&oacute;n de sus barrios&#8221;.<\/p>\n<p> Los que aspiran a ser dirigentes de la junta vecinal, deben cumplir algunos requisitos: vivir por lo menos dos a&ntilde;os en la zona, no ser loteador (o sea especulador que vende terrenos), comerciante, transportista, panadero o dirigente de alg&uacute;n partido pol&iacute;tico; no ser &#8220;traidor&#8221; ni haber colaborado con las dictaduras.<\/p>\n<p> Pablo Mamani, aymara y director de la carrera de Sociolog&iacute;a de la UPEA, sostiene que las juntas vecinales &#8220;tienen una caracter&iacute;stica parecida a las comunidades rurales del mundo andino, por su estructura, su l&oacute;gica, su territorialidad, su sistema de organizaci&oacute;n&#8221;. Aunque cada familia tiene su vivienda en propiedad, hay &aacute;reas de uso com&uacute;n como las plazas, las canchas de f&uacute;tbol y la escuela, pero agrega que &#8220;para comprar o vender un lote o una vivienda, la familia se presenta a la junta vecinal que controla si no hay deudas pendientes o alg&uacute;n aspecto que impide la transacci&oacute;n&#8221;. Adem&aacute;s, la junta vecinal &#8220;es el espacio para presentar al vecino nuevo que ofrece cerveza para ser recibido y aceptado&#8221;.<\/p>\n<p> Aunque la participaci&oacute;n en la junta vecinal es voluntaria, &#8220;el que no acude recibe una sanci&oacute;n social, a trav&eacute;s de rumores que dicen que el vecino no respeta a la vecindad o a la junta&#8221;. Para evitar esa imagen negativa, pr&aacute;cticamente todos los vecinos participan en las asambleas mensuales. A quienes no acuden a las marchas, actos, cortes o a las propias asambleas, se les imponen multas que suelen ser castigos simb&oacute;licos. M&aacute;s a&uacute;n, la junta vecinal suele interceder en los conflictos y ri&ntilde;as entre vecinos, y en ocasiones muy graves administra justicia, con sanciones que suelen ser trabajos en beneficio del barrio, lo que les otorga un car&aacute;cter que va mucho m&aacute;s all&aacute; de la asociaci&oacute;n tradicional y los asemeja a las comunidades agrarias. Las juntas vecinales son la columna vertebral del movimiento social en El Alto, y permiten comprender la potencia de ese movimiento.<\/p>\n<h3>Las formas de acci&oacute;n de la comunidad urbana<\/h3>\n<p> Las juntas vecinales son una forma de organizaci&oacute;n horizontal de la &#8220;comunidad vecinal&#8221; que conforman verdaderas redes extensas a escala barrial y distrital que act&uacute;an sin intermediarios, elementos que aparecen reci&eacute;n en la escala superior de la Fejuve. En esta instancia, la cultura comunal se disuelve y da paso a la &#8220;otra&#8221; cultura, la mestizo-blancoide seg&uacute;n se&ntilde;ala la antrop&oacute;loga Silvia Rivera Cusicanqui, signada por el clientelismo, el racionalismo y el colonialismo. Pero es la experiencia de base horizontal &#8220;la que precisamente se tensar&aacute; exitosamente durante las jornadas de sublevaci&oacute;n civil de octubre de 2003&#8221;.<\/p>\n<p> La forma de movilizaci&oacute;n y acci&oacute;n de esas bases echa luz sobre lo que realmente es y significa este entramado social. Esto supone acercar la mirada a estas llamadas micro-estructuras de movilizaci&oacute;n barrial, ya que es durante esa movilizaci&oacute;n cuando se despliegan las potencias y se hacen visibles aspectos que aparecen ocultos o sumergidos en la cotidianeidad. En general, los testimonios y an&aacute;lisis coinciden en que durante la rebeli&oacute;n las bases desbordaron a sus dirigentes y a las propias organizaciones, a tal punto que varios dirigentes medios aseguran que &#8220;fuimos obligados por las bases&#8221;. Se trata de una presi&oacute;n sorda, que viene de muy abajo, y es por lo tanto incontenible cuando se despliega. Roxana Seijas, dirigente de la Fejuve, se&ntilde;ala algo sorprendente respecto a la relaci&oacute;n entre bases y dirigentes: &#8220;Aqu&iacute; a la cabeza con sus entornos (por los dirigentes) nos llaman rellenos&#8221;. O sea, que son superficiales, como adornos, pero son forzados por las bases a trabajar (&#8220;nosotros los rellenos somos los que hemos trabajado&#8221;). Su testimonio muestra dos aspectos claves de la cultural comunal: ser dirigente no es un privilegio sino un servicio que nunca se autonomiza de la base; y, como son &#8220;relleno&#8221;, pueden ser cambiados por otros sin que deje de funcionar la organizaci&oacute;n, sin que se produzcan traumas ni cambios de orientaci&oacute;n.