{"id":883,"date":"2005-09-30T13:47:19","date_gmt":"2005-09-30T13:47:19","guid":{"rendered":"http:\/\/cipamericas.org\/?p=883"},"modified":"2006-02-22T11:12:35","modified_gmt":"2006-02-22T11:12:35","slug":"958","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.americas.org\/es\/958\/","title":{"rendered":"Militarismo y movimiento social"},"content":{"rendered":"<p> &ldquo;La mitad del pa&iacute;s est&aacute; en manos de los <i>paras<\/i>&rdquo;, sentencia Paula a la luz de la vela de un bar en La Candelaria, el c&eacute;ntrico casco antiguo de Bogot&aacute; declarado Patrimonio de la Humanidad. &ldquo;All&iacute; donde establecen su dominio, imponen reglas de convivencia estrictas y vigilan las costumbres: el corte de pelo de los j&oacute;venes, la hora de cierre de bares y discotecas, y sobre todo controlan y acosan a las mujeres&rdquo;. Paula trabaja en una ONG ambientalista y no puede ocultar su angustia ante un pa&iacute;s que, como sienten tantos colombianos, se le escapa de las manos. Daniel, profesor universitario, m&aacute;s calmo, a&ntilde;ade: &ldquo;Aqu&iacute; hubo una guerra y la ganaron los paramilitares, que no son s&oacute;lo auxiliares del Estado, sino que encarnan un proyecto de sociedad que supone hacer tabla rasa con las conquistas y avances sociales de m&aacute;s de un siglo&rdquo;. <\/p>\n<p> Ambas afirmaciones parecen, en primera instancia, exageradas. El viernes por la noche, La Candelaria est&aacute; repleta de j&oacute;venes estudiantes de las muchas universidades privadas que abundan en esa zona, que recalan en la gran cantidad de tabernas que salpican ese hermoso barrio de calles estrechas empedradas y viejas casonas coloniales. La noche transcurre en calma y nada hace suponer que se vive en un pa&iacute;s en guerra y, seg&uacute;n mis anfitriones, militarizado. Al salir del bar, se ven patrullas de uniformados ingresando a los establecimientos nocturnos, pidiendo documentos o simplemente observando a los parroquianos. Ya en el hotel, enciendo el televisor y aparece un programa de las fuerzas armadas colombianas, donde hermosas j&oacute;venes explican las virtudes del trabajo social de los uniformados. <\/p>\n<p> Con los d&iacute;as desaparecen las dudas. Bogot&aacute; es una ciudad erizada de uniformes verde olivo. La presencia militar es parte ineludible de la vida cotidiana. En la entrada principal de la Universidad Nacional, por ejemplo, varias tanquetas recuerdan a los estudiantes que en cualquier momento los soldados pueden ingresar a restaurar el &ldquo;orden&rdquo;. La vigilancia se torna control sistem&aacute;tico en todos los poros de la vida social. Y con ella, el miedo, convertido, seg&uacute;n todos los informes e informantes, en una verdadera forma de vida que supone no relajar nunca la vigilancia. <\/p>\n<p> Si la presencia militar es asfixiante en la gran ciudad, en las zonas rurales es a&uacute;n mucho mayor y, sobre todo, m&aacute;s indiscriminada. La violencia y la guerra en Colombia tienen un eje central: la tierra. El control territorial es la raz&oacute;n de ser de un conflicto que se prolonga ya medio siglo, desde que en 1948 fue asesinado el l&iacute;der liberal Jorge Eli&eacute;cer Gait&aacute;n, caudillo popular detestado por la oligarqu&iacute;a colombiana, una de las m&aacute;s intransigentes del mundo. Con el tiempo y los cambios globales, la lucha por la tierra -como medio de producci&oacute;n- est&aacute; siendo sustituida por la defensa del territorio&#8211;como espacio que alberga identidades, historias de pueblos y riquezas naturales. Con un a&ntilde;adido: Colombia se ha convertido en una pieza esencial en el ajedrez geopol&iacute;tico regional, por su doble salida al Pac&iacute;fico y al Caribe, su cercan&iacute;a con Panam&aacute; y las rutas mar&iacute;timas m&aacute;s importantes del globo, y por tener una extensa frontera con Venezuela, el pa&iacute;s que est&aacute; en la mira de la Casa Blanca. <\/p>\n<p>&nbsp; <\/p>\n<h3> <font face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\">Ganar la guerra <\/font><\/h3>\n<p> &Aacute;lvaro Uribe fue elegido como el presidente de la guerra. Medio siglo de violencias civiles (desde el Bogotazo de 1948, insurrecci&oacute;n popular espont&aacute;nea ante el asesinato de Gait&aacute;n) y veinte a&ntilde;os de procesos de paz fracasados generaron hondo escepticismo en una poblaci&oacute;n cansada tanto de los pol&iacute;ticos y sus promesas electorales como de los grupos armados de