2018: Año de fronteras, muros y resistencias

By  |  21 / enero / 2019

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Es difícil resumir el año 2018 en la región. Fue un año de contradicciones que no permiten una sola lectura de tendencias. Casi la única certeza es el avance del cambio climático. Todo lo que tiene que ver con la política y la justicia social fue una tormenta de corrientes y contracorrientes.

Surgen temas constantes, entre ellos, el eje de esta columna–las fronteras. Las líneas del mapa que encierran economías, identidades y vidas enteras se volvieron campos de batalla, no por primera vez, pero sí de manera alarmante. ¿Quién puede cruzar fronteras y quién puede cerrarlas? ¿Existen dos estándares de derechos y bienestar para la gente de los países ricos y para la gente de los países pobres y en conflicto? ¿Qué tipo de sociedad somos y qué tipo de sociedad queremos? Las fronteras entre las naciones son cada vez más militarizadas, mientras las fronteras entre las ideologías envueltas en el concepto son cada vez más aguerridas.

En los últimos días, hemos visto el cierre parcial del gobierno de EEUU provocado por un enfrentamiento entre republicanos y demócratas por el tema del muro. La pelea es si se incluye o no en el presupuesto el financiamiento de 5 mil millones de dólares para avanzar en la construcción de un muro físico por toda la frontera Estados Unidos-México, la obsesión de Donald Trump y sus séquitos. El muro físico tendría un impacto mayor (muy negativo) en el comercio transfronterizo, el medioambiente y el presupuesto de la nación, y un impacto casi nulo en la migración y el tráfico de drogas.

Por un lado, se esperaba la confrontación entre los partidos con la nueva mayoría demócrata en la cámara baja, como la primera prueba de correlación de fuerzas. Por otro lado, el tema del debate– el muro—es el símbolo de una batalla a fondo en Estados Unidos, entre ser un estado fortaleza que protege los intereses de la minoría y fabrica enemigos para alimentar a la guerra perpetua, o una sociedad diversa, abierta, dinámica y justa.

La política de EEUU, que hasta ahora sigue el nuevo gobierno de México, busca endurecer no solo sus propias fronteras sino las fronteras de México y los países centroamericanos para crear un escudo anti-migrante en todo el continente. El esfuerzo por contener los problemas sociales en Honduras, El Salvador y Guatemala–causados en gran parte por las intervenciones y saqueos de EEUU—mediante fronteras invertidas en rejas es una solución falsa e inhumana. Bajo amenaza de muerte huyen miles de personas y para ellos la contención y el regreso son potencialmente fatales. El éxodo del Triángulo Norte no es un movimiento como tal, pero sí es un fuerte grito de resistencia, en defensa del derecho más elemental que tiene todo ser humano—el derecho de existir.

En varias partes del continente, los principios de libertad, compasión y “el respeto al derecho ajeno es la paz” –consagrados en las constituciones, en la historia y en las declaraciones de derechos humanos internacionales– han sido olvidados frente al permiso de ser fascista que caracterizó el año pasado y será uno de los signos de 2019. Al norte, Donald Trump, presidente del país más poderoso del mundo, se encierra en la Casa Blanca con las personas que reflejan lo peor de su gobierno, los más corruptos, los ideólogos del odio, mientras siguen saliendo hombres y mujeres de su equipo como ratas de un naufragio. Al sur, entra Jair Bolsonaro como presidente del país con la economía más grande de América Latina, iniciando una época de des-democratización, polarización y violencia que tocará, seguramente con no pocas tragedias, las vidas de millones de brasileños y brasileñas.

En México en el primer mes del gobierno de Andrés Manuel López Obrador no ha quedado muy claro por donde se pinta la raya. Su gobierno sigue con el compromiso de cooperar con la política de fronteras anti-humanos de EEUU, con la colaboración con el Comando Sur en la frontera con Guatemala y ahora con el compromiso de aceptar la deportación forzada, aunque sea temporal, de las familias solicitantes de asilo que el gobierno de Trump quiere demonizar y excluir.

Las actitudes anti-migrantes que criminalizan y aterrorizan a mexicanos y mexicanas en EEUU se pusieron en evidencia en Tijuana con la llegada del éxodo de Centroamérica, en los letreros de la marcha contra AMLO el 2 de diciembre en la Ciudad de México, y con los actos represivos de los tres niveles de gobierno contra las personas migrantes como parte de la estrategia anti-migrante que lleva a cabo con el gobierno estadounidense. La falta de establecer una política migratoria propia más allá de la posibilidad de empleo para migrantes centroamericanos y el financiamiento de proyectos de desarrollo que parece seguir el mismo modelo que llevó al desplazamiento forzado es preocupante.

En este año de fronteras y muros, la frontera que se va borrando sistemáticamente es la que debería existir entre el bien y el mal. Millones de personas en los Estados Unidos ahora promueven discursos y políticas abiertamente racistas y xenófobos. Antes, las ideologías de exclusión y discriminación fueron negadas en la sociedad y en el ambiente político por razones éticas que con el tiempo se volvieron reglas de convivencia. El odio hacia latinos y migrantes, afro-americanos y musulmanes antes no tenía cabida en la esfera pública; ahora es el pan de cada día. Antes no pensamos que un hombre acusado de acoso sexual con testimonios de primera mano pudiera llegar a ser magistrado de la Corte Suprema con el poder de tomar decisiones de vida y muerte para las niñas y mujeres.

Con el endurecimiento de las fronteras, se han endurecido también los corazones y las mentes. Miles de personas creen lo que ven en las noticias orwellianas de todos los días, emitidas implacablemente por Fox News y otros–que la guerra es la seguridad, que los de afuera son el enemigo. Estas versiones no corresponden a la realidad. El gasto militar y de la absurda “seguridad fronteriza” desangra a las escuelas, a los servicios de salud y a los programas para los sectores más vulnerables. Todos los meses hay una masacre en alguna escuela o parque o mall en EEUU, perpetradas por ciudadanos criados en el seno de la misma sociedad que rechaza vehementemente a los extranjeros como amenaza. El egoísmo, el sexismo, y el racismo–fortalecidos por el miedo–amagan con destruir a comunidades que crecieron por décadas fundadas en la solidaridad y la diversidad.

La crisis política de nuestros países tiene raíces profundas en la falta de valores centrados en la vida. Y esta pérdida de valores de la vida no tiene que ver solo con Trump. Antes tampoco imaginábamos que un político que defiende la dictadura militar pudiera llegar a ganar una elección democrática. Antes no esperábamos que una sociedad en que la política de guerra contra las drogas costara 250,000 muertos y 37,000 desaparecidos pudiera aún así encontrar justificaciones para seguir con la matanza.

En México, los valores y los principios fueron la clave para dar un giro a la izquierda, para votar por un cambio radical. Ahora si la izquierda quiere mantenerse y gobernar bien, tiene que evitar el pragmatismo que otra vez empieza a borrar la frontera entre lo que es correcto y coherente, y acciones que violan principios para beneficiar a los pocos. El discurso de buenas intenciones no cambia los hechos y la ciudadanía quiere y merece hechos y no un continuismo disimulado.

Las líneas son claras: romper con la agenda de supremacía blanca de Trump y desarmar las fronteras; enfocar los esfuerzos y los recursos en la reconstrucción del tejido social, de todo lo que nos une y no de los muros y conceptos que nos dividen.

 

Columna publicada por Desinformémonos