<\/p>\n<p> As&iacute;, la rebeli&oacute;n &#8220;careci&oacute; de organizador y l&iacute;der, y fue ejecutada directamente por los vecinos de barrio y calle&#8221;; las juntas vecinales &#8220;no fueron estructuras organizativas de la movilizaci&oacute;n sino estructuras de identidad territorial en cuyo interior otro tipo de fidelidades, de redes organizativas, de solidaridades e iniciativas se desplegaron de manera aut&oacute;noma por encima y, en algunos casos, al margen de la propia autoridad de la junta vecinal&#8221;. En muchos casos, la junta vecinal era s&oacute;lo invocada de manera simb&oacute;lica para marchas y caminatas que eran en realidad iniciativas de flexibles redes sociales territoriales que se creaban durante los acontecimientos y se convert&iacute;an en &#8220;estructuras de mando, deliberaci&oacute;n y ejecuci&oacute;n de decisiones&#8221;.<\/p>\n<p> Algo as&iacute; s&oacute;lo puede suceder si ya existe, en la vida cotidiana, el h&aacute;bito de la autoorganizaci&oacute;n. Esas redes se conformaban como comit&eacute;s de movilizaci&oacute;n, como Comit&eacute;s en Defensa del Gas o, en ocasiones, no toman forma a trav&eacute;s de nombres sino que son simplemente la manera natural como los vecinos se agrupan para resolver sus problemas diarios, que en cierto momento se vuelcan en la autodefensa de la comunidad.<\/p>\n<p> Las asambleas jugaron un papel decisivo. Sobre la base de la amplia experiencia asamblearia de las juntas vecinales, los pobladores de los barrios se agruparon en asambleas informales pero masivas, convertidas en espacios de deliberaci&oacute;n y encuentro, de legitimaci&oacute;n y legalizaci&oacute;n social de la movilizaci&oacute;n, y en escenario de intercambio de informaciones. Las radios locales, por su parte, amplificaron la comunicaci&oacute;n entre las bases y le dieron un car&aacute;cter de cohesi&oacute;n masiva, en particular la red Erbol (Educaci&oacute;n Radiof&oacute;nica de Bolivia), vinculada a la Iglesia Cat&oacute;lica.<\/p>\n<p> El ancestral sistema de turnos, surgido en las comunidades rurales, permiti&oacute; garantizar las vigilias para los bloqueos de calles y rutas, la alimentaci&oacute;n de los movilizados y el mantenimiento de la acci&oacute;n callejera en niveles muy elevados de masividad. El sistema de rotaci&oacute;n o turnos se utiliza para todas las acciones colectivas, desde la representaci&oacute;n hasta los bloqueos, y consiste en la rotaci&oacute;n por distritos y zonas, comunidades y familias, de modo que mientras unos participan directamente otros descansan y mantienen activa la vida cotidiana. Un ejemplo: en una zona donde participan 100 vecinos en los cortes, la mitad salen en el turno de seis de la ma&ntilde;ana a tres de la tarde y la otra mitad lo hace de tres a doce de la noche; durante la noche la vigilia es voluntaria. De ese modo, todos participan y mientras unos cortan o se manifiestan otros hacen la comida, producen y se preparan para participar en el turno. Adem&aacute;s, la rotaci&oacute;n permite que esas cien personas no participen todos los d&iacute;as, sino que son relevadas por otras comunidades o zonas o grupos de familias. As&iacute;, cada persona puede participar directamente en las calles cada varios d&iacute;as, o semanas incluso, permitiendo mantener la acci&oacute;n social de forma indefinida desgastando al aparato represivo y al Estado. En ciertas movilizaciones, como la que sucedi&oacute; en setiembre de 2000, participaron rotativamente medio mill&oacute;n de aymaras (de un total de un mill&oacute;n y medio que viven en Bolivia), lo que revela que pr&aacute;cticamente toda la poblaci&oacute;n estuvo de alguna manera involucrada a trav&eacute;s de esta forma no jer&aacute;rquica de divisi&oacute;n del trabajo.