México: La dificil unidad contra la guerra

México:
La Dificil Unidad Contra la Guerra
por Luis Hernández Navarro | 17 de abril de 2003

La invasión contra Irak ha alterado la vida política mexicana. Muchas cosas han cambiado dentro del país desde que, el 20 de marzo, comenzó la ofensiva militar angloestadounidense.
Las encuestas muestran que la población mexicana rechaza mayoritariamente la ofensiva bélica. Los representantes empresariales que advirtieron la necesidad de que el gobierno abandonara una política de principios han enmudecido. Los intelectuales que deseaban la alineación del país con Estados Unidos han cambiado de piel. La fuerza de la opinión pública en favor de la paz es abrumadora.
Sin embargo, este sentimiento de rechazo a la guerra y al unilateralismo de la Casa Blanca entre la población mexicana es mucho más amplio que el movimiento por la paz. A su vez, la convergencia contra la guerra es más numerosa y extendida que las organizaciones que la impulsan. Una enorme brecha separa las iniciativas de acción a las que convocan los grupos más politizados y el resto de la sociedad. En parte, ello es resultado tanto del desapego que la izquierda partidaria tiene sobre los asuntos internacionales como de los muchos muros que dividen a las organizaciones activas.
La izquierda política renunció a generar una cultura cosmopolita cuando alcanzó sus primeros éxitos electorales. De una tradición de solidaridad con las luchas de liberación en otras partes del mundo se pasó al desarrollo de un espíritu aldeano. No siente que lo que sucede fuera de sus fronteras le atañe. Ni siquiera las grandes jornadas de protesta contra la globalización neoliberal lograron despertar interés dentro del país. Algunas fuerzas han remado a contracorriente de esta tendencia. Destacadamente, el zapatismo ha buscado generar una conciencia internacionalista, pero su impacto ha sido reducido, insuficiente para remontar el amodorramiento con el que se recibió el inicio de la guerra.
 
Los movimientos por la paz
Previamente a la invasión a Irak, actuaban en México varios movimientos por la paz. Fueron activos en conflictos como el de la primera guerra del Golfo, la insurrección chiapaneca o la ofensiva militar contra Afganistán.
La primera de las corrientes que fundaron este movimiento, es heredera de las concepciones que dominaron al movimiento comunista internacional influido por Moscú entre la fundación de la Kómiform (la coordinación de los partidos comunistas) en 1947 hasta la caída del Muro de Berlín. Enmarcada en la defensa del socialismo real, consideraba que su tarea fundamental consistía en luchar por la paz y la coexistencia pacífica. Participan allí militantes históricos del comunismo y el nacionalismo revolucionario. Su participación en apoyo a causas como la revolución cubana o la lucha de liberación nacional palestina es relevante.
La segunda corriente surge a raíz de la rebelión zapatista, y hace de la búsqueda de una paz con justicia y dignidad, el centro de su acción. Está integrada principalmente por miembros de las Comunidades Eclesiales de Base, diversas ONG de promoción al desarrollo y personalidades democráticas. Le dio a la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI), pieza fundamental en las negociaciones por la paz en Chiapas, su base de sustentación.
La tercera expresión está integrada por un conjunto de organizaciones políticas de masas animadas por la izquierda radical, del corte del Frente Popular Francisco Villa–integrada por pobres urbanos–, que ven la lucha contra la guerra como parte de su agenda antiimperialista y de la reivindicación de las demandas propias.
A pesar de la importancia de su experiencia y acervo organizativo, lo cierto es que estas corrientes resultaron insuficientes para encausar el descontento social reciente.
 
