El triunfo en la elección presidencial de Brasil del candidato de la extrema derecha, Jair Bolsonaro, está teniendo profundos impactos en los demás países de América Latina. Ese cambio sustancial tiene como contracara la caída del gobierno del Partido de los Trabajadores. Por esas razones se vuelve necesario analizar esos fenómenos, y en especial a las izquierdas les toca asumir el reto de aprender de ellos, para no repetir tanto esa caída de las opciones de cambio como la apertura al triunfo de la extrema derecha.

Este artículo aporta algunas reflexiones en ese sentido. No repetimos ni la información circulante de estos días ni las explicaciones simplistas de lo que sucedió dentro de Brasil, sean aquellas que ven un complot del imperialismo coaligado con las fuerzas más conservadora del Brasil, las de que culpan de todo al Partido de los Trabajadores, o los que consideran ingenuamente que el triunfo de Bolsonaro fue simplemente el resultado de la propaganda. Nuestro objetivo es, en cambio, promover una reflexión en los demás países latinoamericanos, y que sea útil para identificar lecciones que promuevan una renovación de las izquierdas e impidan fenómenos similares a Bolsonaro en los países vecinos.

Progresismos e izquierdas: son diferentes

En toda Latinoamérica, diversos grupos políticos conservadores realizan un activo entrevero de hechos para desacreditar cualquier opción hacia la izquierda. Mezclaron severas crisis democráticas –no solo económicas- como en Venezuela y Nicaragua con la crisis del gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil. Insistieron en que las opciones de la izquierda son imposibles, están fatalmente teñidas de corrupción y hasta sangre, y así sucesivamente.

Pero justamente la crisis brasileña muestra la urgencia de insistir en que los progresismos son distintos a las izquierdas. Progresismos como los del PT brasileño se diferenciaron de las izquierdas que le dieron origen. Nunca ocultaron ese cambio sino que lo presentaban como un atributo. Por lo tanto, una primera lección crucial es que izquierdas y progresismos no son lo mismo.

Humildad para entender los humores del pueblo

El gobierno de Lula da Silva repetidamente se presentó como ejemplo de las llamadas “nuevas izquierdas” en toda América Latina y el mundo. Múltiples grupos en distintos países lo tomaron como ejemplo, y en especial en el norte global. Es más, se insistía en que la mayoría del “pueblo” adhería a la izquierda, explicando así victorias electorales como las de Dilma Rousseff. Sin embargo, en un proceso relativamente veloz, aunque plagado de abusos jurídicos por parte de grupos conservadores y corruptos, el PT perdió el control del gobierno. Rousseff fue removida de su cargo, y terminó de presidente un político de derecha poco conocido y corrupto, Michel Temer, pero quien era a su vez parte de la coalición del PT.

El cambio se acentúo dramáticamente con el triunfo de Bolsonaro. En ello se evidencia que la sociedad brasileña es mucho más conservadora de lo pensado, y que aquel mismo “pueblo” que antes aplaudía al progresismo, ahora muchos rechazan al PT, y muchos otros festejan a un candidato con discursos de tono fascista. Aquí nace otra lección: hay que ser cautos al usar categorías como “pueblo”, y ser humildes al aseverar cuáles son los pensamientos o sensibilidades prevalecientes.

Derechas sin disimulos y progresismos disimulando ser izquierda

Seguidamente se evidencia otro aprendizaje: los riesgos de un programa recostado sobre sectores o ideas conservadoras para ganar elecciones. Nos referimos a las posturas que entienden que primero se debe “ganar” las elecciones, y luego, desde el palacio de gobierno, se “cambiará” al Estado y a la sociedad. Esa táctica ocurrió con el PT como fueron, por ejemplo, su coalición política con el PMDB (Partido Movimiento Democrático Brasileño) de centroderecha para lograr “gobernabilidad”, a la adhesión al desarrollismo extractivista. Este es justamente uno de los aspectos que caracterizan al progresismo y lo diferencian de las izquierdas.

En Brasil se cayó en una situación donde el progresismo gobernante aparentaba ser una izquierda, mientras que la nueva derecha nada disimula ni oculta. Bolsonaro critica abiertamente a negros o indígenas, es homofóbico y misógino, ironiza con fusilar a militantes de izquierda o defiende la tortura y la dictadura.

Desarrollo nada nuevo sino senil

El camino de Lula y Dilma fue el “nuevo desarrollismo”, cuya base son las exportaciones primarias ampliando las fronteras de apropiación de recursos naturales y la captación de inversión extranjera. Una lógica repetida en todos los países gobernados por el progresismo, desde Argentina a Venezuela.