<\/p>\n<h3>El despliegue del abajo: las insurrecciones<\/h3>\n<p> En los a&ntilde;os 90, en pleno auge del neoliberalismo, se produjeron cambios importantes en El Alto. Al fortalecimiento de los movimientos sociales anotado arriba, debe sumarse un cambio notable en el escenario pol&iacute;tico. En las elecciones de 1989 un partido nuevo, Condepa (siglas de Conciencia de Patria), consigue el 65% de los votos desplazando sorpresivamente a los partidos tradicionales (MNR, MIR, ADN) a posiciones marginales. Debe consignarse que esto s&oacute;lo sucedi&oacute; en El Alto y en La Paz, agudizando as&iacute; un comportamiento diferenciado de los aymaras, que se mantuvo estable en el apoyo a Condepa durante casi una d&eacute;cada.<\/p>\n<p> Condepa fue formada por el popular locutor y cantante Carlos Palenque, a quien en 1988 el gobierno del MNR clausura sus medios de comunicaci&oacute;n, Radio Metropolitana y Canal 4 que conformaban el Sistema Radio-Televisi&oacute;n Popular (RTP). Palenque y Condepa fueron rechazados por las elites y las clases medias mestizas y blancas, a quienes despreciaban por considerarlos &#8220;populacheros&#8221; y sensacionalistas. Sin embargo, Condepa era la expresi&oacute;n de los aymaras pobres de ambas ciudades, aquellos sectores marginados y despreciados por las elites. &#8220;Fue un partido que no s&oacute;lo expres&oacute; sino tambi&eacute;n reivindic&oacute; la reciprocidad y la cultura andina&#8221;, lo que le gener&oacute; lealtades ciudadanas aceitadas por ayudas solidarias que Palenque consegu&iacute;a a trav&eacute;s de los medios en los que, adem&aacute;s, denunciaba &#8220;el orden injusto imperante en nombre de los excluidos del juego econ&oacute;mico, social, pol&iacute;tico y cultural&#8221;.<\/p>\n<p> Aunque Condepa cay&oacute; en el mismo juego de corrupci&oacute;n y clientelismo que denunciaba, y no pudo recuperarse de la muerte de su l&iacute;der en 1997, sufriendo una crisis de liderazgo que la llev&oacute; a su muerte pol&iacute;tica en las elecciones de 2002, tuvo un papel destacado en el crecimiento de la autoestima de los sectores populares aymaras. O, dicho de otro modo, Condepa surge cuando los aymaras pobres de las ciudades est&aacute;n en pleno proceso de autoafirmaci&oacute;n que no podr&iacute;an haber procesado a trav&eacute;s de los partidos establecidos &#8211;de derecha o de izquierda&#8211;, sino utilizado un outsider al que visualizaban como parte de su mundo cultural. &#8220;La s&oacute;lida constituci&oacute;n de la identidad cultural de los pobladores de El Alto se ha expresado en votaciones colectivas&#8221;, dice un estudio sobre el tema, lo que revela que en esa ciudad la votaci&oacute;n &#8220;obedece a formas de comportamiento colectivo imbuidas de significado cultural&#8221;.<\/p>\n<p> La crisis de Condepa es paralela al crecimiento del Movimiento al Socialismo (MAS) y el Movimiento ind&iacute;gena Pachakutik (MIP), que tuvieron muy buena votaci&oacute;n en El Alto, y son los partidos m&aacute;s ligados a los nuevos actores sociales. Ya en 2003 el movimiento social alte&ntilde;o, que hab&iacute;a iniciado un ascenso desde la &#8220;guerra del agua&#8221; en Cochabamba, en abril de 2000, y en las movilizaciones aymaras rurales de setiembre de ese a&ntilde;o, se convierte en el principal actor del pa&iacute;s. El 5 de marzo de 2001 la Fejuve convoc&oacute; un paro que se dej&oacute; sentir sobre todo en los barrios perif&eacute;ricos con tomas de calles y avenidas, en las que &#8220;se observa c&oacute;mo las mujeres bloquean sentadas al medio de las avenidas picchando (masticando) coca y conversando en aymara o en castellano&#8221;, mientras las principales avenidas &#8220;se hab&iacute;an convertido en una especie de asambleas grupales donde incluso participan los ni&ntilde;os y ni&ntilde;as&#8221;.