Reyno Bartolo Hernández murió calcinado en el desierto de Yuma, Arizona, el 22 de mayo de 2001. No fue el único campesino mexicano que falleció ese día al tratar de cruzar la frontera que divide México de su vecino del norte. Otros 13 paisanos suyos perdieron la vida ese día, en una más de las tragedias migratorias de la historia contemporánea.

Reyno y sus compañeros eran cafeticultores del municipio de Atzalan, estado de Veracruz, una región usualmente rica, empobrecida a fuerza de políticas insensatas. Hasta hace pocos años, la migración a Estados Unidos proveniente de esa zona era poco común. Pero el precio del café se derrumbó, y también el de los cítricos y el del ganado, el plátano fue atacado por la mosca de la fruta, y sus habitantes siguieron la ruta que antes habían caminado los hombres del campo de Michoacán, Zacatecas y Jalisco. Para colmo de males, los cafetos se llenaron de broca. Miraron entonces la forma de irse “al otro lado” por alguno de los 3 mil 107 kilómetros que separan a los dos países. Y se engancharon con el pollero que los condujo a la muerte.

Tomas Navarrete, asesor de muchos años de la cooperativa que agrupa a parte de los cafetaleros de Atzalan y de Tlapacoyan, cuenta que la situación en la región es dramática y la gente está triste. En Sierras, Cuatro Caminos, Ojo de Agua, San Bartolo, Copalillo y el Tesoro, comunidades de ese municipio veracruzano, cerca del 70 por ciento de los habitantes se fueron, la mayoría a Estados Unidos. Se trata de una migración nueva. Antes la gente no necesitaba salir, al menos no como ahora. "Hasta Celso Rodríguez, Presidente del Consejo de Administración de la cooperativa se fue a trabajar a Arizona,” dice Navarrete, consternado.

La frontera se vuelve atractiva. Si se logra pasar -que muchos lo hacen- ganan 4 o 5 dólares la hora contra los cuarenta pesos diarios que pueden obtener aquí, si bien les va. En las comunidades cafetaleras las historias de éxito del otro lado son impactantes. Los migrantes regresan y mejoran su casa, echan un colado o ponen block en lugar de tablones de madera. Todo mundo lo puede ver y envidiar. En muchas zonas que no había migración, ahora es masiva. Los peligros, los malos tratos, el aislamiento que sufren es lo de menos. Al regresar hay una recompensa.

Veracruz es, de acuerdo con el investigador de la Universidad Veracruzana Mario Pérez Monterosas, una nueva región migratoria, como lo es también Chiapas. Entre 1995 y 2000 salieron del estado 800 mil personas. La entidad ha venido escalando posiciones en la tabla de los estados que más contribuyen con la población migrante a los Estados Unidos: en 1992 se ubicaba en el lugar 30, para 1997 pasó al 27, el 2000 ocupó el lugar 14 y en el 2002 llegó a su nivel más alto, ubicándose en la cuarta posición”.1 Tan escasa eran las salidas a Estados Unidos que una encuesta aplicada en 1994 en la zona cafetalera de Veracruz evidenció que la región Misantla era entonces el único municipio que presentó casos de migración al vecino del norte: 12.2

Los difuntos de Yuma son , apenas, una cifra más en la macabra estadística de la migración y un indicador de los estragos nacidos de la crisis cafetalera. Como los son los 17 cadáveres que aparecieron el 14 de mayo de 2003 dentro y alrededor de un camión de remolque en la ciudad de Victoria, Texas, y las seis ahogadas al tratar de cruzar a nado el río Bravo. Desde 1994, año en el que entró en funcionamiento la Operación Guardián han habido más de 3 mil muertos y desaparecidos, casi todos ellos dedicados en México a actividades agrícolas. Un promedio de casi uno diario.

La declaración conjunta de los gobiernos de Estados Unidos y México informando de la tragedia de Reyno Bartolo y sus compañeros dijo: “México y Estados Unidos expresan su profunda tristeza y consternación por la muerte de 14 migrantes ocurrida en el desierto de Arizona”.

Un informe de la Organización Internacional del Café (ICO) sobre la crisis del aromático es un poco más explícito sobre el desastre: “Productores de café de México – señala- han muerto tratando de ingresar ilegalmente a Estados Unidos después de abandonar sus granjas…” Y añade: “En general la situación estimula la emigración a las ciudades y a los países industrializados”.3 Una moción de la Cámara de Representantes de Estados Unidos sobre la problemática cafetalera presentada el 13 de noviembre de 2002, recordó que seis de los 14 muertos en Yuma eran cultivadores de café de Veracruz.

Pero, más allá de los lamentos, estos resolutivos no dicen una sola palabra sobre las causas que motivó la travesía, y evaden señalar un asunto central: la crisis del café fue precipitada por la decisión de los países industrializados y de las grandes empresas de terminar con el sistema de cuotas que permitía compaginar oferta y demanda y mantener ingresos decorosos para los agricultores.

Los chatinos de Oaxaca creen que migrar es morir un poco. El fallecimiento de Reyno Bartolo y de muchos otros muestra que, con frecuencia, las travesías van mucho más allá. En estos fallecimientos se resume la tragedia de los cafetaleros de México y Centroamérica. En su drama, en el del café, se sintetiza la pretensión de convertir a los campesinos en sobrantes.

 

Infierno y paraíso

Migración y café han estado históricamente asociados en México y Centroamérica. La cosecha del aromático ha requerido, usualmente, la contratación de jornaleros provenientes de regiones y países distintos–en ocasiones lejanos–a los lugares donde se encuentran las fincas productoras.

Entre octubre y marzo, dependiendo de la altura y la región en la que se encuentren las huertas, el aromático madura. Miles de trabajadores se movilizan para recoger el fruto. Las grandes fincas deben contratar pizcadores. Lo mismo hacen los pequeños cultivadores. Todos los brazos de la familia campesina se destinan a la recolecta para que completen la fuerza de trabajo faltante, si no se quiere que el producto se eche a perder.

Los cortadores deben ser experimentados. Al pizcar el fruto hay que seleccionar grano a grano, distinguiendo el que está maduro del verde, sin dañar las ramas y sin estropear los retoños. Los cafetos crecen en pendientes pronunciadas en las que es difícil moverse. La recolecta debe ser cargada sobre la espalda con rapidez. El corte es una habilidad adquirida con los años y con la tradición.

Este tipo de migraciones tienen una historia detrás. Según Jan Rus, a mediados de la década de los veinte, alrededor de veinte mil indígenas de Los Altos de Chiapas en México se dirigían año con año al Soconusco y otras regiones a la pizca del café4. Entre 1953 y 1960 se registraron anualmente entre 12 mil y 18 mil de salidas. De acuerdo con Henry Favre, el promedio de mano de obra exportada cada año por comunidad de esa región fue del 6.2 por ciento, es decir la quinta parte de la población indígena masculina activa5. Para llegar a las fincas debían emprender largas expediciones de ocho días, comprar alimentos, pagar por pernoctar hacinados y aportar cuotas al pasar por caminos o poblados.

