Recuento de primera mano del sufrimiento en Haití por huracanes: Un llamado de ayuda

Estimados Lectores:

Presentamos a continuación una carta escrita por Paul Farmer, cofundador de Partners in Health (PIH), organización internacional dedicada a proporcionar atención médica y sanitaria a los pobres. Paul Farmer es un médico muy reconocido que durante muchos años ha trabajado entre los pobres de Haití. En una carta fechada el pasado 6 de septiembre, el Dr. Farmer describe de primera mano los acontecimientos en una Haití destrozada por las inundaciones, diciendo: "Nunca he visto nada tan doloroso."

Cuando el alfabeto entero atacó a Haití—sobre ella pasaron los huracanes Fay, Gustav, Hanna y Ike en rápida sucesión—las formidables inundaciones y mortales deslizamientos afectaron, se estima, a unas 800,000 personas. El Dr. Farmer escribe que la ayuda internacional ha sido desastrosamente lenta en llegar, así que Partners in Health se ha puesto a la tarea de aportar lo que se pueda ante la abrumadora necesidad. Nos ha pedido que difundamos todo esto a nuestros lectores. Desde el Programa de las Américas les exhortamos encarecidamente a apoyar generosamente a nuestra organización socia, PIH, en el logro de sus esfuerzos. Las ligas para hacerles llegar sus donaciones se encuentran inmediatamente después de la carta.

Laura Carlsen

Estimados miembros de PIH,

Les escribo desde Mirebalais, el sitio donde nació nuestra organización, habiendo apenas vuelto de Gonaïves—quizás la ciudad más duramente golpeada por el huracán Hanna, que, pisándole los talon e s a Fay y a Gustav, empapó las montañas deforestadas de Haití y provocó tremendas inundaciones y deslizamientos de tierra en el norte y centro de Haití. Un amigo me dijo esta mañana: "Tengo 61 años, nací y me crié en Hinche. Nunca la he visto bajo el agua." Gonaïves, con 300,000 almas, se halla en mucho peor estado, como podrán apreciarlo en las otras fotos que incluyo. Las aguas en Hinche están bajando, pero desde las 5 p.m. de ayer, cuando salimos de Gonaïves, la ciudad seguía bajo el agua. Y los huracanes Ike y Josephine enfilan hacia acá mientras les escribo.

Casas inundadas en Hinche, la capital del
departamento central de Haití.
Foto: Paul Farmer

Todos a quienes copio esta nota han oído ya, lo más probable es que directamente de PIH, de estas tormentas y su impacto sobre Haití. Mis disculpas por escribir de nuevo y por pedir a mis propios colegas y amigos que consideren el envoi de más recursos—necesitamos alimentos, agua, ropa y, especialmente, efectivo (que podamos cambiar por todo lo anterior)—para que Zanmi Lasante, y así todos nosotros, podamos hacer nuestra parte para salvar vidas y preservar la dignidad humana.

La necesidad es desmesurada. Tras 25 años de trabajar en Haití, y habiendo crecido en Florida, puedo decir honestamente que jamás he visto nada tan doloroso como lo que acabo de presenciar en Gonaïves—excepto en esa misma ciudad, hace cuatro años. De nuevo, ustedes saben que 2004 fue un año especialmente brutal, y quienes colaboran con PIH saben por qué: el golpe en Haití y lo que se transformaría en el huracán Jeanne. Todos saben que Katrina mató a 1,500 en Nueva Orleans y en la Costa del Golfo, pero muy pocos fuera de nuestros círculos saben que lo que entonces era la tormenta tropical Jeanne, y que ni siquiera tocó tierra en Haití, mató aproximadamente a 2,000 personas tan sólo en Gonaïve s . Al entrar en el sitio esta mañana desde Mirebalais, veo que Ophelia ha hecho circular el ensayo que escribí sobre lo que constituyen, esencialmente, desastres que escapan a lo natural.

Nos enfrentamos a otra ronda de muerte y destrucción. Las montañas desnudas de Haití prometen más catástrofes no naturales. Sabemos que lo necesario a mediano y largo plazo es un programa de reforestación masiva y obras públicas que mantengan seguras a las ciudades. Pero es muchísimo lo que podemos hacer en el corto plazo para ayudar en el control de desastres.

