{"id":1620,"date":"2009-01-21T19:59:42","date_gmt":"2009-01-21T19:59:42","guid":{"rendered":"http:\/\/cipamericas.org\/?p=1620"},"modified":"2009-02-18T14:35:02","modified_gmt":"2009-02-18T14:35:02","slug":"5807","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.americas.org\/es\/5807\/","title":{"rendered":"&iquest;Autonom&iacute;a o nuevas formas de dominaci&oacute;n?"},"content":{"rendered":"<p><b>A fines de 2008 se cumplieron diez a&ntilde;os del triunfo electoral de Hugo Ch&aacute;vez (6 de diciembre de 1998), que inaugur&oacute; un nuevo per&iacute;odo caracterizado por la emergencia de gobiernos progresistas y de izquierda en Am&eacute;rica del Sur. Su llegada al gobierno fue el resultado de un largo proceso de luchas de los de abajo, que desde el <i>Caracazo<\/i> de febrero de 1989&mdash;la primera gran insurrecci&oacute;n popular contra el neoliberalismo&mdash;hicieron entrar en crisis el sistema de partidos, sobre el que se hab&iacute;a apoyado la dominaci&oacute;n de las elites durante d&eacute;cadas. <\/b><\/p>\n<p>En los a&ntilde;os siguientes llegaron al gobierno siete presidentes que sintetizan los cambios en el escenario pol&iacute;tico-institucional hasta completar ocho de diez gobiernos en esa regi&oacute;n: Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil, N&eacute;stor y Cristina Kirchner en Argentina, Michelle Bachelet en Chile, Tabar&eacute; V&aacute;zquez en Uruguay, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Fernando Lugo en Paraguay. Estos gobiernos fueron posibles, en mayor o menor medida, por la resistencia de los movimientos al modelo neoliberal. <\/p>\n<p>En algunos casos, no obstante, este cambio en las alturas fue consecuencia de una larga acumulaci&oacute;n electoral (notablemente Brasil y Uruguay), mientras en otros pa&iacute;ses fue fruto de la acci&oacute;n de movimientos sociales que fueron capaces de destituir a los gobiernos y partidos neoliberales (Bolivia, Ecuador, Venezuela, en parte Argentina). A una d&eacute;cada del comienzo de este proceso es hora de hacer un breve balance de lo ocurrido: <\/p>\n<ol>\n<li>M&aacute;s all&aacute; de las diferencias entre estos procesos, tienen algo fundamental en com&uacute;n: la recuperaci&oacute;n de la centralidad del Estado, convertido en sujeto de los cambios. <\/li>\n<li>La marginaci&oacute;n de los movimientos que en la d&eacute;cada de 1990 y a comienzos de 2000 eran los protagonistas centrales de la resistencia al modelo neoliberal. <\/li>\n<li>La contradicci&oacute;n dominante pas&oacute; a ser entre los gobiernos y las derechas, un cambio que arrastr&oacute; a los movimientos hacia un torbellino estatista del que una porci&oacute;n fundamental a&uacute;n no se ha podido evadir. <\/li>\n<li>Existen algunas tendencias, a&uacute;n dispersas, que apuntan a la recuperaci&oacute;n de los movimientos sobre nuevas bases y en base a nuevos temas y formas de intervenci&oacute;n. <\/li>\n<\/ol>\n<p>El ocaso de la d&eacute;cada &quot;progresista&quot; como proceso de cambios sociales, pol&iacute;ticos y econ&oacute;micos impone al conjunto de los movimientos la necesidad de sacar cuentas, de hacer un balance de los beneficios y p&eacute;rdidas que represent&oacute; para el campo popular. <\/p>\n<h3>Los riesgos de la subordinaci&oacute;n <\/h3>\n<p>En una primera etapa, predomin&oacute; la subordinaci&oacute;n de los movimientos a los gobiernos o bien su desmovilizaci&oacute;n, divisi&oacute;n y fragmentaci&oacute;n de iniciativas. S&oacute;lo peque&ntilde;os n&uacute;cleos mantuvieron un enfrentamiento abierto, mientras la mayor parte