En efecto, Brasil se convirtió en el mayor extractivista minero y agropecuaria del continente, y con ello aceptó una inserción subordinada en el comercio global y una acción limitada del Estado en sectores como la industria. Todo esto es justamente el contrario de las aspiraciones de la izquierda, la que siempre aspiró a que nuestros países abandonaran esa dependencia de proveer materias primas. Ese extractivismo además contribuyó al rentismo, alentó el clientelismo, el autoritarismo y la corrupción.

Las limitaciones de tales estrategias se disimularon en Brasil, como en otros países sudamericanos, con los jugosos excedentes de la fase de altos precios de las materias primas. Aunque se publicitó la asistencia social, el grueso de la bonanza se centró en otras áreas: subsidios y asistencias a sectores extractivos, apoyo a algunas grandes corporaciones (las llamadas campeões nacionales). Todo esto explica que ese “nuevo desarrollismo” fuese apoyado tanto por trabajadores, que disfrutaban de créditos accesibles, como por la elite empresarial que conseguía dinero estatal para internacionalizarse. Así Lula era aplaudido, por razones distintas, tanto en barrios pobres como en el Foro Económico de Davos.

La caída de los precios internacionales de las materias primas mostró que las ayudas mensuales que se otorgaban en Brasil a los sectores más pobres sin duda son importantes, pero no aseguran superar realmente la pobreza. No se enfrentaron las desigualdades estructurales, persistió la excesiva concentración de la riqueza, y parte del financiamiento a las corporaciones se perdió en redes de corrupción.

A su vez, la insistencia progresista en el crecimiento económico como fundamento del desarrollo reforzó un mito aprovechado por Bolsonaro, presentándose como el mejor mediador para alcanzar esa meta. En cambio, las izquierdas deben, en el siglo XXI, atreverse a poner en discusión ese reduccionismo.

El aprendizaje está en reconocer que en Brasil como en el resto de la Latinoamérica hay una incapacidad para transformar la esencia de sus estrategias de desarrollo. Se profundizó la dependencia en las materias primas, con China como nuevo referente, con graves efectos en la desindustrialización y fragilidad económica y financiera. Incluso, el “nuevo desarrollismo” vislumbrado por el progresismo no es “nuevo”, es tan viejo como las colonias durante las cuales nació el extractivismo.

Las izquierdas en el resto del continente deben asumir que las alternativas al desarrollo sigue siendo una cuestión clave. Se podrá tener un discurso radical, pero si las prácticas de desarrollo repiten los viejos estilos, se quiera o no, se caerá en políticas públicas convencionales, y es esa convencionalidad lo que caracteriza a los progresismos y permite diferenciarlos de las izquierdas.

Clientelismo versus justicia social

El “nuevo desarrollismo” impone prácticas concretas o se usan instrumentos económicos, sociales y políticos que no son neutros, y más bien son contrarios a la esencia de la izquierda. Posiblemente los ejemplos más conocidos están en la ampliación de los monocultivos o de la minería. De esos modos se deterioran los derechos y la democracia. Las políticas sociales clientelares pueden paliar algunas aristas de esa problemática, pero no construyen ciudadanías sólidas desde donde reclamar derechos.

En Brasil, el PT aprovechó distintas circunstancias para reducir la pobreza y alcanzar otras mejoras (como incrementos en el salario mínimo, formalización del empleo, salud, etc.), todo lo cual debe aplaudirse. Pero, mucho de ese esfuerzo descansó en el asistencialismo y la mercantilización de la sociedad y de la Naturaleza. La bancarización y el crédito explotaron, y el consumismo se acentúo, confundiéndolo con mejoras en la calidad de vida. El progresismo aquí olvidó aquel principio de la izquierda de desmercantilizar la vida, justamente una de sus reacciones contra el neoliberalismo prevaleciente en el siglo pasado.

La idea de justicia en Brasil se redujo a enfatizar ciertas formas de redistribución económica, mientras que los derechos de ciudadanos y de diversas comunidades, sobre todo indígenas, siguen en fragilidad. No puede obviarse que Brasil, por ejemplo, lidera los indicadores mundiales en asesinatos de quienes defienden la Naturaleza (según Global Witness).

