{"id":15693,"date":"2015-08-03T11:16:42","date_gmt":"2015-08-03T16:16:42","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cipamericas.org\/?p=15693"},"modified":"2015-10-09T12:10:22","modified_gmt":"2015-10-09T17:10:22","slug":"un-viaje-personal-a-los-surcos-de-san-quintin","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.americas.org\/es\/un-viaje-personal-a-los-surcos-de-san-quintin\/","title":{"rendered":"Un viaje personal a los surcos de San Quint\u00edn"},"content":{"rendered":"<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-medium wp-image-15543\" src=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_124750-180x300.jpg\" alt=\"20150417_124750\" width=\"180\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_124750-180x300.jpg 180w, https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_124750-614x1024.jpg 614w, https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_124750.jpg 1920w\" sizes=\"auto, (max-width: 180px) 100vw, 180px\" \/>A las 4 de la madrugada en El Vergel todo est\u00e1 oscuro y hace fr\u00edo. Formados en dos filas, hombres y mujeres enfundados en chamarras esperan su turno para entrar a los ba\u00f1os que, a la distancia, huelen a excremento. Otros se mojan la cara en los lavaderos para ahuyentar el sue\u00f1o. Todos se alistan para preparar el almuerzo y la comida que llevar\u00e1n al corte de pepinos y jitomates.<\/p>\n<p>A la plazoleta de El Vergel, que se encuentra a unos metros de la entrada principal, llegan unos 50 camiones amarillos, destartalados, con los asientos rotos y empolvados. Los conductores dejan el motor encendido mientras esperan que mujeres, hombres y adolescentes aborden para llevarlos a la jornada en el campo.<\/p>\n<p>Antes de cruzar la entrada principal, los vigilantes revisan a todos. Cuidan que no se les cuele un intruso o alguien lleve propaganda en contra de la empresa Los Pinos: Productora Industrial del Noroeste, propiedad de los hermanos Luis, Benjam\u00edn y Antonio Rodr\u00edguez, a quienes el presidente Enrique Pe\u00f1a Nieto reconoci\u00f3 en noviembre de 2013 con el Premio Nacional a la Exportaci\u00f3n, por sus productos de San Quint\u00edn, Baja California.<\/p>\n<p>Otros presidentes tambi\u00e9n han pasado por el rancho Los Pinos. En agosto de 1999, el priista Ernesto Zedillo inaugur\u00f3 una empacadora de hortalizas y un conjunto de cuartos para trabajadores denominado Las Cuarter\u00edas El Vergel. En marzo de 2009, durante una visita a Baja California, el panista Felipe Calder\u00f3n aterriz\u00f3 en la aeropista de este rancho para asistir a una fiesta de los hermanos Rodr\u00edguez.<\/p>\n<p><strong>Huellas de identidad\u00a0\u00a0<\/strong><\/p>\n<p>Es mi primer d\u00eda en El Vergel. El encargado general de Las Cuarter\u00edas, Santiago Silveira, me pidi\u00f3 que lo encontrara a las 5 de la ma\u00f1ana para llevarme con el mayordomo general, Fernando Guti\u00e9rrez, quien aprueba el ingreso de nuevos jornaleros.<\/p>\n<p>Sentado detr\u00e1s de su escritorio, me pregunta: \u201c\u00bfTraes las copias de tu acta de nacimiento, tu CURP y credencial de elector?\u201d<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed \u2013respondo.<\/p>\n<p>En Los Pinos no hay contrato que firmar, y bastan dos preguntas para comenzar a trabajar: \u201c\u00bfHablas alguna lengua ind\u00edgena? \u00bfDe d\u00f3nde vienes?\u201d<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed, vengo de la Costa Chica de Guerrero \u2013contesto. Tambi\u00e9n es mejor no saber leer ni escribir.<\/p>\n<p>Guti\u00e9rrez ordena a su acompa\u00f1ante hacer una ficha laboral con el nombre y la edad del trabajador, y el nombre del mayordomo o capataz de cuadrilla. Me asignan con Jos\u00e9 Reyes.