oscil&oacute; entre la colaboraci&oacute;n a cambio de subsidios y otros beneficios materiales, sin desestimar los cargos en organismos e instituciones estatales. Otra buena parte de los colectivos se disolvieron. <\/p>\n<p>Por el contrario, en Chile, Per&uacute; y Colombia, los movimientos experimentan una importante actividad. En los tres pa&iacute;ses son los ind&iacute;genas los que han tomado la iniciativa. El pueblo mapuche se repone de los estragos de la ley antiterrorista heredada de Pinochet y reactivada por el &quot;socialista&quot; Ricardo Lagos (presidente entre 2000 y 2006), y junto a estudiantes secundarios y diversos sectores de trabajadores (miner&iacute;a y forestaci&oacute;n en particular) est&aacute;n produciendo una importante reactivaci&oacute;n de las luchas sociales. <\/p>\n<p>Las comunidades ind&iacute;genas afectadas por la miner&iacute;a de Per&uacute; han puesto en pie una nueva organizaci&oacute;n (Conacami) que resiste con vigor y un alto costo en vidas y presos la actividad minera genocida, que asesina contaminando aguas y haciendo irrespirable el aire para engordar las ganancias de las multinacionales. Conacami es una organizaci&oacute;n de base comunitaria e ind&iacute;gena quechua, que sigue resistiendo el TLC con Estados Unidos y la pol&iacute;tica neoliberal de Alan Garc&iacute;a. <\/p>\n<p>En Colombia la larga lucha del pueblo nasa nucleado en la ACIN y el CRIC, ha fructificado doblemente. La amplia movilizaci&oacute;n social llamada Minga (trabajo colectivo), en la que confluyeron decenas de pueblos ind&iacute;genas, lanzada en octubre en el Cauca, quebr&oacute; el cerco militar y la militarizaci&oacute;n de la sociedad que manten&iacute;a paralizados a los pueblos. Junto a los indios se lanzaron a la lucha los cortadores de ca&ntilde;a, afrocolombianos en su inmensa mayor&iacute;a, trabajadores de servicios y organizaciones barriales y de derechos humanos. <\/p>\n<p>El ejemplo de estos movimientos, nacidos y crecidos en la adversidad, puede ser un buen punto de inspiraci&oacute;n para los dem&aacute;s movimientos del continente. La larga huelga de hambre de Patricia Troncoso, entre noviembre de 2007 y enero de 2008, y la Minga ind&iacute;gena colombiana comparten una potente vocaci&oacute;n de atravesar el aislamiento y el genocidio &quot;blando&quot; planificado para hacerlos desaparecer del mapa, para silenciar su existencia como pueblos. <\/p>\n<p>En otros pa&iacute;ses la situaci&oacute;n de los movimientos es bien compleja. Quiz&aacute; el caso m&aacute;s emblem&aacute;tico sea el de Argentina. La mayor parte del movimiento piquetero fue cooptado por el Estado a trav&eacute;s de los planes sociales y la designaci&oacute;n de dirigentes en cargos de gobierno. El movimiento de derechos humanos, y muy en particular la Asociaci&oacute;n Madres de Plaza de Mayo, que hab&iacute;a jugado un papel destacado en la resistencia al neoliberalismo en la d&eacute;cada de 1990, se convirti&oacute; al oficialismo y pas&oacute; a defender sin fisuras las pol&iacute;ticas gubernamentales. Una parte de las asambleas barriales desaparecieron. <\/p>\n<p>Sin embargo, no todo es retroceso. En los &uacute;ltimos cinco a&ntilde;os han surgido infinidad de colectivos, muchos de ellos vinculados a temas ambientales como la miner&iacute;a a cielo abierto, la forestaci&oacute;n y los monocultivos de soja. As&iacute; nacieron unas cien asambleas locales (algunas muy peque&ntilde;as, pero muy activas) coordinadas en la Uni&oacute;n de Asambleas Ciudadanas (UAC), que se ha convertido en uno de los actores m&aacute;s