cualquier signo. <\/p>\n<p> La guerra destruye el tejido social del pa&iacute;s: casi tres millones de desplazados, 8 mil homicidios anuales por razones pol&iacute;tico-sociales, 3.500 secuestros por a&ntilde;o y cientos de desapariciones forzadas, son el resultado tr&aacute;gico de un conflicto que parece no tener fin. En paralelo, Colombia ostenta una de las m&aacute;s elevadas tasas de criminalidad en el mundo, con unos 27 mil homicidios al a&ntilde;o<a href=\"#_ftn1\" name=\"_ftnref1\">1<\/a>. El Estado parece incapaz de ofrecer seguridad y justicia en una situaci&oacute;n de creciente deterioro de las instituciones. Este panorama explica las razones por la cu&aacute;les la poblaci&oacute;n siente temor y apost&oacute; por la seguridad, eligiendo en 2002 a &Aacute;lvaro Uribe, promovido por los sectores paramilitares, con un discurso de mano dura para acabar con la guerra. La degradaci&oacute;n de la situaci&oacute;n viene de lejos. En 1978 el entonces presidente Turbay Ayala (1978-1982) promulg&oacute; el Estatuto de Seguridad, que otorga a las fuerzas armadas funciones judiciales, lo que abri&oacute; las puertas a la violaci&oacute;n sistem&aacute;tica de los derechos humanos. La Constituci&oacute;n de 1991 elimin&oacute; el estado de sitio, con el que hab&iacute;a sido gobernado el pa&iacute;s durante un siglo, pero instal&oacute; el Estado de Conmoci&oacute;n. <\/p>\n<p> Colombia vive en la disyuntiva permanente de construir un orden democr&aacute;tico o un orden autoritario, que la multiplicidad de violencias y la elecci&oacute;n de Uribe inclinan, por ahora, hacia la segunda opci&oacute;n. Para empeorar el panorama, el modelo neoliberal, generador de exclusi&oacute;n y marginaci&oacute;n social, y las pol&iacute;ticas del gobierno de George W. Bush, entre ellas el Plan Colombia, no hacen m&aacute;s que fortalecer el autoritarismo. La actual administraci&oacute;n decidi&oacute; recortar los gastos sociales para financiar la guerra. Las medidas adoptadas por Uribe muestran de forma n&iacute;tida esta orientaci&oacute;n: creaci&oacute;n de una red de informantes civiles de hasta un mill&oacute;n de personas para apoyar a las fuerzas armadas, con frentes de seguridad en los barrios y el comercio; vincular a esa red a taxistas y transportistas para asegurar la seguridad en calles y carreteras; establecimiento del D&iacute;a de la Recompensa, que paga a los ciudadanos que en la semana anterior hayan ayudado a las fuerzas p&uacute;blicas a evitar un acto terrorista y capturar al responsable. Adem&aacute;s, se aument&oacute; el personal de las fuerzas armadas en 30 mil efectivos y el de la Polic&iacute;a en 10 mil, y se crearon 120 mil &ldquo;soldados campesinos&rdquo;. Se crearon las Zonas de Rehabilitaci&oacute;n y Consolidaci&oacute;n, bajo direcci&oacute;n militar, en las que los derechos ciudadanos, como los de reuni&oacute;n y movilizaci&oacute;n, quedan restringidos. <\/p>\n<p> A la vez que promueve la &ldquo;desinstitucionalizaci&oacute;n del aparato p&uacute;blico&rdquo;, generando situaciones de &ldquo;informalidad jur&iacute;dica&rdquo; que propician la discrecionalidad en el uso de la fuerza, el modelo alienta la reorganizaci&oacute;n de la sociedad tomando como modelo al ej&eacute;rcito. La analista Mar&iacute;a Teresa Uribe sostiene que se apuesta al modelo del &ldquo;ciudadano soldado&rdquo;, que pretende &ldquo;modelar la sociedad bajo los par&aacute;metros de la milicia y convertir al ciudadano en un combatiente con compromisos y obligaciones en los escenarios b&eacute;licos&rdquo;. Con ello, se estar&iacute;a marchando hacia una &ldquo;sociedad vigilada&rdquo;, en la que &ldquo;las confianzas entre vecinos, las viejas lealtades solidarias y las tramas de sociabilidad se fracturan, se disuelven, se atomizan, y en este contexto de sospechas mutuas declinan las acciones colectivas, la deliberaci&oacute;n p&uacute;blica, la organizaci&oacute;n social, y termina imperando el silencio y el retraimiento de los individuos hacia la esfera privada y dom&eacute;stica&rdquo; <a href=\"#_ftn2\" name=\"_ftnref2\">2<\/a>. <\/p>\n<p>&nbsp; <\/p>\n<h3> <font face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\">Guerrilla, paramilitares y narcotr&aacute;fico <\/font><\/h3>\n<p> La anterior descripci&oacute;n, con ser acertada, no agota la problem&aacute;tica. La guerra sucede en escenarios determinados por geograf&iacute;as e historias particulares, que no admiten abstracciones ni