<\/p>\n<p>Salgo del peque\u00f1o cuarto que sirve de oficina de la mayordom\u00eda general para que alguien me lleve a mi lugar de trabajo. Durante los 20 minutos que espero, llegan camiones con hombres bajitos, casi todos adolescentes, y mujeres embarazadas que recogen herramientas de trabajo.<\/p>\n<p>Con otros jornaleros abordo el cami\u00f3n 24. Durante el trayecto, un mayordomo me da un bote de 20 litros y me dice que Reyes, mi capataz, me entregar\u00e1 las tijeras para cortar pepinos. Al llegar al campo, veo a un hombre de bigote, flaco, con pantal\u00f3n ancho y lentes oscuros que lo hacen parecer un cholito. Es Reyes.<\/p>\n<p>Bajo la malla sombra, nadie habla. Hombres y mujeres almuerzan r\u00e1pido porque en 10 minutos comenzar\u00e1n su jornada. Reyes roc\u00eda desinfectante en las manos de cada trabajador y luego entra a la malla sombra para asignar surcos.<\/p>\n<p>Cuando todos los jornaleros est\u00e1n formados, grita: \u201c\u00a1Que venga el nuevo para ense\u00f1arle!\u201d Avanzo unos pasos para escuchar las recomendaciones y recibir las tijeras. \u201cSon tuyas. Si las pierdes son 200 pesos\u201d, amenaza.<\/p>\n<p>Unos minutos despu\u00e9s, todos desaparecen. Hay que comenzar a llenar botes con pepinos y jitomates para ganar dinero.<\/p>\n<p><strong>Las leyes del surco<\/strong><\/p>\n<p>En los surcos de Los Pinos, cada trabajador debe gritar su nombre y n\u00famero de identidad antes de vaciar un bote de pepino a la tara. Tiene que gritarlo fuerte y claro para que la apuntadora lo registre y no corra el riesgo de perder la paga.<\/p>\n<p>\u201c19, Chapis\u201d, grita Alejandro mientras vac\u00eda su bote con diez kilos de pepino a la tara que est\u00e1 montada sobre tres plataformas. Un tractor las arrastra hacia el camell\u00f3n que divide la malla sombra de una hect\u00e1rea.<\/p>\n<p>Todos corren para cortar m\u00e1s. La prisa los hace empujarse y sacar a codazos a quienes est\u00e1n formados. Los jornaleros, en promedio, vac\u00edan un bote cada tres minutos y ganan 20 pesos por cortar 200 kilos de pepinos. Un supermercado, en cambio, gana 330 pesos por vender 30 kilos de pepino.<\/p>\n<p>Hasta el 3 de abril pasado, los jornaleros ganaban 70 pesos por una jornada en la que cubr\u00edan cinco surcos y llenaban 45 botes de pepinos y 35 de jitomate. Con el incremento salarial de 15 por ciento, aumentaron tambi\u00e9n las tareas: ahora hay que abarcar seis surcos y llenar 60 botes de pepinos y 50 de jitomates.<\/p>\n<p>Alejandro, un muchacho de 1.70 metros de estatura, delgado, de tez blanca, corre como venado entre los surcos mientras platica en n\u00e1huatl con sus compa\u00f1eros. El y otro joven vienen del municipio de Xalpatlahuac, en la Monta\u00f1a de Guerrero, aunque su origen es me\u2019phaa (tlapaneco), del municipio de Iliatenco.<\/p>\n<p>Javier, Salvador y Margarita son de Zitlala, en la Monta\u00f1a baja; Alejandro y Alberto vienen de las comunidades de Ahuixtla y Pochahuixco, en Chilapa. Otros viajaron de Colotlipa, Quechultenango, en la regi\u00f3n Centro de Guerrero.<\/p>\n<p>Al otro lado del camell\u00f3n trabajan los mixtecos o na savi, de la comunidad de Joya Real, municipio de Cochoapa el Grande. Entre ellos hay dos mujeres embarazadas y tres muchachos de entre 13 y 15 a\u00f1os. Todos buscan ahorrar dinero suficiente para regresar a su pueblo, de donde salieron expulsado por la pobreza y la violencia del narcotr\u00e1fico.<\/p>\n<p>Los na savi de la Monta\u00f1a se distinguen por su lengua. Todo el d\u00eda hablan en su idioma, aunque los dem\u00e1s los vean con desprecio. A su conversaci\u00f3n agregan de vez en cuando las letras de las canciones m\u00e1s conocidas en Metlatonoc, del grupo Kimi Tuvi (Lucero de la Ma\u00f1ana).