<\/p>\n<p> Crece la tendencia a organizarse por zonas y cuadras mientras en las grandes jornadas se produce una suerte de &#8220;reunificaci&oacute;n interbarrial con caracter&iacute;sticas ind&iacute;genas&#8221;, seg&uacute;n Mamani. El a&ntilde;o clave de 2003 comienza con acciones contundentes. Mientras el 12 y 13 de febrero se registra en La Paz el enfrentamiento armado entre polic&iacute;as sublevados y militares que los reprimen, en el que mueren 11 polic&iacute;as y 4 soldados, en la ciudad de El Alto una multitud asalta la alcald&iacute;a y las instalaciones de Coca Cola y las saquea e incendia. Es la segunda vez que la alcald&iacute;a de El Alto es incendiada por la multitud, en esta ocasi&oacute;n enfurecida por la mala gesti&oacute;n del alcalde del MIR. En esas jornadas, en las que son incendiadas las sedes de los principales partidos (MIR, MNR, ADN) y oficinas gubernamentales, mueren en La Paz y El Alto 33 personas.<\/p>\n<p> El 1 de setiembre de ese a&ntilde;o, mientras en las zonas rurales los campesinos se movilizan contra la venta del gas por Chile, en El Alto comienza la movilizaci&oacute;n contra los formularios Maya y Paya (uno y dos en aymara) que redundar&iacute;an en el aumento de impuestos inmobiliarios. El 15 y 16 la ciudad est&aacute; paralizada y la poblaci&oacute;n se concentra ante la alcald&iacute;a, corta calles en cada barrio y las principales salidas de la ciudad. El mismo 16 la alcald&iacute;a retrocede anulando los formularios, lo que significa un resonante triunfo de la movilizaci&oacute;n social. Pero el d&iacute;a 20 se produce la masacre de Warista (escuela-ayllu hist&oacute;rica para los aymaras, situada en Omasuyos, cerca del lago Titicaca), en el que mueren cuatro ind&iacute;genas y un soldado.<\/p>\n<p> En un clima de repudio y de indignaci&oacute;n colectiva, el 2 de octubre se realiza un paro de 24 horas en El Alto mientras en la Radio San Gabriel se mantiene una huelga de hambre de la dirigencia aymara, encabezada por Felipe Quispe, dirigente de la central campesina CSUTCB. La ciudad se convierte en &#8220;factor estructurante de los ind&iacute;genas en Bolivia&#8221;, tanto a nivel urbano como rural. A partir del 8 de octubre, se declara un paro indefinido en El Alto contra la venta del gas, convocado por Fejuve, COR y la UPEA. El paro es masivo y se plasma en la ocupaci&oacute;n de los territorios barriales por los vecinos, que cortan las calles y avenidas, cavan zanjas profundas para impedir el paso de camiones y tanques del ej&eacute;rcito. El mismo 8 el ej&eacute;rcito dispara hiriendo a dos j&oacute;venes, pero la represi&oacute;n no cesa cobr&aacute;ndose 67 muertos y m&aacute;s de 400 heridos, siendo los d&iacute;as 12 y 13 los m&aacute;s violentos con 50 muertos.<\/p>\n<p> Pese a la militarizaci&oacute;n de la ciudad y a la brutalidad de la represi&oacute;n, la poblaci&oacute;n alte&ntilde;a consigui&oacute; la renuncia de S&aacute;nchez de Lozada. Y frenar la venta del gas. &iquest;Qu&eacute; pasar&aacute; en un pa&iacute;s donde la poblaci&oacute;n le ha perdido el miedo a los tanques, la represi&oacute;n violenta y la masacre? Todo indica que el futuro de Bolivia se ha desplazado desde las elites blancas y mestizas hacia los aymaras, quechuas, ind&iacute;genas de todas las etnias y los pobres rurales y urbanos.