Semillas mayas contra el monocultivo feminista

En su libro Respondona, bell hooks habla de cómo con frecuencia “las mujeres feministas (muchas de las cuales son blancas) dicen que quieren oír hablar a mujeres que hasta ahora no han tenido voz, pero no siempre quieren oír lo que tenemos que decir”. Sus palabras me lanzan flashes del pasado en los que feministas de marca registrada hicieron comentarios respecto a mi cultura e, independientemente de si querían oír mi voz o no, yo no pude responderles porque no lograba articular por qué estaban equivocadas. Mi voz estaba afónica. 

Una de esas veces fue una actriz de Hollywood, cuyo nombre no es importante para este ensayo, que fue a la ciudad donde vivo para hacer un documental sobre la historia de las mujeres de aquí. Trabajé en la producción de las historias y le presenté a un grupo de pescadoras que estaban transformando su comunidad al mostrar que las mujeres también podían dedicarse a la pesca. Pareció encantarle la idea pero cuando las vio acercándose con hombres ayudándoles a transportar los alijos me miró contrariada preguntándome por qué si ellas eran las pescadoras, trabajaban con hombres. 

Mujeres en Yucatán trabajan en la pesca. Foto: Jafet Kantún

Quise explicarle la importancia de estas mujeres: que ellas eran las líderes de la cooperativa, que habían conseguido independencia económica para otras mujeres de la comunidad y que sacaban adelante a sus propias familias. El hecho de que niños y hombres les ayudaran a realizar ciertas tareas manuales no hacía menos su liderazgo. Quise decirle que en las comunidades racializadas el separatismo no era siempre una estrategia viable y que en ese lugar la base del pensamiento era comunal. Pero me quedé callada porque -aunque en mi cabeza tenía la noción- no sabía cómo decirlo y mucho menos en inglés; porque ella no hablaba español.  

Fueron días de oír discursos feministas “interseccionales” a chorros, de escuchar en inglés sobre “el cruce de miradas y culturas”, pero toda su percepción de la realidad era unilateral. Ella, que había ido a conocer y documentar una realidad distinta, se mostró decepcionada al no recibir lo que se había imaginado. Y es cierto que una ya no espera nada del feminismo blanco hippie buena ondita pero lo que realmente caló en mí fue mi imposibilidad para hablar y describir mi realidad. 

Por qué el feminismo interseccional no alcanza

Aunque comprendo que existe una diferencia entre el feminismo blanco disfrazado de interseccionalidad y el “verdadero” feminismo interseccional, no creo que el feminismo interseccional incluya todos los movimientos liderados por las mujeres. Así como los hombres tienen la posibilidad de liderar otros movimientos que no tengan que ver con su género, las mujeres también somos capaces de elegir los movimientos que queremos construir. Decir que el feminismo interseccional abarca todos ellos es una mentira cuando esas luchas no ocupan un lugar en los estantes feministas de libros, documentales, películas o conversaciones cotidianas.

En la perspectiva interseccional se apunta a la necesidad de analizar una vida en relación de todas sus partes, pero muchas veces en el feminismo ha tenido una aplicación más bien globalizante: junta, mezcla y reduce a las mujeres como si fuésemos un grupo homogéneo.

Sí, tiene la buena intención de entender a las mujeres desde las diferencias, pero sigue poniendo el género en el centro y eso es un sesgo en sí mismo porque para muchas mujeres la primera opresión no está en el género o es indivisible de las otras.

Hay razones capitalistas y blancas por las cuales en el imaginario colectivo tenemos una mejor noción de lo que significa patriarcado a lo que significa racismo ambiental. Por algo se llama feminismo interseccional y no antirracismo interseccional. 

Aura Cumes, investigadora y escritora maya kaqchikel, ha explicado por qué las premisas universales del feminismo no calzan con la realidad de muchas mujeres mayas: 

“Amigas feministas me decían: Aura, tú primero eres mujer y después eres maya. Y nos enredábamos en esas discusiones que para mí no tenían sentido (…) Quien está priorizando un nivel de la lucha es que está hablando desde un lugar, está haciendo política desde un lugar y está haciendo academia desde un lugar. Las personas que están luchando porque son mujeres no están siendo amenazadas de que su pueblo va a ser exterminado, de que se van a llevar el río, porque hay una seguridad de condiciones que le permiten decir ahora lucho por ser mujer, pero en el caso de las mujeres indígenas y las mujeres rurales no”.