<\/p>\n<p><strong>Promesas para enganchar<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-15540\" src=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150416_124426-180x300.jpg\" alt=\"20150416_124426\" width=\"180\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150416_124426-180x300.jpg 180w, https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150416_124426-614x1024.jpg 614w, https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150416_124426.jpg 1920w\" sizes=\"auto, (max-width: 180px) 100vw, 180px\" \/>A las 8:00 de la ma\u00f1ana el revisador Carlos Pacheco pasa lista. \u201cOye, nuevo, conmigo vas pasar lista todos los d\u00edas. Tu n\u00famero es 27, y con ese te vas a registrar con la apuntadora cada vez que vac\u00edes tu bote\u201d, explica. Hasta entonces supe que ten\u00eda que gritar mi n\u00famero, pero ya hab\u00eda perdido m\u00e1s de 20 botes de pepinos.<\/p>\n<p>En el otro extremo, un mayordomo vigila a los jornaleros que se detienen para respirar. \u201cOye, ap\u00farate, no te detengas, no seas lento\u201d, los rega\u00f1a. En la plataforma, Jos\u00e9 Reyes revisa que no haya pepino tierno. Cuando encuentra uno, grita y rega\u00f1a al cortador. \u201cYa les dije que no corten pepino tierno, \u00bfno entienden? Apuntadora, descu\u00e9ntale dos botes a este chavo, que te diga su n\u00famero\u201d.<\/p>\n<p>Al mediod\u00eda, todos abordamos el cami\u00f3n 24 para regresar a la malla sombra adaptada como comedor, donde hay mesitas y banquitos r\u00fasticos. Al tomar mi mochila, me percato de que algo cambi\u00f3 de lugar. Los revisadores o los mayordomos suelen revisar las bolsas de los jornaleros mientras estos trabajan.<\/p>\n<p>Alrededor de las mesas hay rostros cansados, dientes que se mueven como si masticaran chicles, manos sucias que lucha por cortar las tortillas de harina secas. Caldo de res encebado y frijoles fr\u00edos son la comida de los jornaleros que huyeron de la Monta\u00f1a de Guerrero para no morir de hambre.<\/p>\n<p>Los j\u00f3venes de Joya Real mastican sus tortillas de harina con nostalgia, como si quisieran recodar por d\u00f3nde volver a su pueblo, all\u00e1 en Cochoapa el Grande, para cuidar sus chivos o sembrar sus tierras.<\/p>\n<p>Su madre me cont\u00f3 sobre su enganchador, un ind\u00edgena n\u00e1huatl de nombre Manuel Solano, quien les prometi\u00f3 que al llegar a Los Pinos los proveer\u00edan de vivienda, estufa, cama y un buen salario. Me dijo que tiene una deuda con la empresa que le urge cubrir para regresar a Cochoapa el Grande.<\/p>\n<p>Icela L\u00f3pez, una mujer menudita que migr\u00f3 con sus t\u00edos de Oaxaca a San Quint\u00edn, hace 25 a\u00f1os, conoce bien las promesas de los enganchadores. \u201cCuando van por los paisanos les ofrecen todo, y como all\u00e1 no hay nada, la gente se cree el cuento de que ac\u00e1 les ir\u00e1 bien, pero no es as\u00ed. Al llegar a los ranchos nos cobran hasta las tortas y el agua que nos dan en el camino, adem\u00e1s del transporte\u201d.<\/p>\n<p>Ten\u00eda 11 a\u00f1os cuando lleg\u00f3 al campamento Las Pulgas, el antecedente de El Vergel, y ahora vive en la colonia Santa Mar\u00eda Los Pinos. \u201cCuando llegamos, nos dijeron que deb\u00edamos el pasaje y ten\u00edamos que pagar el tanque de gas y la estufa, aparte de las despensas. Nos descontaron de nuestro salario durante seis meses. Varios nos dimos cuenta, pero nadie quiso decir algo porque si lo hac\u00edamos, ten\u00edamos que salir huyendo\u201d.