Años más tarde, esa mano de obra fue sustituida por indígenas guatemaltecos. Oficialmente, unos 90 mil jornaleros pasan al año desde sus comunidades hasta el Soconusco para laborar en las fincas cafetaleras.

La relación entre café y migración ha sufrido, sin embargo, un vuelco fundamental a raíz de la crisis de los precios del café en 1989. Se trata de una nueva migración no para producir café, sino para huir de su cultivo y de la miseria de sus bajos precios. Se dirige a Estados Unidos y permanece allí.

En 1989 la cláusula económica de la Organización Internacional del Café (OIC) se rompió, con el apoyo entusiasta del gobierno mexicano. El precio del grano se derrumbó. Desde entonces las cotizaciones suben y, sobretodo, desde 1997, bajan como si estuvieran en una Montaña Rusa. Los únicos que ganan son las grandes empresas y los especuladores de las Bolsas de Nueva York y Londres. Las comunidades que siembran el aromático, ya de por sí pobres, se han empobrecido aún más. Como respuesta, miles de campesinos y jornaleros que lo cultivan y cosechan han decidido trasladar su vida a otro país.

La vieja migración de trabajadores agrícolas a la pizca estaba marcada por penurias. A las grandes plantaciones se iba por necesidad, no por gusto. Se iba a conseguir el dinero que no se podía obtener dentro del poblado. El traslado era un viaje al infierno.

Pobladores indígenas de los Altos que colonizaron posteriormente la Selva recuerdan así su sufrimiento: “En la finca ya saben que vamos contratados y, como ya recibimos el adelanto, llegamos con una deuda que tenemos que desquitar. Luego vuelve a subir la deuda porque en la finca nada regalan, todo es pagado. Igual pasa con la comida… Al patrón no le importa el trabajador, aunque se enferme no se preocupa. Por eso no dan buena comida y quedamos con hambre (…) Antes maltrataban mucho los caporales: chicoteaban, golpeaban con ramas, con cincho, con la palma del machete, daban patadas; por cualquier cosa venía el castigo (…) Tenemos miedo en la finca de una vez, pero lo aguantamos porque somos pobres”.6

La nueva migración, aunque sujeta a múltiples adversidades, es un viaje a un mundo nuevo, lleno de esperanzas. Las penas y los peligros que los viajeros padecen terminan siendo recompensados en el imaginario de los nuevos migrantes. Dejan atrás una precariedad que ha crecido en los últimos años hasta hacerse insoportable. Nadie ignora los grandes peligros que acechan en el camino pero no por eso deja de emprenderse. El color de la tierra prometida es verde dólar.

Hugo Cantarero, un pequeño caficultor hondureño detenido y asaltado por la policía mexicana, en Celaya, Guanajuato, devuelto a la frontera y que desea intentar nuevamente la travesía, explica su sueño de esta manera, mientras se protegía en la Casa del Migrante de Tecún Umán: "Tengo que hacer el esfuerzo por llegar. Tengo familia. Uno se toma los riesgos debo a lo que le espera. No la lleva segura, como se puede pasar, se puede morir. Sólo Dios sabe. En Honduras con el sueldo de la semana no le ajusta. Un saco de fertilizante que costaba 150 lempiras está ahora en 380. Tiene uno que irse limitando. Para nosotros no hay medicina, ropa, educación, no hay. En Honduras nadie tiene casa propia, nadie tiene carro propio. Uno por pobre está acostumbrado a vivir de la misericordia de Dios. En cambio, cuando uno llega a Estados Unidos es un mundo tan lindo, tan diferente. Uno por 100 dólares come quince días, se compra un coche por 100 dólares. Tenemos un cincuenta por ciento de posibilidad de llegar a Estados Unidos y un cincuenta por ciento de quedarnos muertos en el camino. Salimos de casa y probablemente nunca llegaremos. ¡Tantos hondureños que han muerto! Pero en Estados Unidos uno tiene beneficios que en Honduras ni soñando".7

Ambos éxodos tienen, entre otras muchas diferencias, una central. Mientras que el camino a la recolección se café se emprende como parte del ciclo productivo del aromático, la marcha hacia Estados Unidos se efectúa sin identidad gremial alguna. Para cruzar la frontera poco importa si se es o no cultivador del grano. Se es, lisa y llanamente, un indocumentado a la búsqueda de un nuevo mundo.

A los campesinos–y a los caficultores como parte de ellos–se les ha condenado a la extinción, se les ha declarado superfluos e innecesarios. Sus comunidades se han convertido en grandes estacionamientos de mano de obra. El nomadismo de antes, el de la ida a las plantaciones, es apenas una herramienta para poder ser sedentario en las cuestiones fundamentales. Empero, el nomadismo moderno, el que mira al norte, ha terminado por ser el vehículo para convertirse en avecindado donde antes era forastero. Unos luchan para sobrevivir como campesinos; otros, aunque no lo piensen así, para dejar de serlo.

Para quienes migran a trabajar en el café su destino temporal es una especie de infierno, necesario pero reversible. En cambio los que buscan huir de esta actividad esperan encontrarse con un moderno paraíso, pues como afirma Hans Magnus Enzensberger “nadie emigra sin que medie el reclamo de alguna promesa”, y Estados Unidos es para ellos la tierra del sueño.8

 

La emergencia

Desde hace más de siete años, los cafetos de México y Centroamérica están llenos de frutos que no encuentran manos para ser cosechados.9 Cubriendo los suelos de las serranías han aparecido rojos tapetes hechos con semillas de café que no fueron pizcadas a tiempo. Es una riqueza que se pierde porque el grano no tiene precio.

El pequeño caficultor debe hacer un enorme esfuerzo para conseguir la paga del jornalero. Muchos reciben dinero sólo hasta que la cosecha termina. Tiene que contratar crédito con su organización, si es que está asociado, o caer en las manos de los coyotes o los usureros. Pero resulta que ahora es muy difícil conseguir financiamiento. Aunque hay cortadores que laboran a cambio de la comida del día, otros reciben casi tanto por su trabajo como lo que el café cereza vale en el mercado.

En las comunidades cafetaleras hay hambre, desnutrición, enfermedades y muerte; también hay tristeza y preocupación. El precio en el mercado internacional del aromático cayó por debajo de los 50 dólares las 100 libras; durante años fue de entre 120 y 140 dólares. Salvo entre 1995 y 1997 en que el grano logró precios récord así ha sido desde 1989, fecha en la que las cláusulas económicas de la Organización Internacional del Café (OIC) se rompieron.

Detrás de cada taza de café que se consume se esconde hoy una situación explosiva. Durante los últimos siete años, miles de pequeños caficultores y trabajadores agrícolas hambrientos han tomado carreteras y oficinas públicas de varias naciones centroamericanas. En las localidades que viven del aromático ha crecido la migración, los robos, la violencia y la inquietud por sembrar estupefacientes. En muchos hay la tentación de meterle machete.

