El día que hicimos historia

By  |  15 / marzo / 2020

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Fue la marcha de mujeres más grande en la historia de la Ciudad de México, y el 8 de marzo más combativo. Decenas de miles de mujeres, en un río color violeta, fluyeron por las calles del centro. Marcharon mujeres de todas las edades, sectores, clases, barrios, escuelas. Ellas llenaron las calles con sus cuerpos y sus gritos. Los pocos hombres presentes se quedaron hasta el final o a los lados.

La marcha que salió del Monumento a la Revolución juntó amas de casa que jamás han marchado, feministas que marchan todos los 8 de marzo, mujeres sobrevivientes de la violencia y mujeres que teman ser las que siguen. Entre todas, hay un hilo negro que une sus vidas y sus corajes —la violencia de género. Para ninguna es un tema abstracto; todas conocen la violencia de primera mano. La han sufrido en carne propia, o aman a alguien que ha sido víctima–hermana, madre, hija, amiga, colega.

¿Por qué tanta rabia?

Pocos temas han generado tanta polémica en tan poco tiempo como las manifestaciones de las mujeres mexicanas en este año. Las redes sociales arden con ataques contra el feminismo y contra las mujeres que se atreven a alzar la voz y tomar la calle. ¿Con qué derecho se quejan, si las cosas están cambiando?, dicen algunos, como si los números que registran el altísimo nivel de feminicidios fueran un atavismo. Las respuestas de odio contra mujeres que piden una vida sin violencia han sido un reflejo fiel de cómo la violencia forma parte de una estructura de privilegios que no quieren ceder.

Preguntan: ¿por qué tanta rabia? Contestan las mujeres:

“Las autoridades no han hecho nada en un año”. La cuñada de Vania fue víctima de feminicidio el 24 de mayo de 2019. “La secuestraron y la asesinaron y apareció su cuerpo en Iztapalapa”, relata la mujer que porta la foto de su cuñada. Para ella, marchar juntas surge de la esperanza de ver un cambio real. “Esperamos que la conciencia social cambie, que haya una conciencia mucho más grande para que se termine el abuso a la mujer”.

Más adelante, dos mujeres relatan la vida en una de las zonas más peligrosas para las mujeres de México —Ecatepec. “Vivimos en Ecatepec y estamos hartas de tanta violencia, de ver que la sociedad en México se sigue pudriendo poco a poco”. Es la primera vez que han marchado un 8 de marzo. “Por lo regular, no participo”, dice la mayor de ellas, “pero hoy es un día importante. Soy madre de tres hijas y diario me paro pidiendo a Dios que las cuide”. “Vivimos a una calle, a unas cuadras del ‘monstruo de Ecatepec’ (asesino en serie). Conozco a la persona que le comieron a su hija. Mi hija ha sido violentada y si estamos aquí es para alzar la voz”. Dice que su hija menor, de 10 años, ahora no puede ni salir a la esquina a comprar tortillas.

En el primer contingente marchan las madres de las víctimas de feminicidio, entre los aplausos de la multitud y con ramos de flores en la mano. Su dolor y su lucha les ha dado una autoridad moral indiscutible en el nuevo movimiento contra la violencia contra las mujeres.

Irinea Buendía es una de las figuras más conocidas por su lucha. Su hija Mariana Lima Buendía fue asesinada por su exnovio en 2010. Su caso llegó hasta la Suprema Corte y resultó en una decisión que exige que el Estado investigue y juzgue los casos con perspectiva de género y que brinde reparaciones por violaciones de derechos humanos. A pesar del logro, su lucha no terminó allí, y la mujer con pelo blanco y actitud indomable sigue reivindicando el nombre y la vida de su hija. “Mi hija fue asesinada, no se suicidó”, afirma, ya que las autoridades intentaron a atribuir la muerte al suicidio. “Así es como los jueces y las autoridades se escudan y dicen que son inocentes los feminicidas, porque para ellos hay empatía, para los asesinos, y no para nosotras. ¡Ya basta! Estamos aquí para exigirle al presidente López Obrador que se posicione acerca de los feminicidios”. Con otras mujeres, denunció la propuesta del Fiscal de eliminar la tipificación de feminicidio–un logro de las madres y activistas—para reconocerlo como homicidio de mujeres con agravantes.

La mamá de Fátima Quintana también marcha en el primer contingente. Fátima tenia 12 años en febrero 2015, cuando “tres de mis vecinos se sentían con derecho de arrebatarle la vida a mi niña”, relata Lorena Gutiérrez. “La torturaron, la violaron y la semi-enterraron. A una niña, una niña a la que el Estado no le garantizó la seguridad de ir y regresar de la escuela con vida a casa”. “A Fátima, el Estado le debe, está en deuda con Fátima y con todas las mujeres y niñas asesinadas en el país.”

