El camino a la explotación: de la miseria en Guerrero hacia los campos del norte de México

Esta es la cuarta publicación de la serie “Crónicas de la pobreza extrema en México”.

El pueblo de Joya Real se ubica a la orilla de un arroyuelo que baja del Cerro de la Garza, al oriente de Cochoapa el Grande, zona montañosa que los fuereños llaman Montaña Alta. Queda a ciento veinticinco kilómetros de centro comercial más importante de la región, Tlapa. El camino serpenteante en la falda de los cerros conduce a las primeras casas de la comunidad Ñuu Savi donde niños juegan entre el lodo y el polvo de los remolinos que levantan los ventarrones del sur.

Llegar a esta población en tiempo de secas desde Tlapa lleva cinco horas; pero en época de lluvias, el acceso resulta casi imposible. Hay periodos en los que los lugareños se quedan incomunicados de una semana hasta un mes. En caso de urgencia, salen caminando.

Aquí, la pobreza golpea a todos por igual. Los niños descalzos con la panza abultada son el reflejo tangible de las condiciones tan precarias de vida. Otra muestra ostensible de esa miseria la da la indumentaria harapienta de hombres y mujeres en general. La miseria se ve y se palpa en todas partes. En las casas, en las calles, en la escuela y en el centro de salud. El único contraste con tanta pobreza, lo marca la majestuosa iglesia de San José, que se divisa desde la punta del cerro de la Garza.

La condición paupérrima en Joya Real obliga a familias completas a migrar a los distintos campos agrícolas en los estados del norte del país: Guanajuato, Jalisco, Sinaloa, Durango, Coahuila, Chihuahua, Sonora, y las dos Baja California, donde viven esclavizados durante la temporada de corte de pepino, tomate, chile, cebollas, fresas, arándanos, mora y frambuesas.

Ignacio Aguilar Nava trabajó en el rancho Los Pinos en el corte de pepino y tomate, cuando tenía 50 años. Ahora es parte del consejo de ancianos de la comunidad. Cuenta su experiencia como jornalero en San Quintín, donde hasta ahora nada ha cambiado.

“Xà na’a ni xi’in camión la’vi kua’an ndu, kuátyi sakan xàa ndu ndakan, kuañu ni nda una kivi”, dice al reportero del Programa de las Américas. Traducido es,  “Antes nos íbamos en camiones inservibles; tardábamos días para llegar allá, tal vez hasta ocho días.”

La vivencia de Ignacio se compagina con la de otros señores que pasaron por los surcos del rancho Los Pinos, desde hace 30 años, de cuando trabajaban a cielo abierto el corte de tomate. A diario los fumigaban; muchos se enfermaron sin que la empresa agrícola les diera seguro médico. No les quedó de otra que regresar a su pueblo a morir.

“Fui dos veces, porque pagan muy poco,” (traducción). “Después lo hice a Sinaloa y Michoacán, pero es lo mismo, por eso decidí no volver. Ahora, gracias a la ayuda de mi hijo estoy en el pueblo. Pero somos pocos los que nos quedamos, porque somos adultos; ya no tenemos fuerza para andar en ese trabajo que es muy pesado,” agrega.

Los caminos de la pobreza

El Aveo que nos condujo a la montaña avanza a paso de tortuga por lo accidentado del camino que da vuelta en el espinazo del Cerro de la Garza. Subimos a esa zona, Víctor Flores, Rafael Montañés, Paulino Rodríguez Reyes y yo. Los dos primeros documentan la historia de los jornaleros en San Quintín, y Paulino es el responsable del área de migrantes y jornaleros agrícolas en el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan.

Los olores a tierra mojada y a coníferas, fundidos con el canto de las aves que juguetean en las ramas de los abetos, compensan lo tedioso del viaje y consuelan a Víctor del suplicio que le causan las caídas del coche en tanta zanja oculta entre la tierra suelta que dejan los animales que salen a pastear todos los días.

En una de las vueltas en U, Paulino se anima a hablar de su trabajo en Tlachi, como se conoce al Centro de Derechos Humanos de la Montaña. Sus anécdotas salen casi a fuerza, ante las preguntas insistentes del resto del grupo.

