Millones de brasileños tienen graves problemas de vivienda. El Movimiento Sin Techo busca organizarlos, ocupa predios abandonados y terrenos de la periferia para presionar al gobierno. Cuando consiguen asentarse, aún de forma transitoria, intentan transformar las relaciones sociales en base a sus sueños de un mundo diferente.

En un claro del Quilombo de Escada, uno de los tres campamentos que recorrimos en una soleada y húmeda tarde de Salvador, Pedro Cardoso reparte cervezas mientras explica la historia de cada ocupación. Las palabras resbalan lánguidas, como para abrirse paso entre un calor pegajoso en un ambiente de casitas de madera, cartón, chapa y plástico, una mezcla que delata que los pobladores se instalaron de modo precario hasta conseguir la vivienda definitiva.

De origen bantú, el quilombo era el espacio donde se refugiaban los esclavos que huían de las plantaciones. Casi todos eran negros aunque había indios y hasta algunos blancos, quizá porque los quilombos eran espacios de libertad y resistencia a la opresión. El más célebre, el Quilombo de Palmares, sobrevivió durante más de un siglo (1600-1710) y se convirtió en emblema de la resistencia afrobrasileña que hoy reivindican los movimientos sociales1.

Los campamentos del Movimiento Sin Techo de Bahía (MSTB) se encuentran casi todos en la periferia de Salvador, 17 en total, y cinco de ellos en otros municipios del estado. Son casi cinco mil familias, incluyendo las 1.500 que ya consiguieron vivienda definitiva. Para llegar a Cidade de Plástico, el más emblemático de los asentamientos con 228 familias acampadas, hay que recorrer casi 20 kilómetros desde el Pelourinho, el centro histórico donde se amontonan turistas de todo el mundo.

Seis décadas y siete años

En la década de 1940 Salvador creció de forma explosiva cuando empezó a crecer como polo petroquímico. Tenía apenas 290 mil habitantes en un estado agroexportador que se industrializó hacia la década de 1950, llevando la población a 420 mil. Treinta años después, en 1980, Salvador se había multiplicado por cuatro, llegando a 1,5 millones. En 2010 ya son tres millones. No es raro, entonces, que fuera en la década de los cuarenta cuando se produjeron las primeras ocupaciones. «En los 80 hubo más de 500 ocupaciones», asegura Pedro2.

Semejante movimiento demográfico se traduce en una trama urbana esquizofrénica. La costa oceánica, larguísimas playas contorneadas por palmeras y una ristra interminable de edificios, recibe turistas de todo el mundo y a las clases medias y altas de Salvador. En ese hermoso litoral reside la elite blanca, apenas el 15% de la población, segregada de los descendientes de los esclavos. Según datos oficiales, el 55% son negros y el 26% mestizos. Cuando salimos del centro por la avenida Suburbana, el rostro de la ciudad se vuelve afro y aparece un mundo de favelas y precariedad. La riqueza y la pobreza, como en tantas partes del mundo, son inseparables del color de la piel.

«Aquellas ocupaciones de los 80 se convirtieron en los barrios regulares de hoy, o sea en las favelas de la periferia. Eran espontáneas y no estaban coordinadas aunque surgió un movimiento de defensa de los favelados que duró poco tiempo», dice Pedro. Según las diversas versiones, el déficit de vivienda se estimaba en la década de 1990 en 200 mil, aunque Pedro estima que hoy «sólo» faltan 80 mil viviendas. El MSTB nació oficialmente el 20 de julio de 2003, a raíz de la primera ocupación organizada en un camino hacia el aeropuerto a 12 kilómetros del centro.

En ese momento se produjo una oleada de ocupaciones urbanas y rurales en todo el país. En Salvador, considerada la capital del desempleo, la elección de Lula «favorece el nacimiento de movimientos sociales, pues se creía que habría menor represión policial».3 El predio había sido ocupado el 2 de julio en una acción «impulsada por madres y mujeres» que en pocos días sumó 700 personas. Luego de ser desalojadas por la policía permanecieron en vigilia en la zona y realizaron numerosas asambleas en las que nació el movimiento.

Asenatmientos humanos.

