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DELTA DEL RÍO COLORADO, BC-SONORA — Cuando se construyó la Represa Hoover cerca de Las Vegas, Nevada, en 1936, era la más grande del mundo. Colocó al Lago Mead como una joya en un hilo de oro constituido por la desértica serranía a lo largo de los 2 mil 320 kilómetros del Río Colorado entre las Montañas Rocallosas en Estados Unidos y el Golfo de California en México. Unos 30 años después, la Represa Glen Canyon creó el Lago Powell. Mientras, otros embalses adornaron la cadena acuífera. Brillaron en el sol del oeste, al tiempo que la administración federal los unió en una asombrosa red para regar y generar energía para el crecimiento de los Estados Unidos en el Siglo XX. Sin embargo, las alhajas de la expansión hacia el occidente tuvieron un alto costo para México. La vida que socorre al norte de la frontera se refleja en la muerte que prevalece al sur de ella.

El Delta del Río Colorado: Los habitantes montan campañas para preservar la poca agua que les escurre, obtener más, y restaurar el hábitat. Foto: Archivo

Desesperadas, algunas de las 200 mil personas de 1 mil 127 comunidades de la cuenca mexicana del Río Colorado han montado campañas para preservar la poca agua que les escurre, obtener más, y restaurar el hábitat. Es un proceso tormentoso, que no obstante empieza a dar frutos. Los habitantes llevan 25 años de monitoreo comunitario científico. Han creado pantanos, como la Ciénega de Santa Clara, el cual es ya el más grande e importante humedal en el Bajo Colorado y el Desierto de Sonora. Siembran mezquites y experimentan con un nuevo esquema de aprovechamiento del agua, al tiempo que rehabilitan viejos campamentos de caza para dedicarlos a la observación de aves. Han convertido la Reserva de la Biósfera Alto Golfo de California y Delta del Río Colorado en un centro de repoblación de especies silvestres únicas y amenazadas. Usan los principios de la reserva como motor del desarrollo sustentable. Fundaron una asociación de ahorro y préstamos para mujeres orientada a proteger la pesca comercial en el poblado de El Golfo de Santa Clara dentro de la reserva. Ahora quieren garantizar un mínimo del flujo de las aguas del Río Colorado para la agricultura así como para otras actividades. Tratan de evitar entre todos que los inversionistas de fuera logren un desarrollo desmedido en perjuicio del entorno.

Desafortunadamente, todas estas iniciativas podrían fracasar. Por ejemplo, si los agricultores reactivan la Planta Desalinizadora de Yuma, privarían a la Ciénega de Santa Clara de los flujos esenciales del Río Colorado provenientes del Canal Wellton-Mohawk. Si pavimentan el Canal Todo Americano en California para aumentar las entregas de agua de riego, la filtración a México declinará unos 80 millones de metros cúbicos al año. Eso implica la pérdida de 67% del hábitat y la vegetación del Delta. Hoy, estas y otras amenazas son motivos de peleas y pleitos transfronterizos y de preocupaciones sobre una guerra del agua. Pero hay posibles soluciones, y las oportunidades para la colaboración están a la mano. La ley internacional requiere la consulta binacional en las decisiones sobre los derechos al agua del Río Colorado. Una actitud más proactiva en ambos lados de la frontera impulsaría el progreso mucho más allá de lo exigido por el Tratado de Agua de 1944 que rige. En las 1.3 millones de hectáreas (3.1 millones de acres) de área de influencia del Colorado en México, los habitantes del Delta ya lo han demostrado. Si las represas del río escurrieran tan sólo dos metros cúbicos más por segundo, crearían una corriente permanente entre sus cortinas y el mar, necesaria para revitalizar el hábitat y la economía. La Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA) reconoció la obligatoriedad de tratar el impacto de la escasez del agua al inaugurar una Fuerza Binacional de Tareas Técnicas en el año 2000. Aún así, un compromiso mayor del gobierno mexicano en lograr la participación de Estados Unidos para alcanzar las metas de conservación y restauración fortalecería la posición de la gente del Delta.

La ley del río: Denominador común

En Estados Unidos el Acuerdo del Río Colorado de 1922 repartió 90% del agua a la agricultura de los valles Imperial y Coachella, así como a otras tierras en siete estados al norte de la frontera. El Tratado de Agua de 1944 entre Estados Unidos y México asignó el 10% restante (mil 850 millones 234 mil metros cúbicos por año) para cultivos mexicanos y otras empresas en el Valle de Mexicali. Estos instrumentos jurídicos y otros relacionados, que ahora se conocen como la Ley del Río, no dejan nada disponible para la pesca, la recreación o la vida silvestre, excepto en casos de excedentes extraordinarios.

Mural en Cúcapa El Mayor: El poderoso Colorado es un personaje omnipotente y siempre presente. Foto: Dahl McLean

Este esquema de distribución del agua que detonó la prosperidad para millones de personas en Wyoming, Colorado, Utah, New México, Arizona y California sacrificó a un sinfín de santuarios e inundó tierras ancestrales de los indígenas. Privó a la etnia cucapá de México, asentada en el Delta del Colorado en el estado de Baja California, de la herencia que le dio el significado a su nombre:

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