Aura Cumes

Yo soy de Yucatán y, aunque crecí adormecida en la asimilación de la clasista y blanca ciudad de Mérida, mi familia paterna es maya. No tengo resueltas las reflexiones sobre mi identidad pero intuyo -y he escuchado que otras lo intuyen también- que el feminismo interseccional más interseccionalísimo de todos sigue quedando corto para mujeres mayas o mayadescendientes.

Porque sigue privilegiando la condición de ser mujer sobre cualquier otra vivencia “extra” que se diluye en la palabra interseccionalidad. Me da las mismas vibras que el concepto “pueblos indígenas” que usa el Estado Mexicano para hablar de 68 culturas, para construir una “nación artificial” como lo ha dicho la lingüista, escritora, traductora e investigadora ayuujk, Yásnaya Aguilar. 

Aguilar también ha dicho que sí hay cosas en común en esos pueblos, pero la mezcla que las reduce no permite que en el imaginario se distingan las diferencias medulares. Eso es el feminismo interseccional: una manera de abarcar todo sin tomarnos la molestia de desmenuzar cada una de las partes. No pueden incluirnos si todavía no nos han escuchado, y no nos pueden escuchar si no articulamos las palabras, si no ensayamos la voz, si no aprendemos a usarla.

Sé que es difícil determinar qué lucha es más importante para una cuando el capitalismo, el racismo y el patriarcado funcionan de manera tan articulada. Pero en esta búsqueda de mi voz, de mi centro, soy consciente de que el racismo y el clasismo le quitaron al pueblo maya la identidad, la memoria y le arrancaron la lengua. Mi padre solía escuchar a su mamá hablar maya con su abuela en secreto, yo lo escuché a él algunas veces cantando en maya. A mí me quedan los retazos en un idioma mestizo y sobre esa lengua malix reconstruyo mi voz porque ya no estoy dispuesta a que me quiten nada más.

La teoría y el feminismo silvestre 

Hace un tiempo la imagen de “A tu teoría le falta calle” recorrió las calles hacinadas de internet. Yo fui una de las usuarias que la compartió con una sonrisa de ¡por fin alguien lo dice! y volví a hacerlo cuando me topé con la imagen mejorada: “No te falta calle, te falta campo”. Y pensé en todos esos conceptos abstractos que había aprendido en la milpa de mujeres organizadas, en los foros de pueblos mayas de la Península de Yucatán y de pláticas de sobremesa con mujeres mayas. 

Todas esas experiencias cambiaron radicalmente mi manera de ver la vida y de verme a mí misma como ningún libro de teoría había podido hacerlo. Y creí, erróneamente, que como esas palabras no habían sido publicadas por la academia, la teoría no hacía falta. Hasta que escuché una charla de la antes citada Aura Cumes Simón, en la que hablaba sobre la necesidad de ser sujetas epistemológicas, o sea, protagonistas y autoras de teoría: 

“Hemos colocado la respuesta política de que las mujeres indígenas no solo somos seguidoras de los movimientos de mujeres, de género o feministas sino que somos sujetas epistémicas, es decir, desde nuestra experiencia creamos conocimientos, ejercicio y horizonte político. Somos al mismo tiempo muchas cosas”. 

Aura Cumes

Las mujeres mayas interesadas en estructurar el pensamiento de género y antirracista contemporáneo con perspectiva cultural existen y esa debería ser razón de sobra para no minimizar la teoría ni separarla de la práctica. Ese pensamiento dual y separatista, como lo dice bell hooks, también es una mirada colonial. A diferencia del pensamiento maya, por ejemplo, en el que todo está conectado.

En un encuentro internacional realizado en marzo de 2023 en el pueblo de Sotuta, Alika Santiago, quien se describe como una feminista silvestre “porque su feminismo creció solo, como crecen solas las plantas, flores y hierbas en donde quiera que haya tierra”, habló sobre el óol. Una voluntad de vida que depende del equilibrio espiritual, mental, vínculos sociales y el vínculo con la tierra, la lectura de todo en relación con una misma. Un bienestar que va más allá de lo económico, lo social y lo intelectual, donde no hay luchas separadas sino vínculos que se rompen. 