Dice que empezó como jornalero y después se fue de migrante a Nueva York, donde trabajó de intérprete en los tribunales, sin olvidar que en los primeros días en ese país trabajó en la construcción y en la cocina.

Al regresar a México pasó a formar parte de Tlachinollan como defensor de los derechos humanos. En los primeros años dentro de la organización se encargó del programa de migrantes transfronterizos; ahora da seguimiento al caso de los jornaleros y acompaña al Consejo de Jornaleros Agrícolas de la Montaña, que se creó desde hace once años.

– ¿Qué pasó con el Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (PAJA)? –le pregunto.

–PAJA ya no existe, la desaparecieron hace muchos años. Ahora sólo queda el nombre. En su momento funcionó y ayudó de mucho a los jornaleros, pero ahora eso ya se acabó.

“Lo último que hizo el gobierno federal –agrega– fue entregar tarjetas sin fondos a los jornaleros que iban a los campos agrícolas. Gastaban más en ir a los cajeros para retirar el supuesto apoyo que no había. Esa tarjeta generó muchas deudas para los jornaleros, porque pedían prestado para el viaje pensando que llegando allá tendrían dinero, pero no. A los que iban a las empresas agrícolas registradas en el padrón de la Secretaría de Trabajo sí recibían ese apoyo, pero los que iban con los pequeños agricultores quedaban más pobres que cuando se iban».

De los 19 municipios de la Montaña, Cochoapa el Grande, Metlatónoc, Xalpatlahuac, Alcozauca, Atlamajalcingo del Monte y Copanatoyac son los que concentran el mayor número de jornaleros que salen a los campos agrícolas. Paulino dice que en la temporada de septiembre a enero de este año, el Consejo de Jornaleros Agrícolas de la Montaña registró 11 mil jornaleros que salieron a Sinaloa, Sonora, Jalisco y Guanajuato, sin contar a los que se van al rancho Los Pinos, en San Quintín, Baja California.

El intérprete Na Savi habla de las condiciones en que viajan los jornaleros: “Las empresas no se hacen responsables de la seguridad de los jornaleros durante el traslado de la comunidad de origen hasta los campos agrícolas; los camiones que mandan no cuentan con asientos cómodos. Y menos baño.

En los surcos tampoco hay seguridad. Cada año hemos documentados muertes de jornaleros en horas de trabajo… muchos regresan intoxicados porque trabajan a cielo abierto y los empresarios no tienen cuidado cuando fumigan”, comenta.

Ignacio interrumpe su relato cuando ve a unos niños que caminan descalzos. Luego de unos segundos, teje otro retazo de su historia, con su última visita al rancho Los Pinos, hace 23 años. «Trabajé en Los Pinos con Fernando Gutiérrez; a nosotros no nos dieron trabajo como mayordomos de cuadrilla; se los daban a los de San Martín Pera, Oaxaca, porque ellos ya tenían tiempo trabajando allá. A nosotros nos ocupaban para corte, nada más. En aquellos años nos pagaban bien poquito, 60 o 70 cuando mucho; el bote lo pagaban a 50 centavos.

“En cada viaje que hacíamos a Los Pinos no nos daban dinero para comer en el camino, así que cada quien llevaba sus totopos para comer en el camino. Al llegar allá, nos dieron cuartos de láminas con pulgas; ahí vivimos con las pulgas. Creo que ese campamento se llamaba Las Pulgas. La primera vez vivimos en el campamento El Pavión, que está debajo de los cerros, recuerdo que trabajábamos a campo abierto; aún no había invernadero».

Esa tarde Ignacio y Paulino describieron el largo viaje para poder comprar maíz y despensa para su familia; para eso tuvo que viajar seis días de Tlapa a San Quintín: «Es el viaje más largo que he hecho en mi vida; dice Ignacio. “Lo que nunca se me ha olvidado es de cuando se calentaba el camión por lo viejo que estaba, así que nos bajábamos todos a esperar a que se enfriara un poco para avanzar otro tramo. Es muy pesado, porque nos quedamos dos veces en el desierto, sin agua ni comida»

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