Si la tendencia sigue el desastre económico y social se convertirá en una catástrofe ambiental. El arbusto del café crece en laderas acompañado de árboles que le dan sombra. Cortar los cafetos–que tardan cuatro años en comenzar a producir–para cosechar maíz o crear pastizales para alimentar ganado erosionará los suelos y deforestará zonas arboladas.

La situación es urgente y dramática. Las luces de alarma se han prendido. Los cafetaleros han mandado un angustioso SOS a sus gobiernos, a las empresas agroalimentarias y los consumidores de los países desarrollados.

 

El café y la región

El café llegó al continente americano a finales del siglo XVIII. Cien años después se convirtió en un cultivo clave en México y los países que forman Centroamérica. Aspectos centrales de la vida económica, social, ambiental y cultural de estas naciones giran en torno a este grano.

A diferencia de productos agrícolas como el banano cuya producción está en manos extranjeras, la siembra del aromático es efectuada, en la mayoría de los países del área, por nacionales. No puede decirse lo mismo de la comercialización en gran escala y su exportación. Estos eslabones de la cadena productiva, con mucho los más lucrativos, están controlados mayoritaria y crecientemente por las grandes compañías trasnacionales –de manera directa o a través de filiales- que dominan en el mercado mundial. En Honduras, cinco exportadoras tienen el control del 52 por ciento del mercado, y dos son propiedad de las multinacionales Newman y Volcafe. Cinco grandes compañías extranjeras con sucursales en México (AMSA, Jacobs, Expogranos, Becafisa-Volcafé y Nestlé) dominan la mayor parte de la cadena de comercialización.

La caficultura es vital para la economía de la región. Entre 1990 y 2000 el área obtuvo por concepto de divisas un promedio anual de alrededor de mil 700 millones de dólares, el 11 por ciento total de los recursos obtenidos por concepto de exportaciones. Durante las últimas dos décadas la cafeticultura fue la actividad económica de mayor importancia para Honduras, superando la producción del plátano y la madera. Contribuyó a su PIB durante los últimos años entre el 5 y el 8 por ciento. En El Salvador las ventas del aromático al exterior alcanzaron el 7.7 por ciento del PIB durante 1985 aunque cayeron al 1.9 por ciento en el 2001. En Nicaragua el café representó el 25 por ciento de las exportaciones globales entre 1995 y el 2000. En México fue uno de los principales productos de exportación agropecuario y permitió el ingreso de divisas por unos 600 millones de dólares al año en promedio durante la última década. Cerca del 6 por ciento de la población económicamente activa de este país depende del cultivo para ganarse la vida.

Para las naciones donde se siembra, más allá de las divisas que genera, es fundamental por la cantidad de mano de obra que absorbe en el medio rural. Aproximadamente un millón 600 mil personas derivan, al menos parte de su empleo, de actividades cafetaleras. Esto significa que el 28 por ciento de la población económicamente activa en Centroamérica deriva parte de su empleo y de sus ingresos del café. En Nicaragua es aún mayor: el 42 por ciento; también lo es en Guatemala: el 31 por ciento. En Costa Rica alcanza el 28 por ciento. En Nicaragua ocupa el 13.5 por ciento del total de los empleados en el país.

Se estima que por cada productor hay ocho jornaleros agrícolas dedicados a la caficultura. Durante la última década en El Salvador esta actividad económica generó 155 mil puestos de trabajo permanentes como obreros agrícolas. Estos trabajadores tienen promedios salariales de 7.6 dólares por día, en el caso de Costa Rica; 3.6 en El Salvador; 3.2 en Guatemala 3.2; 3.0 en Honduras 3.0 y 2.3 Nicaragua 2.3.10

Aunque en algunos países una parte significativa de la producción se concentró en las manos de grandes finqueros que formaban parte de oligarquías autoritarias, es relevante el número de pequeños productores que participan en esta rama productiva. Las reformas agrarias en países como México, Nicaragua y El Salvador afectaron sustancialmente las grandes concentraciones de tierra, cambiando la composición social de los productores del sector.

En el área hay 300 mil productores directos, de los cuales 200 mil son pequeños productores. En Guatemala existen 62 mil 649 productores pero se emplean 2 millones 250 mil trabajadores a lo largo de toda la cadena productiva. En Honduras existen 112 mil productores. En México, el último censo arroja una cifra de alrededor de 480 mil productores y más de 3 millones de jornales.

 

El desastre

Berta Cáceres es una cafetalera salvadoreña acomodada. Su situación es muy difícil. “Desde hace unos cinco años – dijo El Diario de Hoy– ya no sacábamos para pagar, he tenido que vender 30 reses cada año. Hemos vendido equipos de riego y hemos suspendido la luz eléctrica… todo lo bonito que teníamos en la propiedad. De lo último que nos quedaba, este año hemos tenido que lotificar cincuenta más. El café no da para pagar.”

Efectivamente, para los productores de café llueve sobre mojado. Aunque durante la última cosecha tuvo un pequeño repunte, el precio internacional del aromático se ha derrumbado hasta llegar a un piso histórico y no hay expectativas de que la situación vaya a mejorar significativamente en el corto plazo. La crisis de sobreproducción y la especulación en las Bolsas parece haberse hecho permanente.

En Centromérica, además, el derrumbe económico coincidió con todo tipo de desastres naturales. En 1998 el Huracán Match devastó infraestructura y sembradíos. Dos temblores destruyeron San Salvador en enero y febrero de 2001. A finales de 2001 la tormenta tropical Michelle dañó Honduras y Nicaragua. Y desde la primavera de 2002 la región padeció una severa y prolongada sequía, que produjo pérdidas agrícolas por arriba del 80 por ciento en varias regiones de Guatemala y el Salvador. La ONG Interaction calculaba en abril de 2002 que cerca de un millón de personas sufría de problemas de seguridad alimentaria.

Esta situación se ha agravado en la región por la implementación de políticas de ajuste y estabilización que han afectado severamente al sector agropecuario. En Guatemala, por ejemplo, se cerró la oficina que proporcionaba servicios técnicos a los productores. Las funciones de regulación y redistribución que en algunas de estas naciones desempeñaron institutos o compañías estatales han dejado de desempeñarse.

A ello hay que sumar el efecto negativo de las políticas cafetaleras puestas en práctica por los gobiernos de los países del área. No es exagerado señalar que, en distintos momentos, el mundo del café ha sufrido mecanismos “confiscatorios”. Por ejemplo, en Nicaragua la mayoría de los gobiernos han seguido una política fiscal discrecional hacia el café. Los recursos obtenidos gracias al aromático han sido utilizados como una especie de caja chica que para enfrentar los requerimientos financieros de terremotos, erupciones, guerras, sequías e inundaciones. A pesar de que el Fondo de Estabilización de Precios creado en la década de los ochenta fue financiado con los recursos de los productores, éstos no recibieron apoyo en momentos clave.