generalizaciones. Colombia est&aacute; asentada en una geograf&iacute;a fragmentada: el territorio aparece dividido por los tres ramales de la cordillera andina, atravesada por selvas y monta&ntilde;as, bosques de nieblas permanentes, valles profundos y regiones inaccesibles. El Estado colombiano&#8211;que fue integrando desde la Colonia de forma gradual territorios, poblaciones y grupos sociales- nunca consigui&oacute; asentarse en toda esta geograf&iacute;a. Sobre todo, nunca fue un Estado moderno, y se muestra tributario del principal problema econ&oacute;mico y social del pa&iacute;s: la concentraci&oacute;n de la tierra, que gener&oacute; un problema agrario que nunca fue resuelto. En suma, en Colombia nunca hubo un verdadero Estado, ni algo que se pareciera a una reforma agraria o redistribuci&oacute;n de la tierra, lo que la diferencia de buena parte de los pa&iacute;ses sudamericanos. <\/p>\n<p> El enorme poder de las elites nacionales y regionales, tejido sobre la base de la estratificaci&oacute;n social y la marginaci&oacute;n de las mayor&iacute;as campesinas, produjo dos hechos complementarios: la fragmentaci&oacute;n de la presencia estatal y la debilidad de los mecanismos de regulaci&oacute;n social y, en contrapartida, un amplio movimiento de colonizaci&oacute;n permanente, por la expulsi&oacute;n del &ldquo;excedente&rdquo; de poblaci&oacute;n campesina hacia los m&aacute;rgenes de la frontera agr&iacute;cola y, m&aacute;s recientemente, hacia la periferia de las grandes ciudades. &ldquo;En esas zonas la organizaci&oacute;n de la convivencia social queda abandonada al libre juego de las personas y grupos sociales, por la ausencia de regulaci&oacute;n del Estado y la poca relaci&oacute;n con la sociedad nacional&rdquo;<a href=\"#_ftn3\" name=\"_ftnref3\">3<\/a>. <\/p>\n<p> En esos territorios naci&oacute; la guerrilla, que no es sino la continuaci&oacute;n&#8211;ampliada y sistematizada, por cierto- de una dualidad de poderes heredada de la colonia: los territorios aislados se fueron poblando de grupos marginales, mestizos reacios al control de los curas, blancos sin tierra, negros y mulatos cimarrones o fugados de la minas. Regiones que son la perfecta contracara de las ciudades elitistas, gobernadas como feudos por los grupos dominantes. Daniel P&eacute;caut, uno de los m&aacute;s profundos conocedores de Colombia, sostiene que el Estado conserva rasgos propios de los Estados decimon&oacute;nicos, de corte olig&aacute;rquico y excluyente. As&iacute; es, por otro lado, la cultura de las elites colombianas. <\/p>\n<p> Las FARC, creadas en 1966, surgieron de grupos campesinos armados para defender a las comunidades liberales, surgidas durante la Violencia<a href=\"#_ftn4\" name=\"_ftnref4\">4<\/a>. M&aacute;s que continuidades ideol&oacute;gicas, casi imposibles, deben buscarse las continuidades territoriales. La guerrilla nace y se consolida en las zonas de colonizaci&oacute;n, donde los campesinos necesitaban protegerse del Estado y los hacendados, y donde la geograf&iacute;a ofrec&iacute;a refugios casi inexpugnables. Posteriormente, los cambios culturales de los sesenta, la criminalizaci&oacute;n de la protesta campesina, el nacimiento de poderosos movimientos urbanos (obreros y estudiantiles) y la radicalizaci&oacute;n de las clases medias, contribuyeron al nacimiento de otros grupos guerrilleros (ELN, EPL y M-19). Actualmente las FARC cuentan con unos 20 mil combatientes, en tanto el ELN tendr&iacute;a unos 4 mil. Los otros grupos se desarmaron a lo largo de los a&ntilde;os 90. <\/p>\n<p> Los grupos paramilitares (entre 10 y 20 mil miembros) nacieron de los grupos civiles de &ldquo;autodefensa&rdquo;, creados legalmente por el ej&eacute;rcito a fines de los a&ntilde;os 60 para que les sirvieran de auxiliares en las operaciones de contrainsurgencia. Amnist&iacute;a Internacional y Americas Watch han documentado profusamente la estrecha relaci&oacute;n entre los paramilitares y las fuerzas de seguridad del Estado, lo mismo que las Naciones Unidas y la OEA. A los paramilitares se les atribuye la inmensa mayor&iacute;a de las violaciones de los derechos humanos en Colombia, y se han caracterizado por imponer el terror en las zonas que controlan. <\/p>\n<p> Pero no quedan ah&iacute; las cosas. Los paramilitares est&aacute;n estrechamente ligados a los grandes terratenientes (que son su &ldquo;cuna social&rdquo;) y al narcotr&aacute;fico, sectores cuyos l&iacute;mites son tambi&eacute;n difusos. Si