Las izquierdas no deberían entramparse en esos reduccionismos. Es hora de aceptar que la justicia social implica mucho más que redistribuir, así como que la calidad de vida rebasa al crecimiento económico. Una izquierda renovada jamás deberá tolerar el debilitamiento y menos aún la criminalización de los movimientos ciudadanos o sociales. Al contrario, una verdadera izquierda debe promover y fortalecer la organización popular autónoma el marco de los derechos humanos y de la Naturaleza. Y en todo momento y en todo lugar (sea en Colombia o Perú como en Venezuela o Nicaragua) debe defender dichos derechos, más aún desde el gobierno, aún si ello le significa perder una elección, ya que es su única garantía no sólo de su esencia democrática sino de retornar al gobierno.

Ruralidades conservadoras

Las cuestiones alrededor de las ruralidades y las estrategias de desarrollo agrícola, ganadero y forestal también dejan lecciones. Sin duda Bolsonaro llega a la presidencia apoyado, entre otros, por un ruralismo ultraconservador que festeja sus discursos contra indígenas, campesinos y los sin tierra, y que incluso reclama el uso de la violencia armada.

El problema es que esa “bancada ruralista” que hoy apoya a Bolsonaro ya estaba en el gobierno, en tanto Dilma Rousseff colocó a una de sus líderes en su gabinete (Kátia Abreu). Este ejemplo debe alertar a la izquierda, pues distintos actores conservadores y ultraconservadores aprovechan de los progresismos para enquistarse en esos gobiernos. Son progresismos que les dan lugar bajo discursos de pluralidad y gobernabilidad y necesidad de estabilidad y apoyos electorales.

El retroceso del progresismo también responde a su incapacidad en promover una real reforma agraria o en transformar la esencia del desarrollo agrícola. Recordemos que bajo el primer gobierno de Lula da Silva se difundió la soja transgénica y se multiplicaron los monocultivos y la agroindustria de exportación, sin cobijar de igual forma a los pequeños y medianos agricultores. Otras administraciones progresistas, en especial las de Argentina y Uruguay, apostaron al mismo tipo de agricultura.

En suma, los progresismos no exploraron alternativas para el mundo rural, insistiendo en el simplismo de apoyar los monocultivos de exportación, sostener al empresariado del campo, y si hay dinero, dar asistencias financieras a campesinos. Las izquierdas deben proponer una nueva ruralidad, abordando en serio no solo la tenencia de la tierra, sino los usos que se le dan, el papel de proveedores de alimentos sobre todo para el propio país y luego para el comercio global.

Radicalizar la democracia

La debacle política brasileña nos recuerda la crucial tarea de radicalizar la democracia, una de las metas del empuje de izquierda de años atrás y que precisamente el progresismo abandonó. Aquella incluía, por ejemplo, hacer efectiva la participación ciudadana en la política y mejorar la institucionalidad partidaria.

Sin embargo, el PT concentró el poder en el gobierno federal, y cayó en prácticas como usar los sobornos a los legisladores (expresado en el escándalo de las “mensualidades” en el primer gobierno); persistió el verticalismo partidario (por ejemplo, con Lula eligiendo a su “sucesora”); poco a poco se desmontaron experimentos vigorosos (como los presupuestos participativos); y se desplegaron enormes redes de corrupción con la obra pública. El caudillismo partidario se repitió en otros progresismos, como se observó con Rafael Correa en Ecuador o con Cristina Fernández de Kirchner en Argentina.

Es claro que una renovación de las izquierdas debe comprender esa dinámica, y no puede renunciar a democratizar tanto la sociedad como sus propias estructuras y prácticas partidarias. Si no lo hace, facilita el surgimiento de oportunistas. Las estructuras políticas de izquierda deben, de una vez por todas, ser dignas representantes de sus bases y no meros trampolines desde los que ascienden figuras individuales aspirantes a caudillos.

En síntesis, las izquierdas deben renovarse asumiendo la (auto)crítica, cueste lo que cueste, para aprender, desaprender y reaprender de las experiencias recientes. Se mantienen conocidos desafíos y se suman nuevas urgencias. La izquierda latinoamericana debe avanzar en alternativas al desarrollo, debe ser ambientalista en tanto busca una convivencia armónica con la Naturaleza y feminista para enfrentar el patriarcado, persistir en el compromiso socialista para remontar la inequidad social y decolonial para superar el racismo, la exclusión y la marginación. Y, sobre todo, debe ser anticapitalista y antisistémica. Todo esto demanda siempre más democracia, nunca menos.

 

 

Alberto Acosta fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador y candidato a la presidencia por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.

Eduardo Gudynas es investigador en el Centro Latino Americano de Ecología Social en Uruguay.

El texto resume distintas ideas publicadas en diferentes versiones en Voces (Uruguay), Página Siete (Bolivia), Wayka (Perú), Plan V (Ecuador) y Desde Abajo (Colombia).

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