La crisis de la actividad cafetalera ha provocado severos problemas económicos, sociales y ambientales a las naciones que integran el área. En términos económicos se aprecia un franco deterioro de la rentabilidad, principalmente de los pequeños y medianos caficultores y sus cooperativas. Ello ha propiciado una reducción de las inversiones y, por ende, una mayor contracción del empleo y los ingresos. Las exportaciones agrícolas y la generación de divisas han caído. El aumento del desempleo ha profundizado los niveles de pobreza de las familias rurales y forzado la migración. Muchos productores han destruido sus huertas para sembrar alimentos básicos, reduciendo los servicios ambientales que prestaban.

Los ingresos provenientes de las exportaciones en Centroamérica disminuyeron de mil 700 millones de dólares anuales en promedio a 938 millones en 2000/2001 y 700 millones de dólares en 2001/2002. Por supuesto, la caída en las exportaciones dañó la balanza de pagos y afectó la actividad económica en su conjunto. La crisis del café ha provocado un verdadero desastre financiero en varios de estos países.

Por si fuera poco, además de la caída drástica en sus ingresos, los productores de la región padecen ausencia de créditos y altas tasas de interés, así como costos al alza de insumos, transporte y mano de obra. Las carteras vencidas han provocado la pérdida de unidades de fincas y huertas, la incapacidad para contratar nuevos créditos, y el colapso de las instituciones financieras. Cada vez más, la función de financiamiento ha sido asumida por usureros.

Una encuesta levantada por el Banco Mundial en Nicaragua y El Salvador en 2001 indica que l os pequeños productores tienen grandes dificultades para conservar sus huertas. En muchos casos han dejado de practicar las labores culturales. Ello ha provocado que distintas plagas afecten severamente su productividad. Multitud de cultivadores no fertilizan y no efectúan trabajos de desyerbado. Los rendimientos han caído casi la mitad. Es común que se pague en especie.

Comparada con los tres años anteriores la demanda laboral disminuyó durante 2001 el 30 por ciento en Guatemala, Honduras y Nicaragua, 20 por ciento en El Salvador y 12 por ciento en Costa Rica. En total, se han perdido 42 millones de días de trabajo, o 170 mil empleos de tiempo completo. Los ingresos han caído en 140 millones de dólares. Los jornaleros agrícolas quedaron desamparados: no se benefician de las ayudas gubernamentales que en algunos países se han dado a los productores.

Simultáneamente, ha surgido un mercado que genera grandes ganancias a los grandes intermediarios, en particular a los tostadores y a promotores de marcas. Las corporaciones transnacionales han aumentado significativamente su presencia en los mercados nacionales, sea como compradores, procesadores o minoristas.

Gilberto Recinos, un pequeño productor de Huehuetenango, Guatemala, resume así el drama: “Los pequeños productores dependen directamente del café. Si no deja un buen recurso, el nivel de vida se viene abajo, no hay recurso para comida, vivienda, incluso para el mantenimiento del cultivo. Se carece de todo, no hay para poderla pasar. La mayoría está sufriendo o aguantando la gran crisis.

“Antes se beneficiaba a la gente directa o indirectamente con el café; los trabajadores, los fleteros tenían de donde. Hoy en día, cualquiera ve las consecuencias. Se redujo la cantidad de trabajo, los salarios, el negocio; ya no se construye. Afecta la educación, la salud, la migración a México, a Estados Unidos o a la capital los que tienen recursos. ¿Y los que no?… ¡Estamos lavados”!11

 

Ataúdes

Febrero de 2003. En un hospital ubicado en el oeste de El Salvador—cuenta el diario Noticias del Café–Adán Domínguez lucha contra una grave desnutrición.12

Adán comparte la sala con otros 32 bebes que, como él, se encuentran al borde de la muerte. Infantes, todos, hijos e hijas de pequeños caficultores o de trabajadores agrícolas que laboran en la recolección del aromático. Hambrientos, enfermos de pobreza y de escasez. Víctimas todos, de la crisis que derrumbó los precios del grano.

Según reportes del Ministerio de Salud de ese país durante el año 2002 fallecieron por hambre 52 niños cafetaleros menores de 5 años y la malnutrición afectaba a más de 4 mil de ellos. Los médicos encargados de atender la tragedia la explicaban diciendo: “Mucha gente que depende del café está ahora sin empleo. Es cada vez más duro para las familias proveerles atención a sus hijos”.

Divina Belmonte, vocero de la UNICEF coincidió con este diagnóstico. “Un incremento en la desnutrición infantil se ha reportado en varias zonas productoras de café en el Salvador,” afirmó, y añadió: “La comida se ha vuelto más y más escasa, particularmente en las provincias de Achuapan, Sonsonete, Santa Ana y La Libertad, donde cerca de 30 mil familias padecen hambre como resultado de la caída de los precios del café a casi la mitad durante los últimos tres años”.13

Según datos del Sistema Básico de Salud Integral SIBASE, durante el 2003 habían muerto 12 niños por desnutrición y otras patologías asociadas. Un año antes, en el municipio de Tacuba, Ahuachapán un total de 40 menores fallecieron por la misma razón en 4 municipios de Ahuachapán.14 La gravedad de la situación obligó, en julio de 2003, al Programa Mundial de Alimentos (PMA) a emprender la distribución de raciones de maíz, arroz y productos fortificados a más de 10,000 familias, en dos de los principales departamentos del país que reúnen aproximadamente un 30% de la producción salvadoreña del grano.

La hambruna también llegó a Guatemala. Según la Agencia de Desarrollo de Estados Unidos (AID), en 2002 este país experimentaba “una crisis de aguda desnutrición infantil generalizada, provocada por los efectos acumulados y exasperantes de la sequía y el empleo muy reducido en el sector cafetero. La información censal más reciente indica que más de 30 mil niños en 91 municipalidades sufren de desnutrición aguda. De estos, más de 7 mil se encuentran en estado de consunción moderado o grave”.15

Tan grave seguía siendo la situación este año que, de acuerdo con el testimonio de un médico guatemalteco “lo que está sucediendo es una catástrofe. Siempre ha habido pobreza y desempleo temporal, pero nunca he visto un hambre tan real como ahora. Literalmente la gente no tiene para comer más que tortillas.”16

En Nicaragua, país vecino, la situación no es mejor. A José Manuel Rodríguez, de cinco años, oriundo de la comunidad Kansas City, municipio de Rancho Grande, no le alcanzó la vida de tanta hambre. Lo mismo les sucedió a Daniela Díaz y a Alexander Díaz, ambos de dos años de edad. Entre junio de 2002 y febrero de 2003 veintiún pequeños murieron de desnutrición y enfermedades relacionadas a ella. Los meses que siguieron no fueron mejores. Uno tras otro, los decesos alimentaron las frías estadísticas.