La guerra en boca de todos
Los medios de comunicación han divulgado amplia información sobre el conflicto en Irak. En el pajar de la política nacional la figura del primer mandatario es apenas una aguja y los grandes escándalos nacionales han sido relegados a segundo plano. La negativa del gobierno mexicano a avalar las posiciones de Washington amortiguó el clima de crispación social de los últimos meses.
Nuestra economía se ha visto beneficiada en el corto plazo por los ingresos extras provenientes del alza en el precio del petróleo. Sin embargo, en breve la recesión económica estadounidense frenará, aún más, el crecimiento del país. De hecho las previsiones más optimistas fijan el crecimiento del PIB para este año en apenas 2.5 por ciento. Además, el incremento en el costo del dinero, generado por las necesidades crediticias que el Imperio requerirá para sufragar los gastos de su aventura bélica, provocará que el pago del servicio de la deuda externa de México sea mayor.
Sobre la guerra y la paz se discute en todos lados y a todas horas. En las escuelas, las iglesias y los hogares se conversa sobre el asunto con indignación y desesperanza. Los ministros de culto han incorporado sus reflexiones a las homilías y son frecuentes los servicios religiosos–muchos ecuménicos–en los que se ora por el fin de las hostilidades.
En los puentes fronterizos del norte brigadas binacionales reparten propaganda y piden a los automovilistas que toquen los cláxones de sus automóviles en señal de repulsa. Está en marcha una campaña de boicot hacia empresas y productos estadounidenses. Abundan recitales y conciertos por la paz. El tráfico de correo electrónico con información sobre las protestas es intenso. En muchos centros educativos se han organizado conferencias y debates. En Querétaro niños y jóvenes de escuelas públicas y privadas tomaron las calles. En muchas avenidas se han colocado mantas rechazando la ofensiva militar. A la embajada de Estados Unidos en la ciudad de México siguen llegando grupos diversos para expresar su repudio a la agresión contra Irak.
 
