El olvido, causa de la tragedia en La Montaña

guerrero-600x450En la Montaña de Guerrero, los daños causados por el Huracán Manuel evidencian otro tipo de problemas: la falta de un programa de atención y de emergencia ante desastres naturales, y que la población indígena de los municipios de la parte alta se encuentra en una situación endeble. Es actualmente un lugar devastado y el drama social de pobreza aumenta, dado que se convirtió en zona de desastre y de emergencia humanitaria. La Montaña de Guerrero es el otro México, el de los de abajo, la expresión más nítida de un país más allá de los discursos gubernamentales y megaproyectos económicos. 

En esta zona de Guerrero, la ausencia de escuelas, medicinas, luz eléctrica y otros servicios aumenta el peso de la ignominia. No hay agua potable. En los pueblos más alejados es necesario caminar varios kilómetros para obtener agua y alimentos. Las casas de adobe, teja, zacate y cañuelas, en muchos lugares están colapsadas y contrastan con aquellas construidas con tabiques y cemento de quienes migraron. Los  caminos y carreteras están en mal estado. Los indígenas caminan descalzos por los senderos de la pobreza y las inclemencias del tiempo. La Montaña es un escenario de exclusión social que se acentúa con los daños causados por el fenómeno natural.

La Montaña de Guerrero está integrada por 19 municipios: Alpoyeca, Acatepec, Atlixtac, Atlamajalcingo del Monte, Alcozauca, Cochoapa, Illiatenco, Malinaltepec, Metlatónoc, Tlalixtaquilla, Cualac, Copanatoyac, Huamuxtitlán, Xalpatláhuac, Xochihuehuetlán, Olinalá, Zapotitlán Tablas, Tlacoapa y Tlapa de Comonfort. Es la zona de mayor población indígena en Guerrero. Aquí han cohabitado históricamente los pueblos originarios me´phaa, na Savi, nahua y los mestizos después de la colonización. La población es 80 por ciento indígena. En general supera los 300 mil habitantes. La mayor parte de los municipios están catalogados con bajos índices de desarrollo humano y ahí se localizan Cochoapa el Grande y Metlatónoc, considerados como los más pobres de Latinoamérica, con niveles de calidad de vida similar a países africanos.

La Montaña es un lugar donde se sintetiza el drama de la exclusión social y la pobreza. Entre los problemas que agobian a la población están los conflictos agrarios, la militarización, el narcotráfico, el analfabetismo, la falta de instituciones educativas y de salud, la explotación forestal desmedida por las empresas y los madereros, la violencia intrafamiliar, el alcoholismo y la violación a los derechos humanos por parte de las autoridades. Es un escenario abundante en problemas sociales y que además se conjuga con la injusticia histórica y explotación económica que padecen los pueblos indígenas desde la época colonial. Pero a la par, existe también una lucha tenaz de resistencia y trabajo articulado en el cual organizaciones sociales, indígenas y ciudadanos impulsan por mejorar las condiciones de vida.

Durante siglos y décadas, los pueblos indígenas han luchado y gestionado ante las autoridades en turno demandas básicas: carreteras, agua, electricidad, apoyos productivos, pacas de lámina, servicios de drenaje, escuelas, construcción de bordos de abrevadero, apoyos para las siembras, respeto a sus costumbres y reconocimiento de sus derechos más elementales. La lucha tenaz ha logrado arrebatar pequeñas migajas a las autoridades, pero la situación es aún de adversidad. Con el Huracán Manuel y los estragos que causó la poca infraestructura carretera, de salud y educativa, lo logrado quedó seriamente dañado. Las viviendas y parte del patrimonio de familias enteras se perdieron. Las primeras carreteras en estos parajes se abrieron en la década de los sesentas, como parte de los proyectos del extinto Instituto Nacional Indigenista para proveer a los pueblos de vías de acceso. Las vías Tlapa – Puebla y Tlapa – Chilpancingo, principales rutas de acceso, sufrieron considerables daños, pero ya se consiguió reabrirlas. La carretera Tlapa – Marquelia (que, por cierto, fue inaugurada tres veces y anunciada como mega proyecto por Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Vicente Fox), hoy resulta intransitable y con graves afectaciones en los tramos que comunican con Malinaltepec, Iliatenco y San Luis Acatlán.