<\/p>\n<p><strong>Mujeres acosadas<\/strong><\/p>\n<p>Desde mi primer d\u00eda en el surco, me di cuenta de la violencia que enfrentan las mujeres. Esa ma\u00f1ana, Jos\u00e9 Reyes cortejaba a una chica que, apurada, llenaba su bote de pepinos. Aqu\u00ed las mujeres lidian con el acoso sexual de sus compa\u00f1eros, de los mayordomos de cuadrillas, choferes, revisadores y el mayordomo general. Las que se niegan a aceptar \u201cayuda\u201d son tratadas peor que esclavas. Las acusan de no trabajar, les aumentan las tareas o las cambian a otra \u00e1rea con jornadas m\u00e1s pesadas.<\/p>\n<p>En las cuarter\u00edas sufren el acoso de los camperos, los vigilantes o el encargado del campamento, y muchas veces se ven obligadas a aceptar que los mayordomos abusen de ellas para conservar su lugar. No denuncian porque es su palabra contra la de ellos.<\/p>\n<p>\u201cCuando un mayordomo empieza a ayudar a una trabajadora y \u00e9sta lo rechaza, firma su sentencia porque la tratar\u00e1 peor que a un animal, hasta cansarla y obligarla a irse. Si anda con su esposo o novio, los dos ser\u00e1n maltratados\u201d, cuenta Lucila Hern\u00e1ndez.<\/p>\n<p>Su peor enemigo es el mayordomo general de Los Pinos, Fernando Guti\u00e9rrez, quien las despide y expulsa si se atreven a rechazarlo.<\/p>\n<p>Margarita me cont\u00f3 que en los surcos las mujeres sufren las peores vejaciones. \u201cNo tanto de nuestros compa\u00f1eros jornaleros, que en mucho nos defienden. Pero cuando esto sucede, nos corren a los dos\u201d.<\/p>\n<p><strong>Todos nos vigilan<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-medium wp-image-15541\" src=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_103901-180x300.jpg\" alt=\"20150417_103901\" width=\"180\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_103901-180x300.jpg 180w, https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_103901-614x1024.jpg 614w, https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_103901.jpg 1920w\" sizes=\"auto, (max-width: 180px) 100vw, 180px\" \/>A las 12:30 abordamos de nuevo el autob\u00fas que pasa a un costado de la aeropista y enfila hacia el sector 7, donde reiniciamos el trabajo. Cada vez que se terminan los surcos de una malla sombra, hay que entrar en la siguiente para continuar el trabajo.<\/p>\n<p>A las 5 de la tarde el mayordomo anuncia el fin de la jornada. Unos cojean, otros apenas se sostienen en pie.<\/p>\n<p>A la salida del campo uno \u2013que alberga unos 8 sectores con 120 mallas sombra que cubren una o dos hect\u00e1reas de extensi\u00f3n\u2013, hay una caseta de vigilancia con personal de seguridad privada del rancho Los Pinos. All\u00ed bajan a todos los jornaleros del cami\u00f3n para inspeccionar sus mochilas sin que est\u00e9n presentes. Nadie debe llevar pepinos o jitomates. De lo contrario es expulsado del campamento y despedido sin liquidaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Concluida la inspecci\u00f3n, subimos de nuevo al cami\u00f3n para regresar a El Vergel. En la cuarter\u00eda, que es como una unidad habitacional con casas alargadas que se dividen en 20 cuartos de 3 x 3 metros cuadrados, cada casa lleva el nombre de una fruta o verdura: Cebolla, Pepino, Tomate, Sand\u00eda, Mel\u00f3n, Zanahoria, Fresa&#8230;<\/p>\n<p>La poblaci\u00f3n tambi\u00e9n est\u00e1 divida. En el lado norte, que colinda con la colonia Santa Mar\u00eda Los Pinos, est\u00e1n las viviendas de los empacadores, que entre otros privilegios gozan de energ\u00eda el\u00e9ctrica en la noche. En el lado sur est\u00e1n las casas de los jornaleros y vigilantes, donde cortan la luz a las diez de la noche y la conectan de nuevo a las 4 de la ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>Santiago Silveira es el encargado general de las cuarter\u00edas y Jes\u00fas Silveira es el jefe de vigilantes. Bajo sus \u00f3rdenes est\u00e1n los camperos, que informan a sus superiores de todo lo que sucede en aquellos cuartos asfixiantes y vigilan que nadie se quede en casa durante el d\u00eda, a menos que pueda comprobar enfermedad con una receta m\u00e9dica. De lo contrario, ser\u00e1 expulsado de la casa.