activos en resistencia contra la miner&iacute;a multinacional. <\/p>\n<p>Los campesinos y peque&ntilde;os agricultores formaron el Frente Nacional Campesino, integrado por unas 200 organizaciones rurales que representan a la agricultura familiar y comunitaria frente al impetuoso avance de la soya. Esta articulaci&oacute;n agrupa movimientos de larga data (como el MOCASE de Santiago del Estero), junto a nuevas organizaciones de peque&ntilde;os productores, incluyendo un pu&ntilde;ado de colectivos de las periferias urbanas. <\/p>\n<p>En Brasil los movimientos no consiguen salir de una larga etapa defensiva, agudizada bajo el gobierno de Lula. En Uruguay, pese al fortalecimiento del movimiento sindical, en gran medida por la protecci&oacute;n estatal a la actividad de sus dirigentes, los movimientos est&aacute;n lejos de ser un actor antisist&eacute;mico y la organizaci&oacute;n de los pobres urbanos a&uacute;n es muy local y fragmentaria. Los planes sociales son en gran medida responsables de la actual debilidad de los movimientos. <\/p>\n<p>En Bolivia la situaci&oacute;n es bien diferente. Los movimientos no han sido derrotados y mantienen una importante capacidad de movilizaci&oacute;n y de presi&oacute;n sobre el gobierno y las derechas. La crisis de septiembre fue resuelta a favor de los sectores populares gracias a la intensa actividad de los movimientos, entre las que destaca el cerco a Santa Cruz y la resistencia del Plan 3000, la periferia pobre e india en la ciudad olig&aacute;rquica mestiza. <\/p>\n<p>Como apunta Raquel Guti&eacute;rrez, en la actitud de los movimientos bolivianos en esta coyuntura &quot;se nota un nuevo margen de autonom&iacute;a pol&iacute;tica recuperada ante las decisiones gubernamentales&quot;, toda vez que han comprendido que el gobierno ser&aacute; incapaz de detener a la oligaraqu&iacute;a, &quot;pero no est&aacute;n, al menos tendencialmente dispuestos a subordinarse a que ese gobierno les garantice lo que anhelan&quot;. <\/p>\n<p>Junto a la presi&oacute;n de los movimientos aparece la l&oacute;gica estatista, que se asienta en las profusas burocracias estatales (militares, judiciales, legislativas, ministeriales, municipales). Esas burocracias son reacias a los cambios. Pero a ese factor conservador se suman los nuevos aparatos pol&iacute;ticos integrados por una amplia camada de funcionarios electos (diputados, senadores, concejales, alcaldes) y no electos (ministros y cientos de asesores), cuya mayor ambici&oacute;n es perpetuarse en esos cargos. <\/p>\n<h3>Las nuevas formas de dominaci&oacute;n <\/h3>\n<p>No parece posible superar la dependencia y la subordinaci&oacute;n de los movimientos hacia los estados, sin comprender que los nuevos gobiernos de &quot;izquierda&quot; y &quot;progresistas&quot; pusieron en pie nuevas formas de dominaci&oacute;n, entre las cuales los planes sociales destinados a &quot;integrar&quot; a los pobres juegan un papel destacado en el dise&ntilde;o de nuevos modos de control social a cielo abierto. <\/p>\n<p>Hace pocos d&iacute;as tuve la siguiente conversaci&oacute;n con un alto cargo del Ministerio de Desarrollo Social de Uruguay: <\/p>\n<ul>\n<li>Nosotros entendemos las pol&iacute;ticas sociales como pol&iacute;ticas emancipadoras y no para disciplinar a los pobres. <\/li>\n<li><i>&iquest;Esa es su opini&oacute;n personal o incluye tambi&eacute;n al ministerio? <\/i><\/li>\n<li>Es patrimonio del gobierno nacional no s&oacute;lo del Ministerio de Desarrollo Social y de mi persona. El gobierno nacional no vino ac&aacute; para aplacar a los sectores sociales m&aacute;s pobres, vino para generar oportunidades de integraci&oacute;n y de emancipaci&oacute;n. <\/li>\n<\/ul>\n<p>Semejante discurso, sin duda honesto, cuestiona de hecho el papel de los movimientos toda vez que el Estado asume sus discursos y hasta sus propias pr&aacute;cticas. Al respecto, aparecen tres cuestiones centrales: <\/p>\n<p>1) <i>El fin de la vieja derecha.