En los meses siguientes se les sumaron varios miles de familias, personas que viven bajo los puentes, que duermen en las playas, que viven de favor con otros familiares o que pagan alquileres demasiado elevados. Algunas familias que ocupaban inmuebles vacíos en el centro se fueron incorporando para presionar al gobierno municipal y al estatal. Desde el principio contaron con el apoyo de la Comisión de Justicia y Paz de la Arquidiócesis de Salvador y del Centro de Estudios y Acción Social impulsado por los jesuitas.

Durante las primeras semanas, las más difíciles para conseguir la consolidación de la ocupación, realizan marchas hasta la prefectura para demandar la expropiación del terreno, exigir agua y otros servicios. Uno de los pasos más importantes consiste en formar comunidad: hacer conciencia de que forman un colectivo, establecer reglas de conducta, tomar decisiones en asambleas, que serán la clave para que el campamento consiga superar las dificultades. Eso no es sencillo, ya que supone crear nuevas relaciones y pautas culturales entre personas acostumbradas a decidir de modo individual.

En enero de 2005, cuando ya habían realizado unas 50 ocupaciones, convocaron el primer Congreso. Se dotaron de reglas internas que, entre otras cosas, prohíben la venta de terrenos, la violencia doméstica y el tráfico de drogas, y de una estructura organizativa. Entre sus principios, destaca que se consideran herederos de las tradiciones de la resistencia negra del Nordeste brasileño, se referencian en líderes como Zumbí de Palmares y Zeferina4, en los quilombos y también en la «Guerra de Canudos»5.

La estructura organizativa incluye la coordinación estatal, las coordinaciones municipales y locales, las asambleas y las brigadas. Ana, que trabaja con las mujeres del movimiento, destaca los sin techo de Bahía no nacieron a instancias de los Sin Tierra, como los otros movimientos urbanos, y que se inspiran en la horizontalidad; por lo tanto, «las coordinaciones son abiertas y los miembros rotan con mucha frecuencia»6. Las brigadas son grupos de familias que se encargan de la limpieza y la salud en las ocupaciones así como de convocar y coordinar las asambleas, y son rotativas por semanas. «Es muy difícil hacer que funcionen», confiesa Pedro.

Las bases se agrupan en tres grandes sectores: núcleos, ocupaciones y comunidades7. Los núcleos son grupos que se encargan de debatir, registrar a los sin techo de la zona, buscar predios o terrenos vacíos y organizar a las familias para ocuparlos, además de realizar marchas y otras acciones de calle. En Salvador el movimiento cuenta con media docena de núcleos que han registrado alrededor de 36 mil sin techo, lo que permite asegurar que el movimiento seguirá creciendo.

La policía enfrentando a los movimientos.

Las ocupaciones pueden ser de terrenos donde se acampa en «barracos» (construcciones precarias de plástico y madera) o de predios deshabitados. Mantienen ocupadas dos fábricas cerradas, además de edificios estatales en desuso, un club deportivo y varios edificios privados y municipales. En esos predios viven algunas decenas familias, pero en las ocupaciones de terrenos se juntan centenares desbordando los espacios. Finalmente, las comunidades son las conquistas efectivas de viviendas que dan lugar a nuevos barrios, como Valeria, donde se construyeron 150 casas con apoyo estatal y ayuda mutua.

«Construir comunidades del buen vivir, ése es nuestro objetivo», dice Pedro, sin saber que los aymaras y quechuas se inspiran en el mismo principio, aunque le llaman sumak kawsay o suma qamaña (buena vida o buen vivir). En sus deseos convergen dos inspiraciones al parecer complementarias: la tradición de resistencia negra y la teología de la liberación. Pedro comenzó a participar en la resistencia a la dictadura hacia 1979 en comunidades eclesiales de base, que se reunían frente al quilombo, en la gran zona favelada de Periperi donde vive hace tantos años. Ahora es uno de los coordinadores del movimiento.