<\/p>\n<p>Los camperos tienen llaves de los cuartos y pueden entran a revisar las pertenencias de los trabajadores cuando estos se van al campo. Si encuentran libros, cuadernos de notas, propaganda pol\u00edtica o sospechan de alg\u00fan indicio de inconformidad, informan al jefe de vigilantes y \u00e9ste a su vez al encargado general.<\/p>\n<p>Las sanciones van desde la expulsi\u00f3n de la casa hasta la desaparici\u00f3n de las personas que provocan \u201cinestabilidad\u201d, me dijo Jes\u00fas, un oaxaque\u00f1o con quien compart\u00ed cuarto en la casa \u201cSand\u00eda\u201d.<\/p>\n<p>Esa noche, por agotamiento, la mayor\u00eda decidi\u00f3 no cocinar y comprar comida en el comedor de El Vergel. All\u00ed despacha Francisca Arce, esposa de Santiago Silveira, quien sirve en un solo plato todo el men\u00fa: huevo cocido, frijoles, salsa y cinco tortillas por 60 pesos. El bote de agua cuesta diez pesos.<\/p>\n<p><strong>El rumor de los colgados<\/strong><\/p>\n<p>En El Vergel hay cinco ba\u00f1os, con un bote de agua cada uno, para 40 personas. Est\u00e1n separados por un muro de un metro de altura y las puertas son de cart\u00f3n reciclado.<\/p>\n<p>Muy pocas veces hay personas ba\u00f1\u00e1ndose. Los espacios adaptados como \u201cregaderas\u201d son cuartitos divididos con pl\u00e1sticos y unos tambos con agua salada. Hay que soportar a pura piel el fr\u00edo que va de los 5 a 10 grados.<\/p>\n<p>En el cuarto, Chuy va a cocinar huevos con jam\u00f3n y una salsa de jitomate. Mientras su sart\u00e9n se calienta, no para en recomendaciones. \u201cAnda con mucho cuidado porque aqu\u00ed aparec\u00edan muertos. Antes, cuando apenas llegu\u00e9, supe de varios muertos, pero nadie sabe a d\u00f3nde se los llevaron. Era muy com\u00fan encontrar colgados en los cuartos\u201d, me dijo.<\/p>\n<p>Chuy no fue el \u00fanico que me cont\u00f3 la historia de los colgados. Varios que me dijeron lo mismo: \u201cAqu\u00ed hay que andar con cuidado porque de lo contrario pueden desaparecerte\u201d, \u201cNo toleran a los revoltosos; los desaparecen o los cuelgan en el campamento\u201d. Uno de ellos incluso asegur\u00f3 que \u00e9l vio colgado a un hombre que hab\u00eda querido demandar mejores salarios, en 1987, antes de que el presidente Ernesto Zedillo inaugurara El Vergel, en el lugar que ocupaba el campamento Las Pulgas.<\/p>\n<p>A las 5:30 salimos del dormitorio para ir a los camiones y decidimos seguir la pl\u00e1tica en la noche.<\/p>\n<p><strong>El miedo<\/strong><\/p>\n<p>Llegu\u00e9 diez minutos antes al lugar donde deb\u00edamos abordar el cami\u00f3n. All\u00ed me percat\u00e9 de que los empacadores iban m\u00e1s limpios que el resto y con buena ropa, a diferencia de quienes cortan pepino.<\/p>\n<p>En esta jornada nos toc\u00f3 repizca porque dos d\u00edas antes ya hab\u00edan cortado aqu\u00ed. Los jornaleros estaban molestos porque no iban a lograr sus 250 botes.<\/p>\n<p>Ese d\u00eda la seguridad se reforz\u00f3. Llegaron todos: el enganchador Manuel Solano, los choferes de tractores Balbino Mart\u00ednez y Tob\u00edas Ram\u00edrez, los revisadores Herminio Pacheco y Carlos Pacheco, y Fernando Guti\u00e9rrez.<\/p>\n<p>Durante toda la jornada, mayordomos y revisadores comprobaron que no hubiera un pepino tierno en las cubetas y que todas llegaran copeteadas.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de la comida, regresamos a la malla sombra de pepino para seguir con el corte, pero s\u00f3lo trabajamos dos horas porque se acabaron. Eso no signific\u00f3 que los jornaleros pudieran descansar. El mayordomo orden\u00f3 que todos subieran al cami\u00f3n y nos llevaron al sector 4. All\u00ed Jos\u00e9 Reyes orden\u00f3 que sac\u00e1ramos la basura de entre los surcos de jitomates.