Mujer en pesca. Foto: Jafet Kantún

K-luumil X’Ko’olelo’ob, la colectiva de la que forma parte, ha tomado la postura política de remontarse a los cuidados como una forma de complementar la lucha que otras mujeres lideran para la defensa del territorio y concentrarse en el trabajo con mujeres. Hizo una crítica a la lógica patriarcal “que ha sido sangrienta y dolorosa para hombres y mujeres”, pero también recalcó la importancia de cambiar las violencias aprendidas por el propio pueblo maya: 

“Vivimos en una comunidad maravillosa desde nuestra cosmovisión maya pero aún en nuestra cosmovisión hay muchas violencias y tenemos que hablarlas. Sí, lo que nuestras abuelas y abuelos heredaron nos mantienen y está vivo hoy, pero también hay que sembrar nuevas semillas. Alguien lo tiene que hacer, tenemos que encajar como se complementan las arañas y las abejas”. 

Alika Santiago

En ese conversatorio también estaba Leydy Pech, guardiana de las abejas, con sus compañeras de la colectiva de mujeres mayas Muuch Kambal. Como yo iba a moderar su charla, me presenté antes de comenzar e intenté transmitirles, no sé por qué, que en ese lugar donde había personas de todos los continentes, yo era peninsular. Leydy Pech me miró con curiosidad y me preguntó si yo era la ceibita de la que había oído hablar. No era yo, pero guardé la abstracción de hablar de la Ceiba, un árbol sagrado, para describir a una persona que crecía en solitario, a la que había que hacer sombra. Y recordé otros conceptos como “monocultivo mental”, una frase que escuché de Arnauld García, biólogo que trabaja sistemas agroforestales en Sotuta, para hablar del peligro de pensar con una base monolítica sin nutrirse de otras ideas. 

Escuchando a las maestras sembradoras hablar de su experiencia acompañada de reflexiones profundas sobre identidad, colonialismo, racismo y extractivismo, sentí por fin la potencia de converger el hueso con la carne.

La teoría y la práctica con una voz propia, un lenguaje común y a la vez inédito: monocultivo mental, ser ceiba, florecer en la sequía, ir juntas como las abejas. Mujeres hablando de cuidados y de solares, redefiniendo conceptos sin dividir teoría y campo, poniendo al centro a las mujeres sin olvidar que la base está en lo comunal. 

Existen movimientos de mujeres en el mundo que no se nombran feministas y que no tendrían por qué utilizar un concepto con el que no se identifican, a pesar de los esfuerzos por universalizarlo, pero también existen mujeres que han resignificado la palabra “feminista” para llevarla a sus luchas a partir de sus contextos. Además de Alika Santiago, está Yamili Chan del proyecto familiar de género y medioambiente U Yich Lu’um en el municipio de Sanahcat, también en Yucatán.

Yameli Chan me dijo que cuando se hablaba en maya, el idioma que habla el 23% de la población yucateca, ser o no feminista pasaba a segundo plano porque no son conceptos que se utilicen en esa lengua. Para ella era revolucionario llamarse feminista pero entendía que para otras no y eso no significaba que las reflexiones sobre violencia sexual o familiar no estuvieran presentes en las mujeres de la comunidad. 

Sí, a la teoría le hace falta barrio, campo, mar, cenote, terrenos de uso común y posiblemente hasta un jardín recreativo, pero hasta el monte se alimenta de teoría. 

La identidad no es una propiedad privada 

En esta diversidad de opiniones silvestres están también las activistas y pensadoras antirracistas que satanizan al feminismo y todos sus apellidos. No comparto esta crítica absoluta porque deslegitima las reapropiaciones del término; y estigmatiza a feministas que mantienen un diálogo cercano con mujeres que lideran otras luchas sin la pretensión de bautizar como feminismo a una lucha diferente. A este tipo de críticas también lo llamaría monocultivo mental (si nos organizamos, lo volvemos pop): No hay necesidad de escoger uno u otro; las luchas podrían converger en un mismo territorio como convergen las sandías con los chiles habaneros, el maíz y las plantas medicinales en un mismo solar sin desenraízar ni interrumpir sus ciclos entre sí. 

En términos generales estoy de acuerdo con las críticas de hacer política basada únicamente en la identidad. Particularmente en la Península de Yucatán el borrado de los conocimientos mayas viene acompañado de un despojo de la identidad para explotarla a través del turismo y la cultura oficialista. Los gimnasios, los hoteles, los festivales, los megaproyectos que despojan al mismo pueblo tienen nombres en la lengua o simplemente se les agrega “maya” a lo que es cínicamente blanquitud. 