Los primeros contingentes están llegando al Zócalo cuando siguen apenas saliendo mujeres del Monumento a la Revolución. Entrando a la enorme plaza, las familiares de María Magdalena Jardón marchan juntas tras la lona que lleva su foto. La enfermera salió del trabajo en 2013 y encontraron su cuerpo unos días después. “No hemos recibido ninguna solución por parte del gobierno. Siempre dicen que no hay pruebas suficientes para inculpar a alguien”, dice su sobrina. “Hemos buscado justicia por 7 años, hemos tocado puertas y nadie nos ha abierto. Buscamos que el gobierno y la sociedad se sensibilice ante el dolor. Cuando lo vives, te mata una parte. No solo mataron a Magda, mataron a nosotras como familia”, dice Claudia Jardón.

A la salida por Pino Suárez una mujer está parada en media avenida 20 de Noviembre. “Soy feminista por violación”, se lee en las letras escritas con marcador en una cartulina que está doblada a sus pies. “Sí, esa soy yo”, dice la mujer de unos 25 años con voz cortada, entre triste y desafiante. Es la primera vez que se presenta así.

La unidad de las diversidades

La histórica marcha logró unir mujeres que no se conocen, pero se reconocen. Entre los contingentes hay mujeres de la comunidad LGBTQ, jóvenes, anarquistas, teatreras, artistas y músicas, estudiantes, descapacitadas, ONG, y más. “Esta es una forma de hacer visible nuestra lucha”, dice Tania Marcela, desde su silla de ruedas. “Nuestro contingente incluye mujeres que son sordas, con discapacidad mental y motriz. Eso nos pone frente una desventaja, sobre todo para las mujeres.”

La violencia vinculada al trabajo presenta otro tipo de amenazas y violencias para las mujeres trabajadoras. Mujeres de distintos sectores participaron para denunciar la discriminación, el miedo de perder el empleo como forma de chantaje, en que los hombres supervisores piden “favores” a las trabajadoras. El contingente de periodistas marcha tras una lona que dice: “Para que publiquen sus notas no necesitas salir con el editor”.

“Vivimos desigualdades, injusticias y acoso, que están muy normalizadas en las redacciones”, dice Reina Paz de La Crónica. “Estamos aquí para salir y denunciar, aunque sea con cartelitos, algo que se vive solas”.

Las jóvenes se han organizado para marchar, algunas con colectivas que tienen tiempo dedicadas al tema y otras espontáneamente. Unas jóvenes formaron un grupo por WhatsApp para marchar en un grupo más grande y ahora son 130. Todas llevan un listo blanco en la mano izquierda. “Creímos que era necesario salir a marchar hoy para mostrar que no tenemos miedo y que queremos seguir viviendo”, dice Sabrina Quevedo, de 23 años. “Nos ha afectado porque en grupos muy cercanos, varias amigas han desaparecido en estos días y no está bien”.

Hacia el principio de la marcha, para protegerlos, camina el contingente de madres con hijos. “Yo he marchado toda mi vida, pero hoy no podía faltar– por ellas y por mí”. Su hijo de 12 años esta a su lado mientras se preparan a salir. “Creo que es importante que él escuche la rabia que tenemos las mujeres porque para cambiar este sistema los hombres tienen que hacer conciencia, y es difícil cuando son adultos”, afirma Gabriela Salinas Parra. Su hijo, Rodrigo Pérez Salinas, agrega: “Me di cuenta de cuán importante son las mujeres del país cuando marché el año pasado y después de enterarme de los casos en enero y febrero decidí que tenía que venir a apoyar a las mujeres porque si no estamos básicamente perdidos».

Un grupo de estudiantes del Colegio Madrid, desde primaria a la preparatoria, e incluso con mamás, han hecho su contingente. Una joven de la prepa explica: “Estuvimos en la escuela platicando cómo participar y decidimos marchar, por toda la impunidad que sufrimos las mujeres y cómo la estadística va creciendo y no hay ninguna respuesta del gobierno”.

También explica que para ellas fue importante que fuera una acción sólo de mujeres, una característica de la mayor parte de los contingentes. “Crear un contingente separatista creo que es fundamental, porque aunque los hombres quieren tener un participación en el movimiento, no se puede. Es una lucha de nosotras y ellos no sufren lo que nosotras”. Terminan en coro “¡Ni una menos!” .

Algo profundo cambió en la vida política de México este 8 de marzo. Con muchas formas de lucha, desde muchas perspectivas y vivencias, lo que las autoridades calculan en 80 mil mujeres y otros en más de 100 mil, salieron a la calle para expresar su hartazgo, su exigencia, su rabia y sus deseos de simplemente vivir sin violencias. Una consigna constante fue: “Nada sobre nosotras sin nosotras”. Y toda política es sobre nosotras porque somos la mitad del mundo. El país no puede volver a ser lo mismo que fue antes. Las mujeres no lo permitirán.

Ciudad de México | Desinformémonos. 8 de marzo de 2020. Texto y fotos: Laura Carlsen