La brecha entre el descontento y la protesta
Sin embargo, salvo en Puebla, Jalapa y el Distrito Federal, no se han realizado grandes manifestaciones populares en México. Aunque vivimos una de las movilizaciones sociales más intensas y sostenidas de los últimos años, no se expresa por el canal tradicional de la protesta política: la marcha y el mitin callejero. ¿Por qué los llamados a tomar calles y plazas públicas no han tenido mayor respuesta?
Por principio de cuentas no puede descartarse que muchos de quienes rechazan la guerra no necesariamente creen que sea adecuado enfrentarse frontalmente con Estados Unidos. Consideran que es inconveniente "pelearse con los gringos", nuestro vecino y un enemigo poderoso.
Segundo, la posición del gobierno mexicano posterga la urgencia de manifestarse. Aunque no haya condenado la guerra, ni haya amagado con utilizar el arma del petróleo, no se sumó a las fuerzas angloestadounidenses. Después de todo, la mayoría de las expresiones más grandes contra la guerra se han efectuado en países cuyos mandatarios han apoyado abiertamente la ofensiva militar.
Pero, además, en nuestro caso resulta evidente que muchas de las instituciones o actores que desempeñan funciones de mediación política y social, como partidos, sindicatos, organizaciones no gubernamentales, universidades e intelectuales, han abdicado de sus responsabilidades.
Los partidos están más ocupados en la disputa interna por las diputaciones que en dinamizar el descontento social, y quienes se han involucrado con el movimiento, lo han hecho más de cara a las elecciones que a la convicción sobre la necesidad de tomar las calles en este momento.
Los sindicatos están más al tanto de sus revisiones contractuales o de la reforma laboral que de enarbolar causas justas no gremiales. Los pocos que se han involucrado en la lucha, han terminado por disputar con otras organizaciones gremiales la interlocución del movimiento.
Las organizaciones campesinas que protagonizaron una relevante movilización entre octubre 2002 y el 31 de enero de este año han dejado las plazas públicas y se han encerrado en negociaciones con el gobierno. Sus posibilidades de traslado son ahora muy limitadas, pues tienen grandes deudas económicas. Aunque declarativamente se han sumado a las campañas contra la invasión, en los hechos no han convocado a sus afiliados a tomar las calles.
La jerarquía eclesial fue renuente a llamar a la movilización a pesar de la clara postura del Papa en contra de la guerra. La Comisión Episcopal mexicana tardó días en manifestarse y lo hizo sólo hasta que la monja Luz Rodríguez, una de los escudos humanos mexicanos, habló desde Bagdad.
Muchas organizaciones no gubernamentales viven hoy la cruda de la borrachera del voto útil y están más preocupados por su inserción en la esfera estatal que por articular intereses. La incorporación de muchos funcionarios de ONG a gobiernos locales y al federal ha hecho que las organizaciones privadas hayan reducido su capacidad de incidir en la promoción de iniciativas de movilización social.
La burocracia universitaria se ha limitado a expresar tímidos comentarios de desacuerdo con la guerra, pero, exceptuando el caso de Puebla, no convocó a la comunidad a expresar su descontento en las calles. Irónicamente, el análisis y debate sobre el significado de la guerra ha sido particularmente intenso en las aulas del sistema de educación superior, pero no es común que estos eventos hayan sido convocados por sus responsables. Además, la larga huelga en la UNAM dejó como saldo un movimiento estudiantil dividido, enfrentado y desmovilizado, y entre muchos estudiantes provocó una secuela de desconfianza en los alcances y el sentido del activismo.
Y, salvo notables excepciones, son muchos los intelectuales que siguen absortos en sus nuevas responsabilidades en el servicio exterior, a las que se incorporaron con el gobierno de Vicente Fox. El intelectual comprometido es hoy una especie en extinción. Muchas de las figuras más reconocidas son, para una nueva generación de jóvenes más cercanas a Matrix y la Guerra de las Galaxias que al movimiento del 68, apenas una lejana referencia que difícilmente suscita adhesiones.
A ello habría que añadir que regularmente las manifestaciones han sido mal convocadas y organizadas, y que muchos de sus promotores son poco conocidos o reconocidos. Entre ellos hay quienes siguen creyendo mágicamente que la multiplicación de los membretes puede sustituir la talacha organizativa. ¿Cuáles son los ejes del trabajo? ¿Cuáles los objetivos? ¿Cuál es el plan de trabajo, por ejemplo, para echar a caminar el boicot contra los productos estadounidenses?
Por si fuera poco, acciones aparentemente muy radicales, como lanzar piedras contra la embajada de Estados Unidos, provocaron que muchos padres de familia desistieron de llevar a sus hijos a las concentraciones o que ellos mismos no fueron.
En Europa, EEUU y algunos países de América Latina, Internet ha sido una herramienta eficaz para divulgar información y análisis, así como para enlazar grupos y acciones. Su impacto en México es mucho más modesto. De entrada porque es un recurso al alcance de un pequeño sector social. Con una población de casi 100 millones de habitantes, en nuestro país hay apenas 6.7 millones de conexiones a Internet–y muy probablemente no más de 3 y medio millones de usuarios–contra 165.2 millones que existen en Estados Unidos. Pero, además, el Internet es uno de los medios que menos confianza inspiran, sólo superado por la propaganda de los partidos políticos. Esto puede verse con la marginalidad que el comercio electrónico tiene en México: apenas cinco millones de dólares. Véase, también, las dificultades que proyectos de comunicación alternativa en la Red, como Indymedia, han tenido para consolidarse en territorio nacional en comparación con otros países.
De cualquier manera, el Internet y las listas de correo electrónico han sido utilizados al máximo en esta ocasión. Los mensajes del Movimiento Mexicano por la Paz y la página de No en nuestro nombre es un buen ejemplo de ello. El recuento de acciones contra la guerra contenidos en esta última página es el más completo que existe. Sin embargo, apenas alcanza a registrar un pequeño muestrario del conjunto de las iniciativas que se han realizado en el país.
Algo similar ocurre con las campañas para levantar firmas en apoyo de manifiestos y tomas de posición públicas. Hasta el momento, en el caso del nuevo movimiento contra la guerra en México, han tenido un impacto limitado. Si se compara con el impacto que tienen estas listas en Estados Unidos, donde frecuentemente son un instrumento de presión sobre legisladores específicos y una vía para condicionar su reelección, su influencia en la política nacional ha sido muy reducido, en parte debido al largo periodo del partido hegemónico y a la escasa formación ciudadana.
En México, esas campañas son relevantes no cuando pretenden influir en el poder (está visto que éste no escucha a los de abajo), sino cuando se convierten en un vehículo para dar voz y una cierta plataforma organizativa a iniciativas de la sociedad civil. La convocatoria del EZLN a adherirse al Manifiesto Trabajamos por la paz y la justicia elaborado por el núcleo editor de la revista Z y convertirlo en una gran campaña educativa sobre la guerra, será un indicador de hasta donde es factible remontar esta tendencia.
Muchas cosas han cambiado ya en el país con la guerra. Pero no son suficientes. Convertir el desacuerdo con la guerra y la disposición a realizar acciones para expresarlo en una gran fuerza organizada que impacte al conjunto de la sociedad y presione en favor de la paz es tarea nodal.
 