bien el ej&eacute;rcito entregaba armas a las &ldquo;autodefensas&rdquo;, quienes las organizaron fueron terratenientes cafeteros y ganaderos, que optaron por enfrentar a las FARC en su mismo terreno, armando partidas de campesinos adictos. Pero sus objetivos no son s&oacute;lo los guerrilleros, sino tambi&eacute;n l&iacute;deres sindicales, profesores, periodistas, defensores de los derechos humanos y pol&iacute;ticos de izquierda. Con los a&ntilde;os, el crecimiento del narcotr&aacute;fico modific&oacute; esta situaci&oacute;n. El informe de Americas Watch de 1990 se&ntilde;ala: &ldquo;Los narcotraficantes se han convertido en grandes terratenientes y, como tales, han comenzado a compartir la pol&iacute;tica de derecha de los terratenientes tradicionales y a dirigir algunos de los m&aacute;s notorios grupos paramilitares&rdquo;<a href=\"#_ftn5\" name=\"_ftnref5\">5<\/a>. <\/p>\n<p>Los diversos &ldquo;ej&eacute;rcitos privados&rdquo; terminaron por fusionarse en las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), a lo largo de los a&ntilde;os 90. Al poder&iacute;o econ&oacute;mico y militar, desde 2002 suman porciones destacadas de poder pol&iacute;tico, al haber contribuido a elegir a un presidente que, como &Aacute;lvaro Uribe, es considerado su amigo leal, adem&aacute;s de contar con numerosos legisladores que los respaldan. El 15 de julio de 2003 el gobierno y las AUC firmaron un acuerdo para la desmovilizaci&oacute;n, pero aunque hace dos a&ntilde;os anunciaron un cese al fuego, en 2004 fueron responsables de la muerte o desaparici&oacute;n de 1,300 personas, m&aacute;s del 70% de todos los homicidios del pa&iacute;s por motivos pol&iacute;ticos no relacionados con los combates<a href=\"#_ftn6\" name=\"_ftnref6\">6<\/a>. Actualmente se suceden rondas de negociaciones en Santa F&eacute; de Ralito. Mientras el gobierno dice defender la desmovilizaci&oacute;n de las AUC y su sometimiento a la justicia, los paramilitares rechazan esa posibilidad. Una de las mayores dificultades estriba en que buena parte de los l&iacute;deres paramilitares pueden ser extraditados a Estados Unidos, donde ser&iacute;an juzgados por narcotr&aacute;fico.<\/p>\n<p>&nbsp; <\/p>\n<h3> <font face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\">Las tres fases del Plan Colombia <\/font><\/h3>\n<p> El Plan Colombia es funcional a la militarizaci&oacute;n del pa&iacute;s, pero tambi&eacute;n, y de forma destacada, a la consolidaci&oacute;n del paramilitarismo como alternativa social y pol&iacute;tica. Algunos analistas, basados en declaraciones de los propios jefes paramilitares, distinguen tres fases en su proceso de consolidaci&oacute;n y expansi&oacute;n. La experiencia en el Magdalena Medio, una de las zonas estrat&eacute;gicas del pa&iacute;s donde la ultraderecha consigui&oacute; desplazar enclaves de la guerrilla y del movimiento sindical (como lo era la ciudad de Barrancabermeja, ciudad petrolera), es un referente ineludible. <\/p>\n<p> En la primera fase se trata de &ldquo;liberar&rdquo; mediante la guerra o el terror, &ldquo;amplias zonas de la subversi&oacute;n y de sus bases populares de apoyo imponiendo el proceso de concentraci&oacute;n de la tierra, la modernizaci&oacute;n vial, de servicios y de infraestructura, el desarrollo del capitalismo ganadero y la nueva estructura jer&aacute;rquica y autoritaria en la organizaci&oacute;n social y pol&iacute;tica de la regi&oacute;n&rdquo;. En la segunda fase se trata de &ldquo;llevar riqueza a la regi&oacute;n&rdquo;, a trav&eacute;s de la generaci&oacute;n de empleo, entrega de tierras, proyectos productivos de diverso tipo y asistencia t&eacute;cnica y crediticia. Pero falta agregar un detalle: &ldquo;Los nuevos pobladores que ocupan las antiguas zonas liberadas no son aquellos que fueron desplazados con violencia (pobres excluidos), es una nueva poblaci&oacute;n (pobres marginados tra&iacute;dos de otras regiones), leales al &lsquo;patroncito&rsquo; que r&aacute;pidamente se organizan, conforman sus grupos de base, esto es, la autodefensa paramilitar&rdquo;. La tercera fase es de consolidaci&oacute;n, cuando est&aacute;n dadas las condiciones para la expansi&oacute;n del capitalismo multinacional y el Estado modernizante<a href=\"#_ftn7\" name=\"_ftnref7\">7<\/a>. <\/p>\n<p> Los objetivos del Plan Colombia est&aacute;n presentes en cada una de las tres etapas: aunque el 80 por ciento de los recursos aparecen dedicados a la guerra y al fortalecimiento