Ninguno de nosotros vemos a PIH como una organización de control de desastres. Juntos hemos construido a PIH—cuyo nombre significa la red de organizaciones de dirección local que trabaja en 10 países—para servir a una causa distinta. Queríamos atacar a la pobreza y la desigualdad y traer aquí los frutos de la modernidad—cuidado de la salud, educación, etcétera—a personas marginadas por fuerzas sociales adversas. Parecía probable, al llegar informes esta semana, que muchas otras instituciones y organizaciones tendrían mucho mejores posibilidades para responder a las secuelas de las tormentas e inundaciones. Me fue dicho, cuando el vuelo de American Airlines pasó sobre la anegada Gonaïves, que la ciudad estaba fuera del alcance de la ayuda exterior, pero al mismo tiempo que lo escuchaba, sabía que nuestros propios colegas estaban ahí, ofreciendo los magros recursos que teníamos a la mano, y unas cuantas horas después llegué yo también. Tenía la esperanza de que encontraríamos que la ciudad recibía la atención experta de organizaciones capacitadas en el control de desastres. Imagínense pues mi sorpresa, ayer, cuando descubrí que muy poca ayuda había alcanzado Gonaïves o las demás ciudades costeras inundadas.

Aunque no es cierto que no pueda llegarse a Gonaïves en vehículo, sí lo es que el centro de la ciudad continúa sumergido, y que el camino que conduce a la ciudad está efectivamente anegado. Entre Pont Sonde—el único camino a la costa, ya que el Puente principal entre Puerto Príncipe y Gonaïves no sirve, al igual que el puente hacia el norte—y la ciudad inundada, no vimos una sola estación de primeros auxilios, ni un adecuado refugio temporal. Sí vimos, en cambio, personas varadas en los techos de sus casas o vadeando a través de agua que les llegaba a la cintura; vimos a miles en un éxodo a pie hacia el sur, hacia Saint-Marc.

Casas inundadas en Hinche, la capital del departamento central de Haití.
Foto: Paul Farmer

Vimos un par de tanques de la ONU atravesar las aguas lodosas sobre estas calles, algunos médicos cubanos, y dos vehículos de la Cruz Roja (uno de ellos atascado en el lodo por lo menos a 15 kilómetros de la ciudad) y oímos y vimos helicópteros sobrevolando. Pero casi todas las calles estaban llenas de desechos, vehículos volteados y habitantes desorientados buscando cómo salir antes de las siguientes lluvias. Nuestro amigo Deo, de Burundi estaba ahí y comentó que esto le recordaba más que nada lo que había presenciado allá, y también en Ruanda en 1994: largas filas de gente llevando poco más que a sus niños, cabras, y en equilibrio sobre sus cabezas, maletas y bultos empapados.

Un control de desastres ágil y decidido podría salvar las vidas de decenas de miles de haitianos en Gonaïves y a todo lo largo de las costas sumergidas. Los habitantes de esa y otras ciudades llevan tres días abandonados sin alimento, agua o refugio, y simplemente no es verdad que no se les pueda alcanzar.

Cuando llamé para decirles esto a amigos que trabajan con el gobierno estadounidense y con organizaciones para el control de desastres con base en Puerto Príncipe, me quedó claro que desde ayer no sale de Gonaïves mucha información precisa aunque la estimación de cientos de muertos no es exagerada. No teníamos allí cobertura para celular y tuvimos que esperar hasta ayer en la noche para llamar a Puerto Príncipe. Esta mañana un amigo estadunidense solidario que estaba dando seguimiento a nuestras llamadas desesperadas por el auxilio que no llegaba, me contó esta mañana cómo le contestó un especialista empleado por una organización de salud afiliada a la ONU: "Tres días sin agua no es nada. La gente al sur de Haití a quienes Gustav afectó pasaron diez días sin agua."

Ningún ser humano puede pasarse diez días sin agua. Sin comida tal vez, pero no agua. Así que podemos esperar que las personas que ven en estas fotografías, que tomé pidiendo prestada la cámara digital de un empleado de ZL de Gonaïves (cuya familia, como todos los que ustedes ven, lo perdió todo) corren gran riesgo de enfermarse con el agua contaminada. También hay gran cantidad de ganado muerto flotando por las calles de la ciudad. El hedor es agobiante.

Estamos familiarizados con muchos de los funcionarios haitianos encargados de responder a esta tragedia, que, convenimos, es general. Se aparecieron en Gonaïves: el comisionado de salud de distrito, quien es de la ciudad y se sintió afortunado de no haberse ahogado; el coordinador de respuesta a desastres del gobierno; enfermeras y doctores que hemos conocido a través de los años. Hacen todo lo que pueden con los escasos suministros. Están cansados, sedientos ellos mismos, con la garganta irritada. Incluso la recién designada Primer Ministro de Haití, en su primer día de trabajo, se presentó esta mañana en Mirebalais, cumpliendo una promesa que hizo hace muchos meses mucho antes de que se viera envuelta directamente en la política. Ahora tiene que instalar un nuevo gobierno, tal vez esta tarde, y responder a múltiples catástrofes al mismo tiempo. Esta gente, que trata de socorrer a sus compatriotas haitianos, merecen nuestra ayuda.