Organización frágil, tráfico fuerte

Alrededor del 70% de los integrantes del MSTB son mujeres, «el sector más dinámico del movimiento» dice Ana, la mayor parte madres solteras. Casi todos son desempleados, recolectores de residuos sólidos, vendedores de diarios, limpiadoras y toda la gama de oficios que caracteriza la informalidad urbana. Según Pedro, el ingreso medio de los sin techo del movimiento son 300 reales por mes por familia (algo más de 150 dólares) y apenas un 10% reciben Bolsa Familia. «Bolsa Migaja» le dice Ana, porque apenas reciben 68 reales aquellas familias con un ingreso menor de 70 reales por persona, algo que no alcanza siquiera para dos pasajes de autobús diarios8.

«Cada cincuenta familias», explica Pedro, «se forma una brigada de diez personas que es la encargada de administrar el campamento durante una semana, se encarga de la asegurar la higiene y la limpieza, de coordinar las asambleas y de resolver los conflictos menores. Para las tareas colectivas se hacen mutiroes (trabajo comunitario), pero en realidad no hemos conseguido que se formen brigadas en todos los campamentos». La idea de las brigadas la copiaron de los Sin Tierra, el que inspira a todos los movimientos de base de Brasil y a una parte considerable de los de América Latina. Pero el trabajo urbano es mucho más complejo que el rural.

Unos kilómetros más y llegamos a un morro llamado Monte Sagrado, en cuya cima funciona el Quilombo do Paraíso. Parece otro mundo. A diferencia de Cidade de Plástico, donde los «barracos» están amontonadas uno sobre otros junto a la bahía contaminada, aquí el campamento se alza sobre una hermosa vista que domina toda la bahía, las casas tienen mucho terreno y están separadas por diez y hasta veinte metros. El único punto en común es la infaltable cancha de fútbol que ocupa el centro del quilombo, territorio excluyente de los varones jóvenes.

Pedro explica las razones por las cuales aquí se están construyendo casi todas las viviendas con ladrillos, aunque el campamento es más reciente. «En los asentamientos más viejos no construyen esperando soluciones del gobierno, pero aquí una asamblea decidió construir porque están resabiados con las promesas incumplidas y no están dispuestos a esperar. Aquí hay buen terreno, aunque está más lejos del centro, y la gente sabe que el Estado hace casas de 32 metros cuadrados y ellos las van haciendo a su modo, de a poco pero con más espacios».

Como en todos los campamentos, el agua y la luz se obtienen por conexiones ilegales pero toleradas por las empresas. En algún momento preguntamos por el tráfico de drogas. Pedro y Ana son francos y directos. «En todos los campamentos hay tráfico. En los predios es más difícil porque son espacios cerrados. Pero cuando la ocupación es abierta, como en los campamentos, el tráfico es una realidad». Como tantos otros brasileños que trabajan en favelas y en barrios pobres, estiman que el principal problema, no obstante, es la Policía Militar, un cuerpo por demás corrupto y cruel.

Aseguran que el tráfico es un problema para el movimiento, porque fomenta la violencia, la presencia policial y desarticula las redes sociales. «El método que usamos», dice Pedro, «consiste en hacer un pacto de convivencia. Les decimos que si trafican ponen a todos en riesgo porque la policía va a entrar al campamento. Pero ellos suelen tener relaciones muy fluidas con la policía. El pacto es que no hagan nada que pueda criminalizar al campamento, pero tenemos que hacerlo con cuidado porque ellos no dudan en eliminarte, hay que tratar de evitar situaciones de violencia. Hasta ahora no mataron a ningún líder como en otras ciudades».

Ana explica que el tráfico fomenta el machismo y la violencia contra las mujeres, y recuerda el caso de una compañera, líder de un campamento, que tuvo que irse a Sao Paulo porque les hizo frente y casi la matan. Sin embargo, la relación de los traficantes con la comunidad es extraña. «Con ellos se cortan los robos porque no quieren que venga la policía ni que haya problemas que perjudiquen el tráfico y la comunidad sufre menos robos ahora que antes», concluye Pedro casi exhausto.

Las guerreras sin techo

«Los hombres me asediaban hasta que supieron que soy la compañera de Pedro», escupe el rostro endurecido de Ana, incapaz de disimular el fastidio. Para la mujer negra y pobre, todas las opresiones se vuelven una. Ingresa al tema de género por una de las puertas más duras: la violencia de los traficantes contra las mujeres, para quienes son apenas objetos sexuales, y muy en particular contra las dirigentes que los enfrentan.