“Yo tenía cuatro hijos pero uno que tenía de 15 meses falleció el jueves por desnutrición, falta de alimentos y medicinas; tengo otros tres niños enfermos pero necesito que me ayuden porque mi casa es de plástico y no tengo a donde ir cuando llueve”, relató Yessenia Martínez, una de de las miles de campesinos hambrientas en el norte de Nicaragua, en septiembre de 2002.17 Durante la marcha que desde las montañas hasta Matagalpa realizaron en agosto de 2003 los jornaleros del café para enfrentar la hambruna provocada por la crisis, y en la que, de acuerdo con el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos fallecieron 14 personas, entre las que se encontraban dos niños. Marlyn, una madre de 22 años de edad con un hijo de 16 meses que participó en ella, decía sollozando: “Ahorita vamos sin comer y ya no aguantamos. Esto está tremendo. No hay trabajo y los niños se nos están muriendo de hambre porque ahora ya no hay ni guineos en el campo.”18

Con las regiones cafetaleras infestadas por mosquitos, los brotes de malaria y dengue no tardaron en hacerse presentes. “Las mujeres y los niños son los que van a ser más afectados”, declaró, desbordado, el doctor Juan Carlos Sánchez, director del SILAIS de Matagalpa.

Los 66 millones de dólares donados por el PMA como ayuda de emergencia a los países de la región, y los 60 millones de dólares otorgados por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos resultaron, a todas luces, insuficientes para combatir la desnutrición.

Tan aterradora era–es–la situación que en el informe de la alcaldía de Matagalpa se señaló que entre enero y agosto de 2002 el rubro de “Donación de Ataúdes” al sector rural alcanzó la cifra de 120, muchos de ellos para infantes. Un año antes la cantidad de féretros entregados había sido de sólo 50.19

 

La otra frontera

Durante los comicios locales de 1991, el entonces opositor Partido de Acción Nacional (PAN) postuló como su candidato a la Presidencia Municipal de Huixtla, Chiapas, a Carlos Toledo, un médico apreciado por los habitantes. Preocupados por el avance blanquiazul, los alquimistas electorales del PRI decidieron tratar de ganar haciendo votar a los trabajadores guatemaltecos sin papeles de las fincas de café. Les ofrecieron seguridad en el empleo, estancia, transporte y una pequeña recompensa económica, al tiempo que los capacitaban sobre cómo sufragar. Para que no olvidaran por quién deberían hacerlo les dijeron: “no lo olviden, voten por el símbolo de la bandera nacional.” Cuando el día de las elecciones llegó finalmente, los alquimistas priistas se llevaron un tremendo disgusto. Los chapines siguieron fielmente las instrucciones que les habían dado: cruzaron el círculo con los colores del emblema patrio, pero no el del mexicano sino el guatemalteco, es decir, el blanquiazul del PAN.

Los jornaleros agrícolas que hace trece años propinaron involuntariamente un descalabro al PRI no eran, ni con mucho los primeros en llegar al Soconusco. Como lo ha explicado Daniela Spencer, el “refugio” en las fincas cafetaleras chiapanecas se convirtió para los indios chapines en la manera de huir del maltrato en su país.20 Entre México y Guatemala hubo, durante muchos años, una larga tradición de libre tránsito y comercio, tanto que es hasta 1917 que se establece en Chiapas la oficina de Migración. Los flujos migratorios de centroamericanos hacia México no provienen de los últimos veinte años sino que tienen muchos más, aunque el mayor tránsito de jornaleros estacionales se produce a partir de 1965.

El Soconusco es un corredor natural que conecta al Istmo de Tehuantepec con Centroamérica. La región forjó su riqueza con el cultivo del café al principios del siglo XX. Estableció un nuevo patrón de asentamiento en base a la economía de plantación agroexportadora. El aromático era exportado a Europa desde lo que hoy es Puerto Madero. En 1908 se construyó el tendido férreo y en 1965 la carretera Panamericana. Por estas vías de comunicación transitan hoy no sólo las mercancías sino la fuerza de trabajo que buscan llegar a la frontera norte.

Cada año alrededor de 200 mil guatemaltecos se trasladan a México para laborar en las fincas. Pero no son ellos los únicos que cruzan la frontera. El Soconusco es, también, y cada vez más, una región de tránsito. Y tan lo es que en el sur se aprehende cada dos minutos a un indocumentado. Durante 2003 se detuvieron a 187 mil migrantes sin papeles. Cerca del 40 por ciento de ellas se realizaron en Chiapas. Este año, según datos del Instituto Nacional de Migración (INM), la cifra muy bien podría llegar al doble. El 90 por ciento provenían de Guatemala, Honduras y El Salvador.

La frontera sur se ha convertido en un panteón sin cruces para los migrantes centroamericanos. Al cruzarla son arrollados por el tren, apuñaleados por bandas delictivas, extorsionados por policías y elementos del Ejército. No son pocas las mujeres violadas y asesinadas. Las familias se dividen.21 Unas 100 bandas de traficantes de indocumentados que operan en la zona fronteriza son los encargados de introducir a quienes buscan llegar a Estados Unidos.

 

El migrante

Apenas llegas a Tecún Umán rumbo a Tapachula y te vuelven a extorsionar. El camino desde El Salvador te parece largo, aunque apenas se inicia. Dejaste atrás familia, propiedades y tu cafetal. Estás endeudado hasta el cuello. Sabes que no debes salir a la calle después de las seis de la tarde. Es demasiado el riesgo. Es ciudad de todos y de nadie, ruta de drogas y armas. Territorio de polleros. Ciudad de hortelanos, tricicleteros, cambistas, restoranteros que viven de gente como tú; de gente que está de paso.

Llegar hasta allí ya ha sido peligroso. La Patrulla Fronteriza entrena a los kaibiles. Les da tecnología. Ahora, para empezar a sufrir no tienes que llegar hasta Estados Unidos. La mano dura comienza en tu país. Y luego se hace aún más dura en México. Vaya que este país le cuida bien el patio trasero a Washington, más aún desde que el Plan Sur selló la frontera. Ya lo dijo Santiago Creel: el gobierno mexicano “está preparado para quebrar el creciente flujo de extranjeros que utilizan el país como un punto de tránsito en sus esfuerzos para entrar a Estados Unidos”.

La casa donde aguardas el momento del cruce es insuficiente para todos los que esperan. Estás hacinado. En la noche te encierran con candados y guardias armados. Te han dicho que serás parte de una cuadrilla que se dirige a trabajar a los campos agrícolas del Soconusco utilizando papeles falsos. Deberás cargar machete y costalera. Tú no cruzaras el Suchiate en una llanta, ni a nado como tantos otros lo hacen. Pero debes enseñarte a hablar como mexicano, saber de este país aunque estés en él sólo de paso. Por diez dólares te han vendido un manual. Allí lees quienes son los Niños Héroes, cómo se llama la esposa del presidente de México, como los colores de la bandera son los mismos que los de la Virgen de Guadalupe. Otros compatriotas tuyos hasta credencial de elector han conseguido.