<\/i> Los nuevos gobiernos nacidos de la crisis de la primera etapa neoliberal, el per&iacute;odo privatizador y desregulador, no pueden asentarse sino destruyendo las bases de la dominaci&oacute;n tradicional de las derechas elitistas. Estas hab&iacute;an tejido amplias redes clientelares en base a caudillos locales, con las que manten&iacute;an sometidos a los m&aacute;s pobres gracias a su mediaci&oacute;n con las instituciones estatales y el control del sistema electoral. <\/p>\n<p>Los movimientos nacieron en combate contra esas elites. El caso piquetero es sintom&aacute;tico: fue la lucha para controlar directamente los subsidios, arrebat&aacute;ndole el control a la red de caudillos locales, lo que le dio sentido y potencia al movimiento. La oleada de movilizaciones que modific&oacute; el mapa pol&iacute;tico regional confront&oacute; directamente con esas derechas. <\/p>\n<p>Los nuevos gobiernos tienden, con mayor o menor &eacute;xito, a desplazar a estas redes clientelares para colocar en su lugar a las burocracias estatales. Tal vez esta sea la principal acci&oacute;n &quot;progresista&quot; de los nuevos gobiernos. Para el desmonte de esas redes de las viejas elites, los estados apelan al mismo lenguaje y a los mismos c&oacute;digos y modos que los sectores populares organizados en movimientos. <\/p>\n<p>2) <i>Las nuevas formas de control.<\/i> La crisis de la disciplina como forma de modelar los cuerpos en espacios cerrados, fue una de las caracter&iacute;sticas m&aacute;s destacadas de la &quot;revoluci&oacute;n del 68&quot;. El desborde de las jerarqu&iacute;as patriarcales, la neutralizaci&oacute;n del orden en el taller, la escuela, el hospital y el cuartel, forzaron al capital y a los estados a crear nuevas formas de control a cielo abierto, poniendo en el centro de su problem&aacute;tica la cuesti&oacute;n de la poblaci&oacute;n y la seguridad. <\/p>\n<p>Los planes sociales implementados directamente por el Estado pero ejecutados por una camada de funcionarios de ONGs, son la forma como las nuevas formas de dominaci&oacute;n ingresan en los territorios y espacios opacos para la disciplina. En esos sitios el Estado se vuelve capilar, llega a las barriadas que se hab&iacute;an convertido en bastiones de las revueltas para trabajar en relaci&oacute;n de interioridad, o sea, trabaja con los mismos sectores que se hab&iacute;an organizado en movimientos &#8230; pero para desorganizarlos. <\/p>\n<p>Su presencia ya no reviste la forma grotesca del bast&oacute;n policial (que nunca desaparece) sino la m&aacute;s sutil del &quot;desarrollo social para la integraci&oacute;n y la ciudadan&iacute;a&quot;. Para eso, las ONGs ponen al servicio del Estado los saberes acumulados durante d&eacute;cadas de &quot;cooperaci&oacute;n&quot;, construidos a menudo en base a las pr&aacute;cticas &quot;participativas&quot; que caracterizaron a la educaci&oacute;n popular. <\/p>\n<p>Tenemos as&iacute; una nueva legi&oacute;n de funcionarios y funcionarias j&oacute;venes, que ya no esperan a los ni&ntilde;os en las escuelas, a los pacientes en los hospitales, sino que van directamente a los territorios de la pobreza y la rebeld&iacute;a. Tienen algo que les facilita la tarea: conocen los modos de los sectores populares desde adentro, porque una buena parte de esos funcionarios y funcionarias han participado con ellos en la resistencia al modelo. O sea, han sido militantes o, por lo menos, han estado estrechamente vinculados al activismo social. <\/p>\n<p>Podemos decir, con el soci&oacute;logo brasile&ntilde;o Francisco de Oliveira, que los planes sociales son instrumentos de control en base a un dispositivo biopol&iacute;tico por el cual el Estado clasifica a las personas en base a sus carencias y &quot;restaura una especie de clientelismo&quot; (digamos cient&iacute;fico-estatal); con lo que la pol&iacute;tica termina por convertirse en algo irrelevante. <\/p>\n<p>Es cierto que los planes sociales alivian la pobreza, pero no modifican la distribuci&oacute;n de la renta, ni evitan la creciente concentraci&oacute;n de ingresos, ni transforman los aspectos centrales del modelo. Pero al afectar la capacidad de organizaci&oacute;n de los movimientos, bloquean su crecimiento y de ese modo son funcionales a la guerra neoliberal por la conversi&oacute;n de la vida en mercanc&iacute;a. Llama la atenci&oacute;n que la casi totalidad de los intelectuales de izquierda consideren a los planes sociales como un logro del progresismo. <\/p>\n<p>3) <i>Una ofensiva contra la autonom&iacute;a.<\/i> Los estados ahora adoptan el lenguaje de los movimientos, incluso dicen fomentar &quot;la autonom&iacute;a cr&iacute;tica&quot; de los sectores que reciben planes sociales. Crean formas de coordinaci&oacute;n para que los movimientos participen en el dise&ntilde;o de estos planes y los involucran en la aplicaci&oacute;n de pol&iacute;ticas locales (nunca generales, o sea aquellas que puedan cuestionar el modelo). <\/p>\n<p>Los movimientos son inducidos a realizar un &quot;diagn&oacute;stico participativo&quot; del barrio o del pueblo; incluso les encargan la ejecuci&oacute;n del trabajo asistencial local, para lo que se inserten en la pol&iacute;tica del &quot;fortalecimiento organizativo&quot; dise&ntilde;ada pro el Banco Mundial, que supone elegir qu&eacute; organizaci&oacute;n de base est&aacute; apta para colaborar con el ministerio correspondiente. <\/p>\n<p>Todo esto busca &quot;crear Estado&quot; en las pr&aacute;cticas cotidianas de los sectores populares, justo all&iacute; donde hab&iacute;an aprendido a &quot;crear movimiento&quot;. Los planes sociales se dirigen al coraz&oacute;n de los territorios que generaron las revueltas. Buscan neutralizar o modificar las redes y las formas de solidaridad, reciprocidad y ayuda mutua creadas por los de abajo para sobrevivir al modelo. Una vez desaparecidos los v&iacute;nculos y saberes que les aseguran autonom&iacute;a, pueden ser controlados con mayor facilidad. <\/p>\n<p>Nada de esto debe atribuirse a una supuesta maldad de los nuevos gobiernos progresistas. Cada vez que los de abajo desbordan las formas de dominaci&oacute;n, aparecen necesariamente otras nuevas, m&aacute;s perfeccionadas que las anteriores. S&oacute;lo neutralizando estos planes sociales, superando esta ofensiva contra la autonom&iacute;a del abajo, los movimientos pueden volver a ponerse de pie y reemprender los caminos de la emancipaci&oacute;n. <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>A fines de 2008 se cumplieron diez a&ntilde;os del triunfo electoral de Hugo Ch&aacute;vez (6 de diciembre de 1998), que inaugur&oacute; un nuevo per&iacute;odo caracterizado por la emergencia de gobiernos progresistas y de izquierda en Am&eacute;rica del Sur. 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