de los aparatos militares, existen importantes partidas dedicadas a planes de mejoras de infraestructura, salud, educaci&oacute;n y desarrollo alternativo (ver Plan Colombia). En este sentido es importante concebir al Plan Colombia como un proyecto integral y de larga duraci&oacute;n para &ldquo;abrir&rdquo; toda una regi&oacute;n al control de las multinacionales y de los Estados Unidos. Por este motivo, suele apuntarse que el Plan Colombia es una suerte de &ldquo;preparaci&oacute;n del terreno&rdquo; para la imposici&oacute;n del ALCA<a href=\"#_ftn8\" name=\"_ftnref8\">8<\/a>. <\/p>\n<p> De hecho, en algunas regiones como el Magdalena Medio, parte de los recursos del Plan Colombia cayeron en manos de los paramilitares a trav&eacute;s de sus ONG, que manejan los fondos sociales del Plan. En paralelo, al imponer un estricto control de la vida cotidiana, el proyecto de dominaci&oacute;n permite &ldquo;revivir el paternalismo de los viejos caciques sin las m&iacute;nimas obligaciones sociales de anta&ntilde;o&rdquo;<a href=\"#_ftn9\" name=\"_ftnref9\">9<\/a>. En Barrancabermeja, laboratorio paramilitar, &ldquo;prohibieron a los chicos llevar pelo largo, pendientes y pulseras. Cerraron los bares de ambiente gay y las peluquer&iacute;as que ten&iacute;an hombres homosexuales fueron traspasadas a mujeres. A un homosexual lo mataron y luego le cortaron el pene y lo pusieron en la boca del cad&aacute;ver&rdquo;. Tambi&eacute;n establecieron un horario para menores de edad y el estudio obligatorio hasta los 17 a&ntilde;os. Limitaron el horario para los establecimientos p&uacute;blicos e impusieron sanciones y castigos para quienes incumplan las normas. El informe de varios organismos de derechos humanos sobre el Magdalena Medio apunta: &ldquo;En una caminata por cualquiera de los barrios de Barrancabermeja y Puerto Wilches, se puede ver a los j&oacute;venes con machete en mano limpiando las zonas p&uacute;blicas como parte de su castigo. En otros casos obligan a la gente a llevar r&oacute;tulos donde se se&ntilde;ala que son ladrones, prostitutas, etc.&rdquo;<a href=\"#_ftn10\" name=\"_ftnref10\">10<\/a>. Al llegar al final del informe, encuentro que la angustia de mis anfitriones en Bogot&aacute;, Paula y Daniel, est&aacute; m&aacute;s que justificada. <\/p>\n<p>&nbsp; <\/p>\n<h3> <font face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\">La dif&iacute;cil tarea de los movimientos sociales<\/font><\/h3>\n<p> &iquest;C&oacute;mo puede actuar el movimiento social en una sociedad militarizada, en la que los espacios para la acci&oacute;n p&uacute;blica est&aacute;n cerrados y donde los activistas y dirigentes son asesinados o desaparecidos sistem&aacute;ticamente? Y, sobre todo, &iquest;c&oacute;mo hacer para no reproducir, desde la sociedad civil, el militarismo? Queda fuera de toda discusi&oacute;n, para quienes buscan la desmilitarizaci&oacute;n, que todos los actores del conflicto violan los derechos humanos, incluyendo a la guerrilla. En Colombia, se&ntilde;ala P&eacute;caut, &ldquo;la violencia no es solamente una serie de acontecimientos; es la irrupci&oacute;n de una nueva modalidad de lo pol&iacute;tico&rdquo;; o sea, lo pol&iacute;tico qued&oacute;, desde 1948 o incluso antes, representado como violencia<a href=\"#_ftn11\" name=\"_ftnref11\">11<\/a>. La profundidad de la violencia en Colombia es tal que no s&oacute;lo impregna todas las manifestaciones de lo pol&iacute;tico y lo social, sino que las constituye. <\/p>\n<p> Sin embargo, existen unas cuantas experiencias que buscan huir de la l&oacute;gica de la polarizaci&oacute;n, a trav&eacute;s de la creaci&oacute;n de espacios de paz, desmilitarizados, vedados a los diferentes actores del conflicto: guerrillas, paramilitares, ej&eacute;rcito. No es algo sencillo, ya que incluso en esos espacios los violentos irrumpen, asesinan, secuestran y torturan. M&aacute;s a&uacute;n, esos espacios han sido considerados en alg&uacute;n momento, por todos los actores de la violencia, como &ldquo;enemigos&rdquo; reales o potenciales. De ah&iacute; que estas experiencias se muevan entre la tentaci&oacute;n de responder a la violencia con la violencia o, algo m&aacute;s frecuente a&uacute;n, con el abandono del terreno, cosa que unos y otros a menudo desean. Luis Angel Saavedra, director de Inredh (una ONG de derechos humanos en Quito), sostiene que &ldquo;el Plan Colombia es parte de una gran estrategia para controlar los movimientos sociales de