Quisieras viajar en un camión de plátanos. Tiene aire acondicionado. No te vas a asfixiar. Pero la plata no te alcanza. Tampoco para uno de gallinas. Irás en tren. Estás joven y fuerte. Puedes resistir el paso de los días. No usaras lancha. Estás enterado de lo que luego pasa con los que se van en tiburonera hasta Salina Cruz y de ahí hasta Acapulco en bote. De lo que sufren con el mar embravecido. Como pasó un 16 de agosto cuando se hundieron dos lanchas, una con veinte viajeros, otra con treinta. Ninguno volvió a la playa. No, eso de que “o te matan o te mueres” no es para ti.

No estás al tanto de los números. Pero intuyes que no son pocos. Los viajeros como tú mueren en el mar, en los ríos, en los puentes, en las vías del tren, en los trailers. El Centro de Recursos Centroamericanos en El Salvador habla de que entre 1997 y 2000 cerca de 25 mil centroamericanos desaparecieron buscando alcanzar el sueño americano. Diez mil eran salvadoreños. De ellos nada se sabe.

Ya estás del lado mexicano. Aguardas el tren, a la bestia, como le dicen por aquí. Las estaciones apestan. Esperas horas y más horas. Hay otros como tú. Se resguardan en cementerios, en baldíos, debajo de los puentes. Conforme avances en tu recorrido la vigilancia se irá haciendo cada vez mayor. Los soldados cuidan ya los rieles. Tú itinerario no ha sido trazado por ninguna agencia de viajes. Las rutas, los operativos de la migra, tu cansancio, tu suerte, la acabarán escribiendo.

La máquina llega. Cuando las ruedas del convoy comienzan a moverse, te trepas. Corres, corres rápido. Te tienes que colgar. Si te tropiezas es el fin. ¿Cuántos como tú no han sido mutilados? ¿Cuántos no han perdido piernas o brazos? Cada mes llegan al hospital regional de Tapachula siete u ocho con este tipo de lesiones.

Mala suerte. Este ferrocarril no transporta granos ni arena. Pero, por lo menos, no llueve. Mejor no te metes al vagón. Si lo cierran, te asfixias. Viajas arriba, como mono, cuidándote de los cables de alta tensión. En los túneles te pasas al estribo y te amarras los brazos con alambre. No puedes dormirte. Un parpadeo y te caes. Te cubres del frío con un nylon. Te envuelves las manos. En túneles y días de frío el acero de tren se congela.

Esta vez no se subieron pandilleros. Se trepan a robar y te avientan del tren. Para ellos 50 pesos pueden costar tu vida. Son los Maras. Te corretean, te alcanzan y te agarran a golpes. Te pegan en la cara y en el cuerpo. Te lanzan contra las vías. Abusan de las mujeres.

Cuando los agentes de migración se suben corres a la parte delantera y saltas. No importa que la bestia se mueva. No te alcanzan. Al pasar un nuevo tren vuelves a correr, solo para bajarte en Huamantla. Es que cerca de Apizaco, al final del túnel más largo, hay un retén. Cuando ves una antena con un foco rojo que anuncia la llegada a Lechería vuelves a hacer lo mismo. Allí arriban la mayoría de los ferrocarriles de carga que se dirigen al norte. Es la frontera de en medio. Seguro te cazan. Si no son los hampones es la policía. Abuso seguro. Le llaman la frontera de en medio. La historia se repite. Rodeas la estación y aguardas al tren más adelante. Desde allí salen los cargueros rumbo al norte.

Tu mirada ya es muy otra. Lo mismo sucede con los que viajan contigo. Se va enturbiando, se va endureciendo a base de penurias, de miedos, de esperas, de horrores. Tu olor ya es otro. No sólo por el sudor y la tierra. Poco a poco se te pega el olor a muerte en la piel. A eso huelen los albergues que a lo largo del camino asisten a los viajeros.

Te enfilas rumbo a Coahuila. Allí llegan los cargueros. Quieres cruzar por Piedras Negras o Ciudad Acuña. Crees que la vigilancia es menor. Pero guardias privados resguardan los trenes. Son violentos. En menos de un año tres migrantes fueron asesinados en Coahuila. A Elmer Alexander Batrahona lo mataron a balazos. A Isamel Jesús Martínez lo asesinaron a pedradas en noviembre de 2002. Lo hicieron empleados de una empresa que se llama Sistemas de Protección Canina. Es la encargada de custodiar el ferrocarril. Su presidente es Miguel Nassar Daw, hijo de uno de los principales responsables de la guerra sucia en México.

En Saltillo te detiene la policía. Te golpean y te bajan lana. Ya lo sabes, tiene razón Gabriela Rodríguez Pizarro, Relatora Especial para los Derechos Humanos de los Migrantes, cuando dice que en México existe un clima generalizado de hostigamiento y aprovechamiento de la vulnerabilidad del migrante. Ya lo sabes: cuando Vicente Fox ofreció en septiembre de 2000, en El Salvador, realizar esfuerzos extraordinarios para que se respeten los derechos humanos de los migrantes, eran meras palabras. Lo mismo hace con los mexicanos. No es nada personal.

Llegas a Laredo. Ya estás en la frontera. Salvadoreños como tú trabajan fuera del ayuntamiento. Lavan las camionetas a los encargados de la ley. No puedes pasar desde allí al otro lado. La operación Hold the Line, o Río Grande como le llaman del lado mexicano, no deja hueco. Te mueves a Las Antenas, a 14 kilómetros. En la orilla del río hay unas pequeñas playas. Le pagas a los pateros–como le dicen en estos rumbos a los polleros–por usarlas y por esconderte en los matorrales. Ellos, a su vez, se caen con su cuota por “derecho de piso” con los Z, los gatilleros de Osiel Cárdenas, el jefe del Cártel del Golfo.

Te lanzas al río. Las aguas te arrastran. Cuando alcanzas la otra orilla comienzas a buscar la casa de seguridad. Allí aguardas hasta que te meten en un camión con 60 personas más. Así murieron varios paisanos tuyos en Victoria, Texas. Pero no estaba escrito que a ti te tocara. Te enfilas rumbo a Georgia. Allí está tu primo trabajando en la pizca. Todo vuelve a comenzar.

 

Exodo

La migración cafetalera es sumamente vulnerable. Los productores y jornaleros del café son el último eslabón de la historia migratoria hacia Estados Unidos. Llegan a ella con la frontera cerrada, tarifas encarecidas, carencia de redes de apoyo y desconocimiento de la geografía y la urbanización.

Para emigrar los caficultores deben endeudarse. Empeñan parcelas y casas. Deben pagar intereses de, cuando menos, 20 por ciento mensual. Cada día que pasa es un dinero más que se debe. Llegar pronto a su destino es una necesidad. Por eso se mueren en el desierto. Por eso tanta muerte.