Lo que el fenómeno meteorológico dejó a la vista, además de los daños, es la falla de las políticas públicas de atención social, de seguridad ciudadana, la falta de planes de contingencia, el mal material con que se construyen carreteras y puentes, y el desvío de recursos que hacen empresas constructoras, políticos y autoridades. Son décadas de olvido y negligencia. El discurso del desarrollo se vino abajo. En Tlapa, por ejemplo, un puente que se estaba construyendo para conectar la ciudad con un área poblada, se cayó. Igual sucedió con otros pueblos y municipios. Las vías de comunicación generalmente se construyen sin realizar los estudios técnicos necesarios y sin prever continencias y desastres naturales. La infraestructura carretera está en situación de desastre. No hay suficiente número de albergues. No hay planes de emergencia ni para sismos, huracanes, situaciones alimentarias o de salud, aún sabiendo que La Montaña es una zona de riesgos geográficos.

Los esfuerzos de organización para resolver los problemas son iniciativas surgidas de los ciudadanos hasta el momento. Desde Tlapa resaltan los esfuerzos del Centro de Derechos Humanos Tlachinollan, los estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional, de la Escuela Normal Regional, de la radiodifusora XEZV La Voz de la Montaña, de profesores bilingües, del Grupo de Danza Pakilis Kuika Kalis, de Kahua Sisiki A.C, de la red Macuilxóchilt, de algunos estudiantes de la Preparatoria 11 de la Universidad Autónoma de Guerrero, el Museo Comunitario Tlapan, escuelas y delegaciones de diversas colonias, hombres, mujeres y ciudadanos anónimos que desde diversos lugares informan, recogen testimonios, difunden, se organizan, donan, apoyan y convocan tanto en la región y la entidad como en el extranjero para ayudar a los damnificados. Por medio de las redes sociales como facebook, youtube, twitter y el correo electrónico, ciudadanos que han logrado subir a la parte alta de la Montaña envían fotografías, testimonios e imágenes de la situación que prevalece en las poblaciones. Las imágenes muestran el desastre y el dolor en que se ven envueltos muchos habitantes. Pero aún hay zonas que permanecen incomunicadas y de las cuales no se sabe absolutamente nada.

A nivel regional las autoridades comunitarias y civiles de los pueblos, comisarios, ancianos, hombres y mujeres, la Policía Comunitaria, la Policía Ciudadana de Huamuxtitlán, el Consejo Regional de Seguridad y Justicia de la Policía Ciudadana de Temalacatzingo y otros actores sociales se movilizan de igual manera difundiendo la realidad regional y realizando labores de rescate, apoyo, donación y organización de los trabajos en diversos lugares. Ha correspondido a las autoridades comunitarias la responsabilidad de abrir caminos, de apoyar a la gente, de salir de sus pueblos en trayectos a pie para llegar hasta Tlapa, el principal centro económico regional, para solicitar apoyo. Provienen de Malinaltepec, de Cochoapa el Grande, de Metlatónoc, de Tlacoapa, Acatepec, Copanatoyac, yZapotitlán Tablas.

Los daños

Los daños no han sido cuantificados. Los datos hasta ahora son aislados y corresponden a comunidades donde han logrado llegar algunas autoridades, así como miembros de organizaciones ciudadanas. Los muertos rebasan varias decenas. En Malinaltepec, Tlapa, Acatepec, Tlacoapa, Metlatónoc y Cochoapa arrojan las mayores pérdidas humanas. Pero hay poblaciones que siguen incomunicadas como Barranca Pobre, El Mirador, Yerbasanta y Puerto de Buenavista, en Acatepec. Por la zona na savi están Zitlaltepec, Dos Ríos, San Marcos, Itia Ndichi Ko´o, Santa Cruz y otros pueblos de Cochoapa. Situación similar pasa en San Miguel, en Alcozauca; en Valle Hermoso, Metlatónoc y otros lugares. La mayor parte de los sembradíos de maíz, frutales, café y otras plantaciones fueron devastados. La más importante zona de siembra en la zona baja, que comprende Copanatoyac, Tlapa, Alpoyeca, Huamuxtitlán y Xochihuehuetlán está perdida. La principal vía terrestre de Tlapa a Chilpacingo estuvo incomunicada cuatro días en el punto de Santa Isabel, Atlixtac y en Atlamajalcingo del Río, cerca de Tlapa. Por la parte que comunica con Puebla, fue en el punto de Huamuxtitlán donde el río se desbordó y alcanzó altos niveles en el punto de La Laguna. Hasta ahora se ha logrado restablecer la comunicación en los puntos mencionados, así como los servicios de telefonía. Hay puentes derribados, carreteras truncadas, escuelas y viviendas inundadas, animales y sembradíos perdidos en la zona baja.

guerrero02-600x450Tlapa, el principal centro regional y económico, se vio afectado por la creciente de los ríos y barrancas. Hubo deslaves, vehículos arrastrados, casas derribadas y damnificados de varias colonias. Se reportan dos muertos. Los refugios temporales se instalaron en la Casa Católica y otros lugares. Ahí colonos y gente solidaria acude a brindar su apoyo a los damnificados.