Las iniciativas
A comienzos de este año surgieron nuevos colectivos y plataformas a favor de la paz. Varias de ellas encontraron en la Iniciativa Mexicana No en Nuestro Nombre un espacio relativamente unitario de reflexión y acción. Empero, muy pronto proliferaron otros proyectos.
A lo largo de cuatro reuniones plurales trataron infructuosamente de constituir una Coordinadora Nacional contra la Guerra. Dos posturas básicas se enfrentaron a su interior. En un lado se colocaron quienes sostienen que se requiere constituir una convergencia muy amplia, en la que pueda participar todo mundo, sin mayores definiciones ideológicas. En el otro se ubicaron quienes consideran que no se trata solamente de rechazar la invasión de Irak sino también de profundizar la lucha por las propias demandas y la transformación social.
Las diferencias tenían que ver también con la caracterización del régimen de Bagdad: ¿había que apoyar a Saddam Hussein o criticarlo? Algo similar sucede con las actitudes anti-estadounidenses: ¿el enemigo es sólo Bush o todo Estados Unidos?
Las viejas disputas existentes entre el movimiento popular y quienes se asumen como representaciones de la sociedad civil no son ajenas a estas diferencias. Por ello, son muchos los colectivos que han optado por ubicar su acción por afuera de estas plataformas unitarias. Consideran que es inútil o desgastante sumarse a ellas. Prefieren evitar entrar a la disputa de posiciones con quienes consideran son membretes. Varios de ellos han privilegiado la realización de acciones directas como el boicot a productos estadounidenses, la escenificación de performances o teñir el agua de fuentes con pintura roja.
La polarización entre los grupos organizados se hizo mayor a partir de que el Senado llamó a "hermanarnos" con la Jornada Mundial Alto a la Guerra el 12 de abril, pretendiendo tomar la delantera de la convocatoria y modificando el recorrido de la manifestación para llegar hasta el Zócalo. Otros grupos vieron en la participación de los legisladores un acto de oportunismo político, y llamaron a una marcha a la embajada de Estados Unidos. Estos cuestionaron el nefasto papel que los Senadores desempeñaron en la aprobación de la reforma constitucional indígena y objetaron el dar un papel relevante a los legisladores cuando éstos se niegan a exigir que el gobierno mexicano condene a la invasión y se resiste a que la violación a los derechos humanos cometida por el gobierno de los Estados Unidos sea tratada en la Comisión de las Naciones Unidas. Por ello, en lugar de una marcha en la ciudad de México, este 12 de abril hubo dos.
El asunto ejemplifica el choque de concepciones dentro del movimiento: amplitud contra profundidad; mayor base de masas versus crítica ideológica de fondo. También muestra la pobreza de análisis que priva a su interior. ¿Qué representa esta guerra en el actual contexto mundial? ¿Qué representa para México y América Latina? Son preguntas que en muchos círculos ni siguiera se han formulado, mucho menos contestado.
Las movilizaciones del 12 de abril en México fueron menos concurridas que la marcha unitaria del 15 de febrero. La marcha al zócalo juntó unas 40,000 personas y a la "otra marcha"–convocada entre otros por los zapatistas–asistieron unas 12 mil personas, en su mayoría jóvenes.
Pero más preocupante que su limitada capacidad de convocatoria fue que las movilizaciones no sirvieron para consolidar iniciativas unitarias contra la invasión de Irak. La jornada resultó, apenas, un pálido espejo de la situación por la que atraviesa el novísimo movimiento mexicano contra la guerra.
Las movilizaciones de abril mostraron una enorme separación entre la clase política y las expresiones de la sociedad civil–incluyendo ONGs, movimientos sociales y la izquierda extra-parlamentaria. En última estancia quién va a dar continuidad a la lucha contra la ofensiva de Bush en el Medio Oriente no va a ser la clase política, que se volverá a asuntos electorales y partidarios, sino esta franja de "la política informal" que es el conjunto de fuerzas que actúan al margen de los canales institucionales tradicionales.
Hasta la fecha, no se sabe si la actividad en contra de la guerra se disipará con la toma de Bagdad. Varias organizaciones siguen convocando a conciertos, protestas frente a la embajada de EEUU, y sostienen un boicot contra productos estadounidenses. Muchos manifestantes en la marcha del 12 de abril llamaron a mantener la movilización, con mantas que decían: "La guerra terminó, la invasión continua" "Bush, el mundo no es tuyo" y "No a la guerra contra la humanidad". Sin embargo, sin un análisis más al fondo de la nueva estrategia imperial de Estados Unidos, difícilmente podría mantener y canalizar la indignación social generada por la invasión de Irak.
Luis Hernández Navarro < lnavarro@jornada.com.mx > es el Coordinador de Opinión del periódico La Jornada .

 

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Cita recomendada:
Luis Hernández Navarro, "La Dificil Unidad Contra la Guerra" Programa de las Américas (Silver City, NM: Interhemispheric Resource Center, 17 de abril de 2003).
Ubicación
en Internet:
http://www.americaspolicy.org/commentary/2003/sp_0304dificil.html

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