Con frecuencia caen en manos de polleros abusivos. Cuando los introductores son de la misma región están obligados a tener una cierta responsabilidad con la familia, y a cuidar su “cargamento”. Pero cuando son desconocidos no tienen compromiso alguno ante nadie. La novedad del traslado al norte hace que el viajero caiga con frecuencia en manos de polleros que los venden o los abandonan. Son víctimas fáciles de asaltos y extorsiones. Todo mundo los explota.

El caficultor que emprende la marcha hacia el norte no va preparado. Llega sin botas, sin agua, cargando dinero. En lugar de hacer el trato desde el pueblo o a través de conocidos en alguna ciudad de Estados Unidos, el acuerdo se establece en estaciones de autobuses y ferrocarriles. No es extraño que sucedan entonces hechos como el acaecido en marzo de 2002, cuando cuatro jóvenes chiapanecos fueron encontrados flotando muertos en el canal All American en California, a unos cuantos metros de suelo estadounidense.22

Alan Bersin, uno de los estrategas de la Operación Guardián explicaba así la complejidad del cruce para los nuevos migrantes: “Ahora, los que ingresan ilegalmente deben atravesar terrenos extremadamente difíciles, cañones profundos y rocosos, llenos de matorrales espinosos y duros, prácticamente sin agua y con picos que ascienden a 6 mil pies, o a través de desiertos pintorescos pero desolados y peligrosos. Aunque anteriormente cruzaban en áreas con acceso casi inmediato a las carreteras, hoy es una caminata ardua de dos o tres días, para llegar a las carreteras. Los guías son más necesarios que nunca y cobran según y conforme”.

“Las personas superfluas son baratas. La inmigración clandestina rebaja el precio de la mano de obra” , escribió Enzesberger.23 Muchos nuevos migrantes no hablan español o no es ese su primer idioma. Es común que en Estados Unidos no haya traductores para su lengua. El hecho es fundamental para recibir atención médica o defensa legal. En los ochenta, el trique Adolfo Ruiz Álvarez y el mixteco Santiago Ventura Morales fueron encarcelados en Oregón, por no saber inglés ni español. Álvarez fue internado en una clínica siquiátrica y sedado durante más de dos años, mientras que Ventura estuvo injustamente preso cuatro años.

Los nuevos flujos migratorios se dirigen hacia lugares a los que los migrantes no se dirigían anteriormente. Los destinos son estados ubicados en la Costa Este como Georgia, Alabama, Tennessee, o las Carolinas. Las condiciones allí son más difíciles. Al llegar deben vivir en puentes, cuevas y en el campo, además de sufrir la discriminación, en no pocas ocasiones de sus compatriotas ya establecidos.

Las condiciones de traslado, el cruce y los cambios alimenticios hacen disminuir las defensas y los exponen a múltiples enfermedades. Diversos casos de tuberculosis se han manifestado en ciudades como San Diego, Los Angeles, Santa Ana. Es fácil contagiarse cuando varios viajeros quedan encerrados en la cajuela de un automóvil por horas. Durante 2004, en Orizaba se detectaron 30 casos de centroamericanos enfermos de paludismo y uno de ellos murió. Y sanar allí es más complicado. “ Hay gente que regresa enferma del norte,”cuentan en la comunidad chinanteca de Santiago Yaitepec. “Allá no hay curanderos, porque se van sólo los jóvenes, las personas grandes no salen de su pueblo, y los jóvenes no saben curar. Puros muchachos de 25 años o menos son los que salen para el norte, los grandes ya no quieren ir.”

Estados Unidos no es el único destino. Es notable, también, la migración de jornaleros nicaragüenses a Costa Rica pues en ese país ganan el doble de lo que reciben en el suyo. Tan delicada se ha tornado la situación para los finqueros nicaragüenses por la escasez de mano de obra que el presidente Enrique Bolaños declaró a fines de diciembre de 2003, que, debido a la falta de brazos, podrían perderse hasta 200 mil quintales.

La investigadora Edith F. Kauffer Michel ha descrito las vías migratorias que siguen los centroamericanos en la frontera sur.24 De acuerdo con su estudio, ahora atraviesan a México por Tabasco y Campeche y no sólo por Chiapas. Estas rutas son: la Costera, que se realiza en ferrocarril partiendo de Tapachula para llegar a Arriaga. La Sierra Madre: desde Motozintla, La Angostura y Comitán. La Fronteriza: que es la segunda vía de mayor importancia, y se realiza a través de caminos de extravío. La Selva: que sale por Veracruz. La Marítima: originada en Puerto Cahmperico (Guatemala) hasta Huatulco, Oaxaca. La Aérea, emprendida por quienes tienen papeles. Y, desde Tabasco: el corredor planicie y el corredor Tenosique.

En Chiapas el crecimiento de la migración ha sido explosivo. El banderazo de salida se dio con las torrenciales lluvias de 1998 en la que se dañaron las cosechas de 400 mil hectáreas y murieron 400 personas. La crisis del café la alimentó. Y el paso de los hondureños la estimuló, al mostrar el camino. Por lo menos 30 municipios de Chiapas se han incorporado a la migración. Unos 30 mil chiapanecos salen cada año a Estados Unidos. A fines de 2004 habrá cerca de 300 mil de ellos, más del 65 por ciento campesinos e indígenas.25 En 1997 Chiapas ocupaba el lugar 27 en las entidades que reciben remesas, en 2001 pasó al sitio 15, en 2003 al 12 y este año al 11. En 2003 recibió 260 millones de dólares. Sólo en el segundo semestre de este año obtuvo los 227 millones de dólares. A final del año alcanzará 500 millones.

Según el investigador Jorge Cruz Burguete, hay 136 agencias de viajes en Frontera Comalapa, Chiapas, con autobuses que salen una vez a la semana a Tijuana. Carteles, anuncios en radio y carros con altoparlantes anuncian las salidas por todo el estado. Las agencias permiten el pago en abonos. El negocio se inició, de acuerdo con Alberto Najar, por emprendedores como Rosalinda Quiroa, del poblado Carrillo Puerto, a media hora de Tapachula quien acostumbraba organizar las peregrinaciones del pueblo a La Villa.26 Cuando Doña Rosalinda se dio cuenta que muchos jóvenes se seguían de largo a Tijuana o Ciudad Juárez contrató uno de los camiones y comenzó a ofrecer el servicio. Un año después compró su propio autobus y luego otro más.

La migración no se limita a los de abajo. Los hijos de los finqueros chiapanecos han debido seguir también la ruta hacia Estados Unidos. Son ellos los encargados de mantener al flote el orgullo familiar. Durante años tocados por el cielo, calzaban botas de piel, manejaban grandes camionetas y despreciaban a los indios. Ahora, los que no se han ido al norte deben usar botas de hule y llevar ropa remendada. Los señores de la tierra usan los dólares de las remesas para contratar trabajadores estacionales. Y, como una ironía de la vida, los polleros tratan por igual a finqueros y jornaleros. Para él todos son pollos.