En la zona alta, de la carretera de Tlapa a Marquelia, sólo se alcanza a llegar hasta Alacatlatzala y La Ciénega. De ahí a San Luis Acatlán se encuentran incomunicadas numerosas poblaciones. En días recientes se logró establecer contacto con Malinaltepec. Por la carretara que conduce a Metlatónoc y Cochoapa sólo se alcanza a llegar hasta el Gitano y Cocuilotlatzala. De poblaciones mas alejadas como Dos Ríos, Calpanapa, Valle Hermoso y otros lugares han llegado caminando durante varias horas y días. Relatan un panorama catastrófico y claman ayuda. Hasta allá no ha llegado el apoyo gubernamental ni civil. Tlacoapa y Acatepec siguen incomunicados. La creciente del agua derribó puentes, casas y escuelas.

La maquinaria para arreglar las vías de comunicación está inactiva. La iniciativa de salir adelante recae en la propia población de La Montaña. Los reflectores se encuentran dirigidos a los centros urbanos. La maquinaria existente en la región no alcanza a cubrir las necesidades para rehacer las carreteras y pertenece a particulares. Los datos oficiales indican 29 muertos; 19 en Malinaltepec, dos en Tlapa y ocho en Acatepec. Los nombres de pueblos que no aparecían en discursos hoy se hacen presentes como parte de la cifra de la tragedia. Los invisibles se hacen visibles en un drama de dolor. Del día 13 de septiembre hasta ahora solo se van acumulando cifras, testimonios, datos e información de lo que ha pasado.

Por los caminos del olvido

La Sierra Madre del Sur ocupa la mayor parte del territorio de La Montaña. La agricultura de temporal es la actividad básica. Se cultiva maíz, frijol, chile y calabaza en las escarpadas laderas de la serranía. La producción apenas permite obtener cosechas para el autoconsumo. En la mayoría de los pueblos hay mujeres y ancianos. Los niños caminan descalzos y cubiertos con poca ropa. Los hombres se encuentran en las ciudades o trabajando en Estados Unidos. La dieta alimenticia es tortilla con sal, chile, salsa, frijoles, quelites y en raras ocasiones carne. La alimentación precaria se resuelve con comida chatarra que llega de Tlapa, como refrescos, sopas maruchan y frituras. Es notable la desnutrición y la pobreza alimentaria. Estos son los caminos del olvido. El panorama en los pueblos es de hambre, pobreza, falta de servicios, escuelas sin maestros, casas de adobe, teja o algunas construcciones de concreto. Es un cuadro de marginación extrema y pobreza. Desde aquí el mundo es otro.

Los problemas de salud y atención médica son diversos. Los indígenas recurren a prácticas médicas ancestrales y a curarse con bebidas de hierbas debido a la falta de hospitales. Buscan sanar a sus enfermos con rezos, “sacando la suerte”, formas de adivinación o encomendarse a los santos. Acuden a rezar, con flores, copal velas y sacrifican animales en las cimas de los cerros, ciénagas o en los lugares donde se sufrió el accidente, el espanto o acuden a “levantar la sombra”. Las enfermedades comunes son tos, gripe, diarrea, disentería, fiebres y calenturas que se convierten en enfermedades crónicas por la falta de médicos y medicinas. Los problemas graves como heridas, cortaduras, piquetes de alacrán, cáncer, tuberculosis, diabetes o pulmonías es poco probable que tengan atención. El traslado de sus comunidades a Tlapa, el centro regional de mayor importancia, es caro. Algunos mueren en el camino y muchos se resignan a quedarse en sus lugares de origen. La cobertura de los servicios de salud es poca ante la demanda de una amplia población distribuida en numerosas poblaciones y no alcanzan los servicios médicos. Otra situación que agudiza los problemas es la falta de equipo técnico y humano para realizar las actividades de prevención.

En La Montaña el nivel de escolaridad de la población es muy bajo. Un amplio sector sólo tiene estudios de primaria. El analfabetismo es extendido. La deserción escolar es constante y se acentúa durante los meses que inicia la migración al norte del país. En algunas comunidades no hay escuelas y faltan maestros. Las chozas improvisadas o casas particulares son espacios que sirven como escuelas. Los niños acuden a sesiones con los estómagos semivacíos y aprenden a deletrear entre la desnutrición y enfermedades que les aquejan. Ser niño en La Montaña es una etapa poco conocida. Desde temprana edad se incorporan a las actividades económicas y laborales. Desde cuidar las cabras, acarrear agua de los arroyos, cortar leña, sembrar y colaborar en la economía familiar. El estudio no garantiza un mejor nivel de vida. Y cuando la familia decide partir los niños acompañan a sus padres a laborar como jornaleros agrícolas en las zonas agroindustriales de Sinaloa, Baja California u otro estado del norte del país.