Am&eacute;rica Latina y los recursos de esta parte del mundo&rdquo;<a href=\"#_ftn12\" name=\"_ftnref12\">12<\/a>. Argumenta que en todos los pa&iacute;ses de la regi&oacute;n andina se pusieron en marcha planes similares de control militar con el pretexto de la coca, ya que son los sitios donde los movimientos est&aacute;n m&aacute;s activos. De ah&iacute; la urgente necesidad de encontrar alternativas al militarismo, que siempre favorece a los dominadores. <\/p>\n<p> El segundo problema, es que no existe un verdadero movimiento social de alcance nacional que haya conseguido mostrarse como alternativa al conflicto. Buena parte de las experiencias por la paz son iniciativas locales, con la notable excepci&oacute;n del movimiento ind&iacute;gena, que de todos modos representa apenas al dos por ciento de la poblaci&oacute;n colombiana, aunque su &aacute;rea geogr&aacute;fica de influencia es mucho mayor que su peso demogr&aacute;fico. Por la importancia cualitativa de estos movimientos que van a contramano de la guerra, vale la pena detenerse en algunas experiencias notables. <\/p>\n<p> El Consejo Regional Ind&iacute;gena del Cauca (CRIC) forma parte de la Organizaci&oacute;n Nacional Ind&iacute;gena de Colombia (ONIC), que re&uacute;ne a todas las etnias del pa&iacute;s. Como consecuencia de su centenaria resistencia, los ind&iacute;genas consiguieron el reconocimiento de sus territorios, llamados &ldquo;resguardos ind&iacute;genas&rdquo;, que son 712 en todo el pa&iacute;s y ocupan el 30% del territorio colombiano. La Constituci&oacute;n de 1991 reconoce los derechos colectivos y los territorios de los pueblos indios. Pero est&aacute;n siendo amenazados por lo que ellos denominan una &ldquo;nueva invasi&oacute;n&rdquo;. Para la implementaci&oacute;n del ALCA, se est&aacute; presionando para eliminar el art&iacute;culo 329 de la Constituci&oacute;n, que reconoce el car&aacute;cter inalienable de sus territorios. <\/p>\n<p> Los pueblos ind&iacute;genas del Cauca est&aacute;n resistiendo a la guerra desde su decisi&oacute;n de no participar en el conflicto. Lo hacen de forma colectiva y comunitaria, basados en sus cosmovisiones y cosmogon&iacute;as, de forma desarmada y no violenta. Sostienen que est&aacute;n viviendo una nueva invasi&oacute;n como consecuencia de la globalizaci&oacute;n. El primer y fundamental paso es la defensa del territorio, tanto de las personas como del h&aacute;bitat cultural, social y econ&oacute;mico. Se trata de mantener las diversas formas de producci&oacute;n, rescatando y fortaleciendo los modos tradicionales de cultivar la tierra, conservando las semillas para prevenir la desaparici&oacute;n del cultivos. Todo lo contrario de lo que pretende el ALCA. Pero postulan la organizaci&oacute;n territorial como &ldquo;una forma perfectamente viable para el conjunto de la poblaci&oacute;n en su resistencia a la guerra&rdquo;<a href=\"#_ftn13\" name=\"_ftnref13\">13<\/a>. <\/p>\n<p> Resisten el desplazamiento y se aferran a su tierra, rescatan sus propios idiomas como forma de resistir la homogeneizaci&oacute;n, fortalecen y valoran los saberes tradicionales para la curaci&oacute;n y todo aquello que afecta al territorio y a la poblaci&oacute;n. Crearon sus &ldquo;guardias ind&iacute;genas&rdquo;, organizadas por las comunidades en base a comuneros desarmados que con sus bastones ancestrales o &ldquo;chontas&rdquo; vigilan las comunidades para contribuir al control interno y externo y proteger a sus habitantes. La guardia &ldquo;depende exclusivamente del cabildo y de la comunidad, que en grandes asambleas decidieron reorganizarla, estableciendo reglas de control y estableciendo criterios y requisitos para quienes integren o presten el servicio de guardia&rdquo; <a href=\"#_ftn14\" name=\"_ftnref14\">14<\/a>. Las guardias no cumplen funciones policiales, y todos los comuneros deben integrarlas de forma rotativa. Han definido centros de concertaci&oacute;n o asambleas permanentes para que acudan todos los habitantes cuando se presentan enfrentamientos armados entre la guerrilla y los paramilitares o el ej&eacute;rcito. Y hacen sonar sus alarmas para que la comunidad cumpla con las indicaciones en momentos de peligro. <\/p>\n<p> Las guardias han recuperado personas secuestradas por grupos armados, sin violencia y amparadas en la masividad. Sostienen tambi&eacute;n que el sistema de guardias puede ser utilizado por otros sectores de la poblaci&oacute;n para resistir la guerra. En