Construir organización y conciencia de género es casi una proeza en estas condiciones, en territorios donde no se aventuran ni los funcionarios estatales (menos aún diputados y concejales) ni los miembros de las ONGs que piden fondos, y salarios, para ayudar a los pobres. Ellas están solas para enfrentarse a los hombres armados, sean de la Policía Militar o del crimen organizado, diferencia que las más de las veces se reduce al uniforme.

Una de las mayores conquistas del movimiento es haber creado una organización de mujeres, las Guerreras Sin Techo, el 8 de marzo de 2005. Lo hicieron «para denunciar y combatir el racismo y el machismo existente dentro del MSTB y en la sociedad», porque descubrieron con dolor que en el movimiento sucedía lo mismo que fuera. Aunque las mujeres son el 70% de la organización, pero en la coordinación estatal había apenas un puñado. Hoy, con orgullo, dicen que en los niveles de dirección el 60% son mujeres.

En un documento público señalan: «Sufrimos con la violencia doméstico-familiar, con la muerte de nuestros hijos negros que están siendo exterminados por la policía o en la guerra del narcotráfico. Sufrimos con la falta de libertad de nuestras hijas que están cada vez más presas en los barracos por la violencia sexual que ronda las ocupaciones»9. En cada ocupación y en cada núcleo intentan crear un colectivo de mujeres. «Nos inspiramos unas en otras, nos apoyamos unas en otras, intentamos crear una red de solidaridad entre mujeres», dice Ana.

En Cidade de Plástico los esfuerzos de las sin techo han fructificado en la construcción de un comedor cooperativo integrado por veinte personas mujeres que sirve todos los días más de cien platos a dos reales. «Guerreiras de Zeferina», luce el mural a la entrada del único espacio del campamento que destaca por su limpieza. «El movimiento ha conseguido visibilizar el papel de las mujeres, invisible en la cotidianeidad, al grado que son las que ocupan más cargos de responsabilidad», dice Ana con orgullo.

En 2008 el movimiento consiguió poner en pie núcleos de formación que incluyen módulos de género con 40 militantes. Tal vez el papel de las mujeres sea uno de los aspectos en el que la actividad de los sin techo tiene resultados más notables. Es cierto que si se las compara con los sin tierra, donde existe una fuerte tensión por la igualdad de género, aún tienen mucho camino por recorrer. Sin embargo, han configurado un espacio emancipatorio desde el cual disputan la hegemonía en la vida pública. «Se integran al trabajo colectivo de construcción de viviendas, a las cooperativas de autogestión, a los espacios de debate del movimiento y a las esferas públicas de discusión de las políticas sociales»10.

Resistencia urbana

Seis años es muy poco tiempo para cualquier movimiento. Si miramos los campamentos como Cidade de Plástico y Escada, queda la sensación de que el cambio social desde los márgenes es casi imposible, por los traumas que provocan el hacinamiento, la miseria atroz y las privaciones. Por el contrario, si observamos las hileras de casitas de la comunidad de Valencia, con dos habitaciones cada una, sala, cocina, baño y un terreno al fondo, donde las mujeres pusieron en pie una cooperativa de alimentos, retorna la esperanza.

Ana, sin embargo, desborda optimismo. Pese a su escaso salario como maestra, apenas 600 reales (300 dólares), dedica casi todo su tiempo libre al movimiento. Se encarga de las relaciones con los colectivos urbanos de Brasil, una realidad que viene creciendo y que permitió hace un par de años fundar el Frente de Resistencia Urbana, donde confluyen 14 movimientos de una docena de ciudades. El Frente comenzó a tejerse en 2006 en un encuentro en Sao Paulo, en base a cuatro ejes: reforma urbana, derecho a la vivienda, al trabajo y contra la criminalización de la pobreza.