<\/p>\n<p>Seg\u00fan la regla de los surcos, despu\u00e9s de completar una jornada de 60 botes, los jornaleros pod\u00edan descansar. Casi todos hab\u00edan cortado entre 150 y 180 botes de pepino, pero nadie se opuso a la orden. Mientras recog\u00edamos la basura, los de Chilapa comenzaron a protestar en voz baja. \u201cEsto ya es un abuso\u201d, dijo uno. \u201cS\u00ed pues, pero no dijimos nada\u201d, ataj\u00f3 otro.<\/p>\n<p><strong>Las tiendas de raya<\/strong><\/p>\n<p>Chuy despert\u00f3 temprano para cocinar su lonche: diez tacos de tortillas de harina y huevo con frijol. Mientras acomodaba su almuerzo, habl\u00f3 de la siembra. \u201cLos pepinos se siembran bajo malla sombra para lograr la mayor calidad posible. No sientes el calor porque las mallas tienen poros, pero con el jitomate es distinto: te puedes asfixiar porque cubren los invernaderos con hule y no entra aire\u201d.<\/p>\n<p>Ese d\u00eda el cami\u00f3n 24 se dirigi\u00f3 al sector 11, conocido como Las Flores, donde nos asignaron el corte de jitomate. Aqu\u00ed el trabajador cumple su jornada con 50 botes. Al rebasar esa cantidad, le pagan un peso por cada bote extra de 20 kilos. En El Vergel, el kilo de jitomate se vende a 20 pesos y cada cinco minutos se llena un bote.<\/p>\n<p>Al mediod\u00eda los jornaleros dejan sus botes para comer. Alejandro accede a hablar y cuenta que Francisca Arce le vende almuerzo y comida por 370 pesos a la semana. En El Vergel los hombres solteros no tienen derecho a usar las estufas. Por eso, cuando llegan a las cuarter\u00edas, Santiago Silveira les ofrece, fiados, comida, refrescos, galletas, cigarros, frutas y verduras. As\u00ed adquieren la deuda m\u00e1s grande de su vida, a la que abonan cada semana, apenas cobran.<\/p>\n<p>Un d\u00eda, mientras hac\u00eda fila para pagar en la tienda \u201cDani\u201d que esta en Santa Mar\u00eda Los Pinos, una mujer ind\u00edgena le pregunt\u00f3 al cajero si pod\u00eda pagar con cheque. El hombre le dijo que s\u00ed, y de la caja sac\u00f3 un pu\u00f1ado de cartones.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfC\u00f3mo te llamas?<\/p>\n<p>\u2013Mar\u00eda \u2013contest\u00f3 la mujer.<\/p>\n<p>El empleador hizo su cuenta y le dijo: \u201cDebes mil pesos\u201d. Mar\u00eda sac\u00f3 de su bolso su cheque y trat\u00f3 de leer la cantidad. \u201c\u00bfCu\u00e1nto es?\u201d, pregunt\u00f3 ella. El muchacho, desesperado, le dijo: \u201c900 pesos, pero le falta para completar los mil\u201d.<\/p>\n<p>Mar\u00eda sac\u00f3 de su morral un billete de 100 pesos para finiquitar su deuda de esa semana.<\/p>\n<p>En Santa Mar\u00eda Los Pinos tambi\u00e9n est\u00e1 la tienda \u201cHeidi 1 y 2\u201d, propiedad del cu\u00f1ado de Jes\u00fas Silveira, jefe de vigilantes de Los Pinos. Para que los jornaleros compren all\u00ed, autoriza su salida de El Vergel.<\/p>\n<p>En estas tiendas un kilo de pl\u00e1tano cuesta 20 pesos, 18 un kilo de jitomate y 5 una pieza de huevo. En la tienda hay una lista de deudores escrita en un pedazo de cart\u00f3n.<\/p>\n<p>Alejandro termin\u00f3 de comer, guard\u00f3 sus cosas y sali\u00f3 del comedor. No quiso hablar m\u00e1s de deudas. Abordamos el autob\u00fas y el chofer arranc\u00f3 directo al invernadero.