En ese contexto, la conformación de una voz colectiva que hable de sus problemas específicos, con sus propias palabras y formas de entender el mundo es indispensable para la resistencia cotidiana, las estrategias de cuidado y lucha y la siembra de un futuro que se parezca más al mundo que imaginamos y no que se nos impone. Pero no podemos quedarnos solo en el diálogo entre iguales.   

La escritora y radiolocutora yucateca Alf Bojórquez, cuyo programa de radio Un sueño largo, ancho y hondo ha sido un antídoto para mi pensamiento monolítico (ella le llama a la contraparte pensamiento collage), dice que: “El mundo se mantiene intacto cuando se reclama cualquier identidad o representación sólo por beneficio individual. Lo político comienza cuando nuestras vivencias se colectivizan y dejamos de reproducir el mundo actual. Es decir, empieza donde se acaba la propiedad privada del yo”.

Por eso empecé a leer sin detenerme en las credenciales identitarias de autoras y autores que escriben sobre temas que me interesan. Leer a mujeres negras me ha servido de mucho para conectar reflexiones con mis propias vivencias, aunque no sean exactamente lo que vivo. Por ejemplo, durante muchos años me llamó la atención los discursos alrededor del cabello afro y cómo se había reivindicado su belleza y sus cuidados. Un día mi papá me platicó sobre momentos en los que se sintió discriminado por tener el cabello kixpol (un tipo de cabello lacio, grueso y rebelde que suele relacionarse con personas de origen indígena) por el cual ha usado gorra desde que tengo uso de razón. Quizá si yo no conociera las narrativas de reivindicación del cabello afro, hubiera sido más difícil comprender la violencia estética que viven las personas de cabello kixpol. Y si mi papá no me hubiera contado esa historia, yo no habría podido trasladar ese conocimiento a mi realidad. 

Si el feminismo interseccional es lo que viene siendo un xe’ek en Yucatán (una ensalada de frutas, chile y limón) ¿cuáles son las frutas que la componen? Si no podemos nombrarlas, ¿realmente tenemos la receta? ¿lo hemos probado siquiera alguna vez? Dejemos de fingir que somos antirracistas porque hemos leído a algunas mujeres negras. Conozco personas que se sabrán de memoria el poema ¿Acaso no soy una mujer? de Sojourner Truth y que tienen una estructura mental tan sofisticada que pueden detectar prácticas racistas hacia la población afrodescendiente pero al mismo tiempo consideran a los pueblos originarios como un moloch (grupo) de personas que tienen en común la pobreza. También conozco feministas que creen que una conversación con una persona maya en un espacio rural será de un nivel inferior o menos emocionante que el que tendrían con una graduada de la UNAM, y que jamás contemplarían seriamente tener una relación amorosa con un hombre indígena porque los consideran casi naturalmente violentos. 

Es tan importante contar las experiencias que no se ajustan a lo que se ha dicho de racismo, clase y feminismo cómo dialogar con aquello que no forma parte de nuestra identidad porque nutre. Hay plantas en el solar que sirven solo para que otras plantas crezcan, otras que no son semillas endémicas pero que “pegan” al suelo como si lo fueran. 

Las lecturas de otros mundos pueden ser una linterna para mirar con nuevos ojos el nuestro. ¿Cómo estamos leyendo en el sur de México esas ideas? ¿Qué nuevas semillas podemos sembrar a partir de esas otras experiencias que parecen lejanas? Porque no es lo mismo leer a Angela Davis en el sofá de un estudio lleno de libros que en mi hamaca mientras escucho los petardos del gremio en el pueblo. ¿Cómo respondemos a ese diálogo desde nuestro contexto? 

El racismo se manifiesta de maneras muy distintas como el feminismo se multiplica, se reinventa y se disfraza. Una visión realmente diversa, un cultivo rico de ideas necesita nuevos nombres, palabras, conceptos y bases de pensamiento, y algunas mujeres de estatura pequeña y vestidos ligeros están sembrándolas. 

Katia Rejón Márquez (Campeche, 1993) Periodista y escritora. Cofundó la revista Memorias de Nómada y el podcast Fugitivas mx. Escribe de medioambiente, antirracismo, género y cultura.

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