«Cada movimiento mantiene su autonomía y funcionamos por consenso, lo que supone mucho tiempo de debate y mucha paciencia porque se trata de generar confianza», dice Ana. «Los movimientos que confluimos en el Frente ya tenemos una tradición de autonomía y horizontalidad y funcionamos con mucha flexibilidad». Hace más de una década que los Sin Tierra vienen promoviendo la creación de movimientos urbanos, pero recién ahora parecen estar cuajando.

Por los datos que aporta Ana, los movimientos urbanos tienen más sintonía con la cultura juvenil que con la sindical y los partidos de izquierda. Una presencia muy potente, además de los sin techo, es la del hip-hop y del movimiento negro, que le dan un perfil muy diferente al de los movimientos formales y estructurados: «Somos muy parecidos en las formas de trabajar, entre las que destaca que no hay lucha por la hegemonía». La «alianza» entre los sin techo y los jóvenes hip-hop fue algo natural, ya que conviven en las favelas, sufren acoso policial y comparten la misma rebeldía ante la pobreza y un sistema que los margina. Los sin techo consideran que el rap y el hip-hop estimulan el cambio en los valores y prácticas sociales, culturales y comunitarias.

Ana sostiene que como el gobierno de Lula no hizo la reforma agraria y el campo está siendo ocupado por el agronegocio (soja y de caña de azúcar para biocombustibles), cada vez llegan más jóvenes a las ciudades. En un tiempo, es probable que los movimientos urbanos desplacen a los rurales como referencia del cambio social. En todo caso, los sin techo y el Frente de Resistencia Urbana lanzaron la campaña «Mi casa, mi lucha» para denunciar la oleada de desalojos por la especulación inmobiliaria de cara al Mundial de Fútbol de 2014 y las Olimpiadas de 2016.

Notas

  1. Más datos en el sitio oficial del Parque Memorial Quilombo dos Palmares: http://www.quilombodospalmares.org.br.
  2. Entrevista a Pedro Cardoso.
  3. «Historia do MSTB», en http://formacaomstb.blogspot.com/.
  4. Zumbí fue el más conocido dirigente del Quilombo de Palmares. Zeferina fue líder del Quilombo de Urubú, cerca de Salvador, por lo que fue presa en 1826.
  5. La Guerra de Canudos fue un movimiento popular de corte social y religioso de los pobres del sertón (interior desértico de Bahía) masacrado pro el ejército en 1897.
  6. Entrevista a Ana Vanesca.
  7. Raphael Fontes Cloux, ob. cit. pp. 59-61.
  8. Ver http://www.mds.gov.br/bolsafamilia/o_programa_bolsa_familia/beneficios-e-contrapartidas.
  9. «Histórico das Guerreiras Sem Teto», en http://formacaomstb.blogspot.com/.
  10. Luciana da Luz Silva, ob. cit.

Raúl Zibechi es analista internacional del semanario Brecha de Montevideo, docente e investigador sobre movimientos sociales en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor a varios grupos sociales. Escribe el «Informe Mensual de Zibechi» para el Programa de las Américas (www.ircamericas.org).

Para usar este artículo, favor de contactar a americas@ciponline.org.

Recursos

Blog do Núcleo de Formação do Movimento Sem-Teto da Bahia: http://formacaomstb.blogspot.com/

Luciana da Luz Silva, «Gênero nos movimentos de luta pela terra: mulheres sem terra, mulheres sem teto», Núcleo de Estudos Interdisciplinar, Universidade Federal da Bahia, en www.neim.ufba.br/site/arquivos/file/anais/anaistrabalho.pdf

Rafael Fontes Cloux, MSTS: A trajetórica do Movimiento dos Sem Teto de Salvador/Bahia, Salvador, 2008.

Raúl Zibechi, entrevista a Pedro Cardoso y Ana Vanesca, Quilombo de Escada y Cidade de Plastico, Salvador, 30 de enero de 2010.

Video «Cidade de Plástico», en http://www.kinooikos.com/acervo/videos/311/.

Para mayor información

Rio de Janeiro: control de los pobres para el negocio Olímpico
http://www.ircamericas.org/esp/6648

¿Ayudar a los pobres o aprender de ellos?
http://www.ircamericas.org/esp/5850

Pentecostalismo y movimientos sociales en América del Sur
http://www.ircamericas.org/esp/5542