 

Migración y identidad cultural: Morir un poco

¿Cómo afecta la migración a las comunidades indígenas cafetaleras que han mantenido viva su identidad étnica y comunitaria?

Hace más de diez años, escribe el investigador Daniel Oliveras de Ita, salieron de San Juan Quiahije, en la región chatina de Oaxaca, los primeros cuatro hombres que llegaron al norte.27 En ese momento empezó la migración hacia Estados Unidos en la región chatina. Su principal actividad económica era el cultivo del café, trabajando como asalariados temporarios o productores dependientes en fincas cafetaleras de la región.

Antes de irse al norte, los viajeros buscan a los curanderos. Los chamanes los envían a poner velas a los santos, por ejemplo a Santiago Yaitepec, o a la virgen de Juquila o a San Juan Quiahije, según los santos que los curanderos manden. Los manda a que se purifiquen y tienen que guardar (no tener relaciones sexuales con la mujer) entre siete y trece días. Tampoco pueden decir groserías, ni pelear; deben portarse bien y andar derechito para que el favor pedido sea concedido.

A los que se van al norte sin consultar a los curanderos les va mal, es entonces cuando se comunican con sus padres o mayores y les cuentan su situación. La familia los representa y va a consultar a los curanderos que les dicen qué hacer para cambiar la suerte del pariente que está del otro lado. Los mandan a llevar las velas a los santos y a los difuntos del panteón.

Antes de irse al norte los jóvenes, narra Narciso García Urbano de Santa María Yolotepec, van con los curanderos que comen el santo hongo (kui ya jo). Ellos al comer los hongos ven el destino de las personas que se van a trabajar. Ven si van a poder cruzar la frontera o si tendrán algún problema en el camino, si van a encontrar trabajo y les va a ir bien. Ven y descubren si uno va a fracasar en el norte. También van al panteón a pedir permiso y salud a sus difuntos, a sus abuelos. Van a pedirles ayuda a su tumba para que los cuiden en el camino, para que no les pase nada, encuentren trabajo y regresen con bien.En Santiago Yaitepec afirman que m igrar al norte es morir un poco. En las ausencias de algún familiar, ya sea por muerte o porque está lejos trabajando, la familia sigue haciendo curaciones y rituales para los ausentes, con sus fotografías y sus ropas. En los cerros la gente golpea con una vara las prendas de difuntos y migrantes; también les prenden velas y piden para que en el lugar en donde estén paren de sufrir y se arrepientan de sus pecados.

La idea de todos los jóvenes es irse. Los adolescentes empiezan a migrar a los trece años. La mayoría se queda trabajando tres años en Estados Unidos y regresa a los diecisiete para cumplir con su primer cargo de topil, dando un año de servicio al pueblo. La gente católica que ha estado dentro de su familia no regresa de Estados Unidos tan cambiada. Siguen con sus cargos y prestan los servicios al pueblo. Pero ellos son gente que ha sido preparada dentro de las costumbres chatinas.

Hay otros, sin embargo, que no han sido preparados y no toman en cuenta las tradiciones y costumbres que hay en su pueblo. Ellos quieren imponer otras ideas, no quieren que nadie los mande, quieren ser los jefes. No aceptan tener un cargo menor porque regresan con dinero y se sienten poderosos. No obedecen las jerarquías políticas ni religiosas; cuando llegan quieren ser presidentes municipales.

¿Son los chinantecos de los que nos habla Oliveras de Ita una excepción o son la regla de lo que sucede con el resto de los pueblos indígenas dedicados a la caficultura? No se sabe. La migración ha transformado la lógica de la comunidad. Sus sueños y sus demonios. La ha obligado a reinventarse.

Como lo demuestran Jonathan Fox y Gaspar Rivera-Salgado, a pesar de las adversas condiciones que deben enfrentar los indígenas migrantes, desde Estados Unidos se las han ideado para construir un amplio abanico de organizaciones políticas, sociales y cívicas para luchar por sus objetivos estratégicos.28 La movilidad migratoria de los pueblos no los ha debilitado, sino lo contrario. Allí se ha creado y recreado identidades. Oaxacalifornia, esa comunidad imaginaria que incluye tanto los poblados donde los migrantes nacen en Oaxaca como las ciudades estadunidenses en las que viven, existe: es, el espacio de una sociedad civil trasnacional.

La carencia de papeles y los mayores riesgos en el cruce de las fronteras después del 11 de septiembre dificultan el regreso a sus países de quienes se han ido a buscar fortuna. Sin perspectiva de mejoría en los precios del café (el aumento en la última cosecha es coyuntural y sigue estando por debajo de los costos de producción), sin posibilidades de empleo en sus lugares de origen, establecerse en el norte es cada vez más un horizonte de vida para quienes alguna vez fueron productores de café.

 

Las respuestas

En septiembre de 2002 tres mil jornaleros agrícolas cafetaleros nicaragüenses y sus familias acampan en la Carretera Panamericana a la altura de la comunidad de Las Tunas, a 97 kilómetros de la capital. Su presencia interrumpe el tráfico. El miércoles 11 lo bloquean durante 10 horas. Es el corte pacífico más grande de Centroamérica.

La mayoría de los participantes llevan meses sin trabajo. “Queremos empleo, no pueden dejarnos con ‘trabajo por comida’. Queremos trabajos con salario, queremos trabajos estables”, dicen. Ciento veinte horas después de iniciada la protesta se alcanza una negociación.

Más que la regla, las Las Tunas ha sido una excepción en el mundo cafetalero. Lejos de que el descontento y la desesperación del sector se expresen con protestas abiertas la migración se ha convertido en su válvula de escape. Por supuesto, el malestar ha brotado por todos lados. Pero ni lejanamente ha alcanzado el tamaño de la tragedia.

La crisis ha golpeado a las cooperativas de pequeños productores y a su lucha autogestionaria. Aunque ha estimulado y dado legitimidad al café orgánico, al comercio justo y la mercado gourmet ha quitado membresía a las organizaciones de base.

Ciertamente todos estos nichos de mercado se han hecho mayores con la crisis, al punto que, por ejemplo, Guatemala se ha convertido en el segundo exportador de cafés de calidad en el mundo, detrás de Colombia. La conversión hacia estos rubros ha sido apoyada por el Banco Mundial. La Agencia de Desarrollo de Estados Unidos (AID) ha destinado cerca de 20 millones de dólares para un programa de apoyo a la comercialización y la asistencia técnica en el área entre 2002 y 2006, como antes lo hizo para aumentar la productividad del café costarricense y tender así un cordón sanitario al "sandinocomunismo".29 Sin embargo, esta moda beneficia tan solo a un pequeño segmento de los productores y no resuelve las cuestiones centrales.

Es notorio el desinterés con el que las sociedades civiles de México y América Latina abordan la situación de los migrantes. La atención de los viajeros desvalidos ha corrido a cargo de organizaciones de voluntarios con recursos escasos, en su ma

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