Un trabajador de salud de Zanmi Lasante intenta caminar por el
agua inundada buscando pacientes con VIH/SIDA
que se han perdido. Foto: Paul Farmer

Este es un llamado a nuestro personal, familia, amigos y lectores. Nuestros colaboradores en Haití ya están aportando los servicios y provisiones que pueden. Nos retiraremos de Gonaïves (tan pronto como obtengamos la información que requerimos sobre los abastos que urgen y tan pronto como comprobemos una mayor presencia de las principales organizaciones de alivio de desastres) hacia Saint-Marc y Petite Rivière de l’Artibonite, donde dirigiremos los hospitales y centros de salud con nuestros colegas del Ministerio de Salud; ayudaremos a organizar la entrega de alimentos y algo de ropa para la gente de Gonaïves y los refugiados que hoy sean llevado ahí desde Gonaïves.

Mirebalais va a atravesar un período de angustia considerable. Como muchos de ustedes saben, el hospital de esa ciudad no está realmente en funciones (en enero, protestas locales contra el hospital llevaron a cerrarlo y sus pacientes fueron evacuados a Cange, Boucan Carre y LaColline.) Hasta donde yo sé, se espera que lleguen aquí hoy 15,000 personas, y llegarán sin nada. Necesitarán de inmediato agua, comida y refugio, y el Alcalde de Mirebalais, con quien me reuní esta mañana, está buscando espacios secos para ellos (como escuelas por ejemplo), pero no hay camas, mosquiteros ni catres que yo sepa.

Un buque pequeño de la Guardia Costera de Estados Unidos debe llegar a Gonaïves mañana con agua y víveres, pero según reportes el intento de ayer en la noche de atracar un buque de la ONU y distribuir alimentos fracasó por "miedo a tener que controlar a la multitud" (esto me lo informó un amigo estadunidense que estaba en Puerto Príncipe, de modo que no puedo confirmar más que lo que yo ví: no hubo distribución general de agua, alimentos, tiendas, tarpones ni nada).

Como ZL, como todas las organizaciones hermanas de PIH, es ligera y ágil, podemos hacer muchísimo conjuntando donaciones pequeñas de amigos parientes y ayudando a ZL a responder en tiempo real a las solicitudes de quienes coordinan los esfuerzos de socorro. Necesitaremos surtir cosas como vacuna contra el tétanos (retirada de Gonaïves hace unos meses por preocupaciones por la calidad de algún lote, no conozco los detalles), implementos de primeros auxilios, paquetes para rehidratación oral y desde luego comida, aceite para cocinar y combustible. De nuevo, sé que las organizaciones convencionales para el control de desastres tienen mayor experiencia en la logística, y espero que vendrán con equipos especializados para atender exactamente estas necesidades, pero hasta el día de hoy esos suministros brillan por su ausencia. Los problemas de "control de multitudes", refugiados y temperamentos difíciles solamente aumentarán a medida que pasen los días, sobre todo si, como se predice, cae más lluvia mañana y el lunes.

Hace más de 20 años, alguien me explicó que "la pobreza mojada es peor que la pobreza seca." En aquel entonces no estaba seguro de lo que ello significaba, pero tenía una idea bastante precisa de la miseria que soportaban quienes vivían durante toda la estación lluviosa en casas que, como los haitianos dicen, "pueden engañar al sol pero no a la lluvia". He repetido esta máxima con la frecuencia suficiente como para merecer bromas de mis estudiantes, pero los haitianos no la encuentran ni graciosa ni demasiado usada. Tratar de dormir en ropas mojadas sobre un suelo lodoso es una de las principales en la lista de actividades degradantemente incómodas. Más vale sólo darse por vencido y esperar la luz del día.

Examinando la devastación en Gonaïves, y a la desdichada población sobre los techos o vadeando las calles o llevando bultos fuera de la ciudad, supimos que las inundaciones y la falta de respuesta eficaz a ellas no existen tanto por las ingobernables fuerzas de la naturaleza. Muchos de ustedes en el equipo de Haití recuerdan que por mucho tiempo hemos tenido nuestra base en un asentamiento de ocupantes ilegales formado por los caudales de agua del Artibonite, que estuvimos años reconstruyendo cobertizos y chozas que no engañaban ni al sol; recordarán cómo la madre de nuestro colaborador fue arrebatada por una marejada relámpago, o han sido parte de algún equipo de paramédicos, impotentes mientras una ambulancia era barrida corriente abajo ante sus propios ojos.

El mundo está despertando ante estas amenazas, pero los haitianos llevan mucho tiempo padeciendo noches enteras las tormentas que los mantienen desvelados en lugar de adormecerlos. Por favor, den generosamente a los esfuerzos de ZL por intervenir de inmediato, compartan esta carta con amigos y familia que pudieran donar, por pequeñas que sean las cantidades, a través del sitio web de PIH.

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