En el principio de este agosto aparecieron, ominosos, varios signos de muerte,  desde el norte global.  A contrapunto, desde el sur global, brotan signos de vida, rebeldía y esperanza.

Además de la guerra de Ucrania, ya casi hecha costumbre, por desgracia, está la guerra crónica emprendida por el estado de Israel contra la Nación Palestina. El pasado fin de semana  un ataque del ejército israelí a posiciones del Yihad Islámico en la franja de Gaza provocó por lo menos 44 personas palestinas muertas, entre ellas, 15 niñas y niños. Esta masacre se suma a los frecuentes asesinatos y abusos de las fuerzas hebreas contra la población civil palestina. La mediación de Egipto ha logrado que se pacte una tregua entre Israel y el Yihad Islámico, pero no habrá paz en esta zona mientras no haya justicia para el pueblo palestino y se ponga un alto eficaz a los afanes expansionistas de Israel. La comunidad internacional ya no puede permanecer callada ante los miles de víctimas de esta añeja e injusta guerra. No solo en Ucrania mueren las y los inocentes.

La muerte asoma también en el accionar del imperio norteamericano ante el ascenso irresistible del poderío económico, político y militar de China. La provocación abierta que constituyó la visita de Nancy Pelosi a Taiwan y, en general la política de cercar al gigante asiático para complicarle su salida al océano, nos ponen en peligro de una guerra nuclear de la que todos saldríamos perdedores. Todo esto lo ha venido exponiendo con lucidez Noam Chomsky y ha ido a la raíz de la belicosidad del establishment norteamericano: el miedo, el temor racista ante el fortalecimiento del “peligro amarillo” a nivel global. También es el temor de los Estados Unidos, del Reino Unido y sus aliados atlánticos a perder su hegemonía, lo que está detrás de la expansión de la OTAN para cercar a la Rusia de Putin. Así se lleve al planeta al borde de la catástrofe.

En las antípodas de los poderes del norte global, poderes de muerte, se han dejado ver también los signos de la vida: la que se manifiesta en la toma de posesión de Gustavo Petro, primer presidente progresista de Colombia y en la celebración del 19 aniversario de los Caracoles Zapatistas en Chiapas.

Gustavo Petro surge de una guerrilla sui generis, el M-19, cuyas tácticas creativas y para construir una pronta paz con justicia evocan las del EZLN. Depone las armas para participar políticamente y uno de sus dirigentes llega a la Presidencia del país, luego de una revolución cívica contra el régimen de privilegios, contra una guerra interna de más de seis décadas contra la guerrilla, contra los paramilitares, contra las drogas, contra todos. Desde abajo, desde el apoyo masivo del pueblo colombiano, desde los anhelos de paz y de justicia, Petro proclama que su país será un país de la vida y no de la muerte. Tiende la mano al diálogo con la gente en armas, propone una estrategia para terminar con la nixoniana guerra contra las drogas que ha costado la vida a cientos de miles de personas de Latinoamérica y a cerca de 70 mil estadounidenses que perecen cada año intoxicados por enervantes. Desde la enorme biodiversidad de su país lanza una campaña para rescatar la vida y luchar contra el cambio climático. Llama a la unidad luego de décadas de división ahondada por los políticos y más que nada por la pobreza. Saluda a la pluralidad y a la diferencia escogiendo como su vicepresidenta a Francia Márquez, afrodescendiente, feminista, que le da otra vuelta de tuerca a la vida buena y la convierte en la “vida sabrosa” en medio de colorido, cumbias y vallenatos. No se trata de las iniciativas u ocurrencias de Petro y de Francia: es el contundente mandato del pueblo colombiano luego de décadas de movimientos, luchas y urnas.

Estos días también se celebra en la rebeldía y en la fiesta el aniversario 19 de los Caracoles Zapatistas. Experiencia de autonomía y resistencia iniciada el 9 de agosto de 2003 por cinco comunidades zapatistas. Se han montado exposiciones, bailes, fiestas, cantos, talleres. No sólo en la selva chiapaneca, por todo el país y en diversas partes del mundo, las y los de abajo celebran casi dos décadas de construcción cotidiana de otro mundo posible, sin ogros filantrópicos ni Estados sofocantes, con el trabajo y los sueños y la mística de todas las personas haciendo por todos lados cosas pequeñas que miran hacia un mundo nuevo, vivo, grande, para todas y para todos. Los caracoles del EZLN, esa Nación, ese mundo, construido desde abajo, con la solidaridad de las y los desde abajos, autogestionariamente, se han convertido en el faro innegable de la esperanza sembrada desde el sur global.

Este principio de agosto nos ha mostrado dos fórmulas que se enfrentan: la del miedo-cerco-aniquilación que conduce irremisiblemente a la muerte, protagonizada por los grandes poderes del norte global. Y la de la rebeldía-autonomía-confianza-solidaridad-diferencia, que es un continuo crear y recrear de la vida, puesta en marcha desde abajo.

Víctor M. Quintana es asesor al Frente Democrático Campesino de Chihuahua e investigador/profesor en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez y colaborador con el Programa de las Américas