efecto, adem&aacute;s de las comunidades ind&iacute;genas en Colombia se conformaron en todo el territorio, en particular en &aacute;reas rurales, grupos de poblaci&oacute;n que han declarado su territorio como zona de paz y exigen a los grupos armados que se retiren. San Jos&eacute; de Apartad&oacute;, en el norte del pa&iacute;s, es la primera de estas comunidades de paz, creada en 1997, que se mantiene pese a las diversas agresiones que ha sufrido de grupos armados, de derecha y de izquierda. En s&oacute;lo siete a&ntilde;os la peque&ntilde;a comunidad sufri&oacute; m&aacute;s de 360 violaciones de derechos humanos y m&aacute;s de 144 asesinatos, perpetrados por todos los actores del conflicto. <\/p>\n<p> Pese a ello, San Jos&eacute; de Apartad&oacute; persiste. En agosto comenz&oacute; a funcionar la Universidad Campesina de la Resistencia, junto a otras 15 comunidades. Y este mes de diciembre de 2004 est&aacute; realizando el Segundo Encuentro de Comunidades en Resistencia Civil, &ldquo;inspirado en la vida y la solidaridad como respuesta a las acciones de muerte que ha desarrollado el Estado colombiano en contra de las comunidades&rdquo;, apunta la convocatoria. Es cierto que el movimiento de comunidades de paz es a&uacute;n peque&ntilde;o para las dimensiones del desaf&iacute;o, pero haberse mantenido y expandido en los &uacute;ltimos siete a&ntilde;os, los m&aacute;s violentos de la guerra, significa una esperanza. <\/p>\n<p> Adem&aacute;s de las movilizaciones urbanas contra la guerra, el Plan Colombia y el ALCA, debe destacarse la Minga por la Vida, la Autonom&iacute;a, la Libertad, la Justicia y la Alegr&iacute;a de los pueblos ind&iacute;genas, celebrada el pasado 13 de septiembre. La Minga (trabajo colectivo en lengua ind&iacute;gena) fue una impresionante movilizaci&oacute;n de 60 mil ind&iacute;genas del Cauca (sur) que confluy&oacute; en Cali durante tres d&iacute;as, apoyada por los 84 pueblos ind&iacute;genas de Colombia. <\/p>\n<p> Organizada por el CRIC, la Minga no estaba dirigida al gobierno (no hab&iacute;a una plataforma de reivindicaciones) sino al pueblo, al que llam&oacute; a defender la vida contra la guerra y a oponerse al Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos. La gran movilizaci&oacute;n logr&oacute; desmilitarizar la zona durante tres d&iacute;as, y comenz&oacute; con la recuperaci&oacute;n del alcalde indio de Torib&iacute;o, secuestrado por las FARC. La guardia ind&iacute;gena lleg&oacute; masivamente, desbord&oacute; a la tropa del grupo armado y rescat&oacute; a su alcalde junto a toda su comitiva. <\/p>\n<p> Los ind&iacute;genas mostraron que es posible abrir grietas en una sociedad militarizada, si se tiene claro que no se combate la guerra con m&aacute;s guerra. O, como dicen las mujeres ind&iacute;genas del sur, luchar para hacer &ldquo;tambalear las l&oacute;gicas dominantes de eliminaci&oacute;n del contrario&rdquo;; porque &ldquo;en las l&oacute;gicas de vida no hay contrarios sino el fluir constante que no diseca sino que crea&rdquo;. Denuncian la l&oacute;gica de destrucci&oacute;n, ya la porten los opresores o los oprimidos, porque &ldquo;los fines y los medios no pueden ser distintos&rdquo;<a href=\"#_ftn15\" name=\"_ftnref15\">15<\/a>. Creen que las transformaciones se hacen de abajo hacia arriba y de adentro hacia fuera, de lo local a lo global y de lo singular a lo universal. As&iacute;, consiguieron romper las barreras del militarismo y la indiferencia. Daniel, el profesor de Bogot&aacute;, estuvo en Cali aquel mi&eacute;rcoles de septiembre, cuando miles de indios atravesaron las elegantes calles comerciales de la segunda ciudad colombiana. &ldquo;Fue emocionante&#8211;confiesa- ver a la poblaci&oacute;n recibiendo a los ind&iacute;genas. La gente aplaud&iacute;a y otros llor&aacute;bamos. Es la otra Colombia, la de la esperanza&rdquo;. <\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h3><font face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\">Notas<\/font> <\/h3>\n<ol>\n<li><font size=\"-1\"><a href=\"#_ftnref1\" name=\"_ftn1\"><\/a><font face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"> Zuluaga Nieto, Jaime (2003) &ldquo;Colombia: entre la democracia y el autoritarismo&rdquo;, revista <i>OSAL<\/i> No. 9, Buenos Aires, enero. <\/font><\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref2\" name=\"_ftn2\"><\/a> Uribe, Mar&iacute;a Teresa, &ldquo;El republicanismo patri&oacute;tico&rdquo;, en <i>Reelecci&oacute;n: el embrujo contin&uacute;a, Segundo a&ntilde;o de gobierno de &Aacute;lvaro Uribe V&eacute;lez, <\/i>Plataforma Colombiana de Derechos Humanos, Bogot&aacute;, 2004.