<\/p>\n<h3>Un futuro lleno de sorpresas<\/h3>\n<p> Despu&eacute;s de octubre de 2003, vino mayo-junio de 2005. Es el quinto levantamiento aymara en lo que va del siglo XXI. El primer gran levantamiento se produjo el 9 de abril de 2000 con epicentro en Achacachi, provincia de Omasuyus. El segundo en septiembre y octubre del mismo a&ntilde;o en toda la regi&oacute;n del altiplano y valle norte del departamento de La Paz. Se han movilizado siete provincias de esta regi&oacute;n aymara. El tercer levantamiento fue en junio-julio del a&ntilde;o 2001 con epicentro tambi&eacute;n en la gran regi&oacute;n del altiplano y dur&oacute; cerca de dos meses. El cuarto tuvo su epicentro en la ciudad de El Alto, en octubre de 2003. Finalmente, el quinto levantamiento aymara se produjo en el mes de mayo-junio de 2005 y nuevamente el epicentro es la ciudad de El Alto. Las demandas centrales son la nacionalizaci&oacute;n de los hidrocarburos, una asamblea constituyente y una f&eacute;rrea oposici&oacute;n a las autonom&iacute;as departamentales (impulsadas por las elites de Santa Cruz). &#8220;Aqu&iacute; nuevamente las juntas vecinales y organizaciones laborales se articulan como verdaderos gobiernos barriales.<\/p>\n<p> Las decisiones se toman de forma colectiva y p&uacute;blica a trav&eacute;s de las asambleas de barrio. Poco a poco este levantamiento se irradia, primero hacia al interior de los barrios, y despu&eacute;s, nuevamente a otras provincias y departamentos del pa&iacute;s&#8221;, sostiene Mamani. Esta vez el centro efectivo fue Senkata, planta de almacenamiento de combustible y gas licuado. All&iacute; cientos de hombres y mujeres han hecho turnos durante noches y d&iacute;as a lo largo de 18 d&iacute;as para no dejar salir, como dice la gente: &#8220;ni una gota de gas&#8221; hacia la ciudad de La Paz y otros lugares.<\/p>\n<p> Uno de los hechos m&aacute;s notables, y a la vez esperanzador, es que toda esta actividad social se ha realizado sin la existencia de estructuras centralizadas y unificadas. Tal vez el hecho de que entre los aymaras nunca haya existido un Estado, tenga alguna relaci&oacute;n con ello. Sin embargo, la no existencia de ese tipo de aparatos centralizados no ha restado efectividad a los movimientos. M&aacute;s a&uacute;n, puede decirse que si hubieran existido estructuras organizativas unificadas, no se habr&iacute;a desplegado tanta energ&iacute;a social. La clave de esta abrumadora movilizaci&oacute;n social est&aacute;, sin duda, en la autoorganizaci&oacute;n de base que abarca todos los poros de la sociedad, que ha hecho superflua cualquier tipo de representaci&oacute;n. En segundo lugar, por primera vez el n&uacute;cleo del movimiento ind&iacute;gena est&aacute; situado en una gran ciudad, donde han surgido s&oacute;lidas comunidades urbanas, lo que anticipa cambios profundos y de largo aliento en el movimiento social boliviana que, tal vez, puedan irradiarse hacia otros sujetos en otras partes del continente.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Un caos en movimiento. Una Babel enmara&ntilde;ada. Vendedoras callejeras y comerciantes, mercaderes y feriantes, corredores y comisionistas machacando sones contumaces, tr&aacute;nsito agitado sobre el barro negro y pegajoso que rebalsa aceras y calles; zumban bocinas mezcladas con m&uacute;sicas andinas &#8211;tradicionales de roncos pututus y de electrizantes guitarras&#8211;, fusionadas con voces que ofrecen-venden-reclaman-mercadean; cientos de camionetas [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":9,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"inline_featured_image":false,"footnotes":""},"categories":[],"tags":[],"coauthors":[],"class_list":["post-1350","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1350","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/9"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=1350"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/1350\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=1350"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=1350"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=1350"},{"taxonomy":"author","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/coauthors?post=1350"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}