<\/p>\n<p><strong>Fumigados<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-15542\" src=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_124723-180x300.jpg\" alt=\"20150417_124723\" width=\"180\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_124723-180x300.jpg 180w, https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_124723-614x1024.jpg 614w, https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/07\/20150417_124723.jpg 1920w\" sizes=\"auto, (max-width: 180px) 100vw, 180px\" \/>Entramos al invernadero a la 1 de la tarde. Unos 20 minutos despu\u00e9s, sentimos un calor sofocante. A esa hora sopl\u00f3 del lado sur de Ensenada un viento fr\u00edo. El invernadero se llen\u00f3 de una especie de neblina y empez\u00f3 a caer una brisa que, en vez de refrescar, desat\u00f3 una ola de calor desesperante. Las mujeres comenzaron a gritar: \u201cQuiten eso porque nos ahogamos\u201d. Nadie hizo caso.<\/p>\n<p>La brisa dur\u00f3 5 minutos, pero despu\u00e9s todo fue m\u00e1s lento y dif\u00edcil. Por la humedad, los jitomates estaban lisos y se resbalaban de las manos.<\/p>\n<p>A los 15 minutos, la brisa volvi\u00f3, m\u00e1s intensa. Las ramas comenzaron a gotear. Las manos y la cara ard\u00edan. Los trabajadores se cubrieron con un paliacate o con el gorro de su sudadera. El l\u00edquido nos empap\u00f3 y tuvimos que guarecernos en una esquina del invernadero. Nos rasc\u00e1bamos los brazos o limpi\u00e1bamos nuestros ojos lloroso. Le pregunt\u00e9 a un compa\u00f1ero si estaban fumigando y no supo qu\u00e9 decirme.<\/p>\n<p>Una hora despu\u00e9s, dos hombres con mascarillas entraron al invernadero. Cada uno llevaba un aspersor y una varilla de 80 cent\u00edmetros, y comenzaron a fumigar. Nadie nos dijo qu\u00e9 deb\u00edamos hacer.<\/p>\n<p>Los mayordomos gritaban que agiliz\u00e1ramos el corte, pero nadie pod\u00eda trabajar. La mayor\u00eda tos\u00eda y gritaba: \u201cQuiten eso que nos va enfermar\u201d. La petici\u00f3n no tuvo eco.<\/p>\n<p>Ese d\u00eda no supe cu\u00e1ntos botes de jitomate cort\u00e9. A las 5 de la tarde salimos del invernadero y nos fuimos a la cuarter\u00eda. Al llegar, intent\u00e9 dormir, pero no pude. La comez\u00f3n en el cuerpo era insoportable.<\/p>\n<p>Javier, uno de mis compa\u00f1eros, se adelant\u00f3 a decirme: \u201cLos fumigaron, \u00bfverdad?\u201d<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed \u2013le contest\u00e9.<\/p>\n<p>A Javier lo conoc\u00ed un d\u00eda antes. Vino de la mixteca oaxaque\u00f1a hace 12 a\u00f1os y aqu\u00ed conoci\u00f3 a su esposa, en el campamento Las Pulgas. \u00c9l es mayordomo, su esposa es apuntadora y tienen cuatro ni\u00f1os.<\/p>\n<p>Me invit\u00f3 a conocer su casa, donde nacieron sus dos \u00faltimos hijos. En el cuartito hab\u00eda un frigobar, una mesita para picar ingredientes y una estufa de dos quemadores. Una l\u00e1mina divide la estufa de la litera donde duermen tres ni\u00f1os. De ah\u00ed cuelgan unos costales que fueron adaptados como closet. Hay una cajonera y una cama donde duermen \u00e9l y su esposa.<\/p>\n<p>All\u00ed platicamos casi dos horas. Quedamos para otro d\u00eda, pero no volvimos a coincidir. Solo me quedaba un d\u00eda en El Vergel.<\/p>\n<p><strong>La \u00faltima jornada<\/strong><\/p>\n<p>Es s\u00e1bado y Chuy me advierte: \u201cSi te pagan, no se te ocurra ir a tomar a La C\u00e1rdenas. Aqu\u00ed es muy peligroso los fines de semana. Pero si lo haces, avisa donde est\u00e1s para saber que andas bien\u201d.<\/p>\n<p>Me desped\u00ed de Chuy y le expres\u00e9 mi admiraci\u00f3n por \u00e9l y por su amigo con el que comparte cuarto desde hace 14 a\u00f1os. Ambos tienen familia: \u00e9l en Oaxaca, a donde ha regresado dos veces, y su amigo en la Costa Chica de Guerrero.<\/p>\n<p>Llegu\u00e9 a la plazoleta de El Vergel que est\u00e1 atr\u00e1s de la cancha profesional de b\u00e9isbol. Fue construida con recursos federales que recibi\u00f3 Antonio Rodr\u00edguez cuando fue diputado local por el PAN y luego secretario de Fomento Agrario en el gobierno del estado. All\u00ed esper\u00e9 para ir al campo de Las Flores.