<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref3\" name=\"_ftn3\"><\/a> Gonz&aacute;lez, Fern&aacute;n 2004 &ldquo;Una mirada de largo plazo sobre la violencia en Colombia&rdquo;, en revista <i>Bajo el volc&aacute;n<\/i>, Puebla, No. 7.<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref4\" name=\"_ftn4\"><\/a> Durante La Violencia&#8211;per&iacute;odo de guerras entre liberales y conservadores- murieron unas 200 mil personas. Liberales y comunistas, perseguidos ferozmente por el Estado, se refugiaron en regiones remotas e inaccesibles y resistieron durante m&aacute;s de una d&eacute;cada hasta que, buena parte de ellos, se reagruparon en lo que posteriormente ser&iacute;an las FARC, de orientaci&oacute;n comunista.<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref5\" name=\"_ftn5\"><\/a> Americas Watch (1991) <i>La &lsquo;guerra&rsquo; contra las drogas en Colombia<\/i>, Universidad de los Andes, Bogot&aacute;.<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref6\" name=\"_ftn6\"><\/a> Informe de Amnist&iacute;a Internacional 2004. <\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref7\" name=\"_ftn7\"><\/a> Sarmiento, Libardo (1996) <i>Un modelo piloto de modernizaci&oacute;n autoritaria en Colombia<\/i>, CREDHOS, Barrancabermeja. P.33<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref8\" name=\"_ftn8\"><\/a> Salgado Ruiz, Henry (2004) &ldquo;Plan Colombia: &iquest;Guerra contra las drogas o contra las poblaciones amaz&oacute;nicas?&rdquo;, en <i>Bajo el volc&aacute;n<\/i>, Universidad Aut&oacute;noma de Puebla, Puebla, No. 7.<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref9\" name=\"_ftn9\"><\/a> Loingsigh, Gear&oacute;id (2002) <i>La estrategia integral del paramilitarismo en el Magdalena Medio de Colombia<\/i>, en www.prensarural.org. p. 104<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref10\" name=\"_ftn10\"><\/a> Ibidem. P.24<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref11\" name=\"_ftn11\"><\/a> P&eacute;caut, Daniel (1987) <i>Orden y violencia: Colombia 1930-1954<\/i>, Siglo XXI, Bogot&aacute;. P.523<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref12\" name=\"_ftn12\"><\/a> En <a href=\"http:\/\/www.prensarural.org\/\" target=\"_blank\">www.prensarural.org<\/a><\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref13\" name=\"_ftn13\"><\/a> Cald&oacute;n, Jos&eacute; Domingo &ldquo;Pueblos ind&iacute;genas y resistencia a la guerra&rdquo;, en <i>La resistencia civil<\/i>,<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref14\" name=\"_ftn14\"><\/a> Acosta, Alfredo (2004) &ldquo;Resistencia ind&iacute;gena ante una nueva invasi&oacute;n&rdquo;, en <i>La resistencia civil. Estrategias de acci&oacute;n y protecci&oacute;n en los contextos de guerra y globalizaci&oacute;n<\/i>, PIUCP, Bogot&aacute;.<\/font><\/li>\n<li><font size=\"-1\" face=\"Arial, Helvetica, sans-serif\"><a href=\"#_ftnref15\" name=\"_ftn15\"><\/a><i> Unidad Ind&iacute;gena<\/i> (2004) peri&oacute;dico de la ONIC, No. 119, Bogot&aacute;, septiembre. <\/font><\/li>\n<\/ol>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&ldquo;La mitad del pa&iacute;s est&aacute; en manos de los paras&rdquo;, sentencia Paula a la luz de la vela de un bar en La Candelaria, el c&eacute;ntrico casco antiguo de Bogot&aacute; declarado Patrimonio de la Humanidad. &ldquo;All&iacute; donde establecen su dominio, imponen reglas de convivencia estrictas y vigilan las costumbres: el corte de pelo de los [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":9,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"inline_featured_image":false,"footnotes":""},"categories":[],"tags":[],"coauthors":[],"class_list":["post-883","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/883","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/9"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=883"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/883\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=883"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=883"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=883"},{"taxonomy":"author","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.americas.org\/es\/wp-json\/wp\/v2\/coauthors?post=883"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}