Si los bancos centrales han de cumplir con su función de satisfacer adecuadamente las necesidades macroeconómicas de sus respectivos países es necesario que las políticas monetarias estén coordinadas con los objetivos económicos nacionales y planes de desarrollo. El articulo explica que la estructura del actual sistema financiero internacional y la consecuente independencia de los bancos centrales conllevan a que lejos de servir a los intereses de sus respectivas economías nacionales, las políticas monetarias aplicadas por bancos centrales independientes se convierten en instrumentos facilitadores de especulación de capitales, lo cual detrimenta el crecimiento económico y la justicia social.

Cristina Fernández de Kirchner despidió a Martín Redrado el 7 de enero de 2010 bajo los cargos de «incumplimiento de los deberes de funcionario público» y «mala conducta» ya que el ahora ex presidente del banco se rehusó ceder 6 mil 569 millones de dólares en reservas al llamado «Fondo del Bicentenario» creado por decreto del Poder Ejecutivo y destinado a pagar los vencimientos de deuda de este año, que suman unos 13 mil millones de dólares.

El reemplazo del Presidente del Banco Central de la República Argentina (BCRA) ha incentivado una vieja discusión, tapada por muchos que la consideran tabú. En las últimas tres décadas nos acostumbramos a escuchar que los bancos centrales deben ser absolutamente independientes del poder ejecutivo, para poder garantizar la eficiencia de su labor y la confiabilidad de los inversores financieros y la comunidad internacional.

El punto culminante de esa posición lo vivió Argentina en 2001, con una catarata de propuestas que iban desde una banca off shore hasta sostener la necesidad de que la designación de funcionarios de organismos clave como el BCRA fuese realizada por alguna institución extranjera como el FMI, la OEA o la ONU. Era generalizado el temor de que, dado el derrumbe económico y social, las autoridades nacionales propusieran políticas no-amigables para los mercados y atacaran las posiciones de los acreedores y especuladores, como finalmente ocurrió y—agregaríamos—inevitablemente debía ocurrir.

En contraposición con esa perspectiva, muchos economistas heterodoxos entre los que se cuenta la nueva Presidenta del BCRA, Mercedes Marcó del Pont, sostienen que las políticas monetarias deben coordinarse con las políticas económicas más generales. La mencionada funcionaria presentó, en sus épocas de legisladora, un proyecto de reforma de la Carta Orgánica que apuntaba hacia esa dirección y promueve ahora la conformación de un Consejo de Coordinación de la política monetaria con el poder ejecutivo. ¿Estamos ante una próxima catástrofe?

¿Cuál es la función de un banco central?

Los bancos centrales tienen como funciones principales la ejecución de la política monetaria y el control del sistema bancario. Con la generalización de las políticas neoliberales, especialmente desde que el Presidente de la Reserva Federal Paul Volcker elevara las tasas de interés y torpedeara la política económica de Carter en 1979, se tornó casi indiscutido que los bancos centrales deben velar por una política de control de precios, base de la estabilidad que atrae a los inversores. La secuencia sería más o menos la siguiente: los inversores pretenden estabilidad de precios; los precios se determinan por la cantidad de moneda; los gobiernos tienden a gastar más de la cuenta emitiendo; por lo tanto, el banco central debe tener la llave de la maquina impresora, mantener a esta con poca tinta y bregar por tasas de interés altas que restrinjan la cantidad de moneda. La independencia del banco central es clave para evitar presiones emisionistas-inflacionarias del gobierno.

Cada uno de los aspectos de la secuencia es sumamente discutible. No es cierto, por ejemplo, que los precios estén siempre determinados por la cantidad de moneda. Los monopolios tienen muchas veces capacidad de imponer sus condiciones y, cuando hay capacidad ociosa, un aumento de la cantidad de dinero estimula la demanda y contribuye a aumentar la producción y el empleo, pero no los precios. Las teorías estructuralistas—el desarrollismo del que proviene Marcó del Pont, la CEPAL, los dependentistas, etcétera—han mostrado con énfasis que la inflación en América Latina no es un problema monetario.

Por otra parte, una política monetaria dura puede atraer o retener capitales, pero también castiga a quienes invierten en la producción y deben pagar mucho más por un crédito. Por lo tanto, solamente estimula la inversión financiera especulativa.

¿Y quien dijo que el gasto público sea malo? Que muchas veces se le use mal no significa que aspectos como la infraestructura, la promoción del empleo y la producción, la educación, el impulso a la ciencia y la tecnología o la ayuda a los sectores más rezagados no sean condición necesaria para consolidar estructuras económicas y sociales más compactas y solidarias.

El ejemplo más radical de banco central independiente es, sin duda, el europeo. Y efectivamente ha logrado mantener a raya la inflación durante muchos años, enfrentando a gobiernos dispendiosos. El derrumbe bancario actual y los ajustes en el mercado de trabajo de la última década, con su secuela de menores salarios, mayor desocupación y recortes a la seguridad social nos eximen de describir porque estamos en desacuerdo con tal política.

Viejos y nuevos modelos

Los bancos centrales se generalizaron en la segunda mitad del siglo XIX como entidades mixtas con un fuerte sesgo comercial. Sin embargo, luego de la Segunda Guerra Mundial se impuso su nacionalización y la función de regular las políticas económicas y el funcionamiento del sistema, tratando de evitar que reapareciera una depresión como la de los 30. El objetivo no era la estabilidad, sino el crecimiento y el empleo. Y por eso, las autoridades trabajaban muy estrechamente con el poder ejecutivo y se alineaban a las políticas económicas más generales. No había entonces una competencia cruenta por atraer capitales, pues el movimiento de dinero especulativo estaba fuertemente regulado y limitado.

El modelo «independentista» no sólo se deriva de las ideas monetaristas de Milton Friedman, sino del quiebre del orden monetario de Bretton Woods, de la liberalización de los movimientos de capitales y de la ruptura de los sistemas de tipo de cambio fijo. Desde entonces, los bancos centrales independizados fueron los estandartes del capital financiero y de un modelo de acumulación cortoplacista ficticia que tuvo su crisis final en los últimos tres años. Está de mas decir quienes se beneficiaron de eso.

Por eso, la nueva discusión es como recuperar herramientas clave para relanzar políticas de empleo, de crecimiento y de mayor justicia social, herramientas entre las que la oferta monetaria, las tasas de interés, la fijación del tipo de cambio y el control de los flujos de capitales juegan un rol muy importante.

El banco central independiente es el territorio de los especuladores financieros. Un modelo de desarrollo económico y social alternativo necesita de un banco que responda a las necesidades nacionales y coordine sus políticas con los objetivos más generales. Bajo estas condiciones, la pericia técnica marcará las limitaciones de gobernantes dispendiosos.

Pero el principal límite provendrá de un proyecto nacional que incluya a los sectores mayoritarios de la población, se oriente a sus necesidades y recupere la noción de largo plazo, aspectos más cruciales para un banco central que su independencia dependiente.

Andrés Musacchio es economista del IDEHESI-Universidad de Buenos Aires-CONICET.

Para usar este artículo, favor de contactar a americas@ciponline.org.

Para mayor información

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