<\/p>\n<p>En tres horas acabamos con el corte. Jos\u00e9 Reyes orden\u00f3 que abord\u00e1ramos el cami\u00f3n y salimos con rumbo al campo 1, donde desbrozamos jitomates. Media hora despu\u00e9s lleg\u00f3 la paga.<\/p>\n<p>El clax\u00f3n de la camioneta alert\u00f3 a los compa\u00f1eros. Una mujer delgada baj\u00f3 del veh\u00edculo con la n\u00f3mina en la mano. Se llama Erika y fue llamando a cada uno por su nombre, mientras Reyes ayudaba con el coj\u00edn para humedecer el dedo con tinta y marcar la huella. Los jornaleros reciben su cheque. Unos ven su pagan con ojos relucientes y otros pierden la sonrisa.<\/p>\n<p>Cuando la contadora anuncia el nombre de un jornalero y \u00e9ste no responde, lo repite s\u00f3lo una vez. Si nadie se acerca, regresa el cheque a la oficina. Para cobrarlo, el trabajador tendr\u00e1 que esperar hasta el lunes, lo que significa perder un d\u00eda de trabajo, y si no sabe explicar bien la causa por el cual no cobr\u00f3 en los surcos, no le pagan.<\/p>\n<p>Ese d\u00eda ped\u00ed permiso para enviar mi sueldo a Guerrero. Ten\u00eda s\u00f3lo 249 pesos. En el desglose, el rancho Los Pinos explica que por una jornada de 10 horas gan\u00e9 70.10 pesos, m\u00e1s 11.68 pesos del s\u00e9ptimo d\u00eda y 3.36 pesos de aguinaldo que suman 85.14 pesos.<\/p>\n<p>Luego vienen las deducciones: 5.43 pesos por Impuesto Sobre el Producto de Trabajo (ISPT) y 2.79 pesos por cotizar en el IMSS.<\/p>\n<p>Es lo de menos. Aqu\u00ed nadie sabe que tiene seguro social y tampoco nadie firm\u00f3 un contrato laboral.<\/p>\n<p>Las siguientes organizaciones patrocinaron este informe original en espa\u00f1ol:<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-15695\" src=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/08\/logo-PeriodistasDP.png\" alt=\"logo-PeriodistasDP\" width=\"80\" height=\"109\" \/><br \/>\n<img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-15696\" src=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/08\/logo-IMDHD.jpg\" alt=\"logo-IMDHD\" width=\"109\" height=\"70\" \/><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-15697\" src=\"https:\/\/www.americas.org\/wp-content\/uploads\/2015\/08\/Reportaje.jpg\" alt=\"Reportaje\" width=\"103\" height=\"70\" \/><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A las 4 de la madrugada en El Vergel todo est\u00e1 oscuro y hace fr\u00edo. Formados en dos filas, hombres y mujeres enfundados en chamarras esperan su turno para entrar a los ba\u00f1os que, a la distancia, huelen a excremento. Otros se mojan la cara en los lavaderos para ahuyentar el sue\u00f1o. Todos se alistan para preparar el almuerzo y la comida que llevar\u00e1n al corte de pepinos y jitomates.<\/p>\n","protected":false},"author":396,"featured_media":15541,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"inline_featured_image":false,"footnotes":""},"categories":[4919],"tags":[5046],"coauthors":[],"class_list":["post-15693","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-migracion","tag-mexico-north-america"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15693","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/396"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=15693"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15693\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":15700,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/15693\/revisions\/15700"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/15541"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=15693"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=15693"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=15693"},{"taxonomy":"author","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/coauthors?post=15693"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}