¿El gobierno? ¿Quién es ese señor?

Aquí el gobierno se traduce en la presencia de “ingenieros, licenciados y técnicos” de algunas instituciones que se aparecen eventualmente y se desconoce el impacto de sus acciones o el nombre mismo de las instituciones. Los maestros son los que se mantienen un mayor tiempo. Pero también algunos solo están pocos días y retornan a Tlapa.

“Mira profe – dice una señora – aquí cuando vienen los del gobierno es porque quieren voto. Y ya sabemos que nos van dar cubetas, abono y cosas. Ya sabemos. Son iguales. Todos son iguales. Después ya nunca regresan. Esa es la mera verdad. ¿El gobierno? ¿Quién sabe quién es ese señor?”. A los candidatos los conocen por medio de la propaganda, las pintas y referencias lejanas o los asocian con los colores de los partidos. Incluso existen instituciones de las cuales no se sabe nada.

Estos son lugares olvidados por las autoridades gubernamentales. A La Montaña han venido presidentes como Vicente Fox a inaugurar programas de desarrollo social. Igual lo hicieron Felipe Calderón, Ernesto Zedillo, Carlos Salinas de Gortari y muchos otros. La parafernalia transmitida en medios de comunicación nacional es solo por un día. Muchas acciones no se ejecutaron. Políticos como Andrés Manuel López Obrador iniciaron su campaña presidencial en 2006 en Metlatónoc, pero después no ha retornado. Para la gente, los políticos van y vienen, y los problemas continúan. Incluso los gobiernos municipales poco impacto tienen y gobiernan sin visión, a veces favorecidos por alguna corriente política, ya sea del Partido Revolucionario Institucional (PRI) o del Partido de la Revolución Democrática (PRD), que son los partidos con mayor presencia.  La gente aprendió que en las campañas electorales los candidatos prometen todo, regalan cosas o dan apoyos económicos por los votos; sin embargo, cuando asumen el poder, administran desde Tlapa, Chilpancingo o la Ciudad de México, y en pocas ocasiones suben a las comunidades.

El olvido no solo es de las autoridades locales, diputados y gobiernos de distinto color partidario. La espiral de olvido y negación crece, se profundiza y la sobrevivencia cotidiana es de zozobra e incertidumbre. En las humildes casas de adobe y teja, de cañuelas y paja hay una constante preocupación: ¿qué comer mañana? o ¿qué hacer ante la adversidad? Las mujeres ponen la mirada en el horizonte, nostálgicas y con la constante esperanza de que algún día las cosas cambien. Los maizales se perdieron. Es la incertidumbre que está latente. Cada día que pasa es una forma de resistir entre el hambre y la miseria, en el olvido institucional y la lejanía de estar en un lugar donde el mundo es otro, como si estuviéramos en otro país. La salida a esta situación va más allá de discursos políticos y de políticas asistencialistas que durante décadas los gobiernos en turno han impulsado. Se trata de un replanteamiento de estrategias, de acciones y de trabajo horizontal y de cercanía con la gente, desde, para y con ellos. Si no es así sólo se verterán más discursos y vendrán muchos personajes más a La Montaña, se tomarán la foto y continuarán administrando los problemas y postergando las soluciones.

Las autoridades atendieron de manera tardía la situación pero no tienen un planteamiento claro de prevención y emergencia para brindar respuestas precisas y seguridad a la población. En una reunión de autoridades estatales un señor preguntaba: “¿Por qué no llegaron cuando más se les necesitaba?”, a militares y al coordinador de la instancia gubernamental del Comité de Planeación de Desarrollo de Guerrero. En los testimonios de la gente el drama no se alcanza a dimensionar: ¿porqué a nosotros? Impotente, narra un joven del pueblo de la Unión de las Peras que vio como se deslizaba el cerro que cubrió casas y bloqueó los caminos. ¿Qué acaso no valemos, qué no existimos? ¿Por qué nada más vienen en tiempo de votos? ¿Dónde están? ¿Por qué nomás en las ciudades se preocupan? Son muchas las voces de impotencia, rabia, coraje, frustración, resignación, indignación y dolor.

De retorno, entre el camino de Atlamajalcingo del Monte a Tlapa, todavía y antes de partir, una anciana dice: “Mira profe, usted tampoco se olvide. Diga algo. Cuente lo que aquí pasa”.

Publicado en Desinformémonos el 23 de septiembre y reproducido con permiso.

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